Melancolía de la Resistencia

El exilio invisible

Fueron miles de soldados españoles que llegaron con una mano atrás y otra adelante, y que no tenían conocidos en México, ni gremio al cuál acogerse, ni ningún talento especial.

Ahora que se cumplen setenta y cinco años del exilio español, de que los republicanos, después de perder la guerra, se refugiaron en México, habría que recordar, además de todo lo que ya se recuerda, a los exiliados invisibles. Durante setenta y cinco años la sociedad mexicana ha reconocido al exilio republicano visible, al de los escritores, los políticos, los artistas que tuvieron que irse de su país y que aprovecharon la generosa invitación que el general Lázaro Cárdenas hizo a todos los españoles, que al perder la guerra habían perdido también su país, para que se inventaran una nueva vida en México. Aquella invitación de Cárdenas es, sin duda, el capítulo más importante de la historia de la diplomacia mexicana. En el año de 1937, México, en la voz del embajador Isidro Fabela, en la sede de la Sociedad de Naciones, en Ginebra, fue el único país del mundo que condenó, ante la pasividad de todas las democracias occidentales, el golpe de Estado que, contra el gobierno legítimo de Manuel Azaña, acababa de perpetrar el general Franco, una posición de rechazo al dictador español que duró hasta 1977, cuando éste llevaba más de un año muerto. De manera que la llegada de los republicanos a México, que requirió de una logística internacional, complicada y variopinta, fue la culminación de aquel capítulo heroico que comenzó en Ginebra.

Pero de aquel exilio multitudinario se conocen las historias visibles, las de los exiliados importantes que llegaban a la Ciudad de México a relacionarse con sus pares y a continuar, más o menos, con la vida que llevaban en España, como era el caso de artistas e intelectuales, o de los más espabilados que inmediatamente se conectaban y empezaban a fundar una fábrica o a montar un restaurante, o a sumar sus esfuerzos, y su experiencia, a algún partido político, o a dar clases en la Universidad o a jugar en un equipo de futbol. No quiero decir, por supuesto, que los exiliados que lograron colocarse en México lo tuvieron fácil: el exilio es, por donde quiera que se le mire, una desgracia; significa perderlo todo para tratar de recuperar algo en otro país, lo cual es una tarea titánica, emocionalmente devastadora porque todos aquellos exiliados, que luego tuvieron cierto éxito en México, no querían irse de su país, hubieran preferido quedarse, como cualquier persona normal, en su casa con sus muebles, sus libros y su perro. El escritor Max Aub, por ejemplo, escribió un diario desgarrador (Diarios, 1939-1952, Conaculta, 1999), muy ilustrativo y sumamente deprimente, en donde narra su llegada a Veracruz, el 1 de octubre de 1942, en un barco que había zarpado del puerto de Casablanca, en Marruecos, y después nos va contando su proceso de adaptación a ese país donde todo era nuevo para él. La atmósfera del diario es sombría: el lector va enterándose, de primera mano, de las miserias cotidianas del exiliado español tratando de abrirse paso en México, un país donde el español despierta simpatías pero también sospechas y recelo. La vida de exiliado de Max Aub no fue fácil, queda muy claro después de la lectura de su diario y de otros libros suyos que tienen el exilio como tema; sin embargo, en sus páginas nos cuenta de sus empleos, como director de Radio UNAM, por poner un ejemplo, y de los engorrosos compromisos sociales que debía atender como, por poner otro ejemplo, una comida con el secretario de Gobernación. No es mi intención restarle méritos al exilio de Max Aub, ni a los demás exiliados ilustres que enriquecieron de manera importante a la sociedad mexicana, pero también es verdad que este tipo de exilio, el ilustre, fue bastante menos miserable que el exilio de los invisibles, que eran por cierto la mayoría de los soldados que llegaban a Veracruz, y que no tenían conocidos en México, ni gremio al cuál acogerse, ni ningún talento especial; esos miles de soldados que llegaron con una mano atrás y otra adelante y se fueron quedando en pueblitos de Veracruz, de Tabasco, de Puebla, y fueron saliendo solos adelante, y poco a poco se fueron aclimatando; algunos con suerte montaron una escuela, una tienda de muebles, un cafetal, pero la mayoría se fue mimetizando, cada quién en su pueblito. Se fueron casando y teniendo hijos, y hoy, los que sobreviven, deben ser unos viejecitos anónimos y olvidados, que cuentan historias de la guerra de España, ante una tribu de nietos que los mira como si estuvieran locos. Me parece que lo justo sería que los exiliados visibles nos sirvan para recordar a todos esos exiliados que cumplen, en estas fechas, setenta y cinco años de invisibilidad.