Melancolía de la Resistencia

El otro

Cada vez que leo en la prensa europea la nota roja mexicana, de esas muertes vistosas y atroces, colgados, descabezados, mutilados, calcinados, pienso en la poca conciencia que tenemos del otro, en lo poco que importa aquí la vida ajena.

Para referirse a Alexandre Dumas, al autor de Los tres mosqueteros, el novelista Balzac decía: “ese negro”. Dumas no era propiamente negro, aunque era más moreno que Balzac, pero su padre era un mulato de la isla de Saint Domingue, que hoy es Haití. Era hijo de un aristócrata francés que tenía negocios en la colonia, y de una esclava negra. Este hombre, Alex Dumas, sirvió de inspiración y modelo a su hijo para escribir El conde deMontecristo. Después de una afortunada serie de casualidades, Alex Dumas se convirtió en militar durante la Revolución francesa y terminó siendo el General más importante del ejército napoleónico. Era un mulato guapo, culto y exquisitamente educado, que medía un metro ochenta y cinco de estatura, en aquella época en la que la gente medía un metro sesenta y cinco. El General Dumas era un gigante, de fuerza extraordinaria que, cuando iba montando, ejecutaba una suerte que dejaba boquiabiertos a sus subordinados: al pasar debajo de una viga, se agarraba de ella y levantaba, con las piernas, al caballo del suelo.

La historia del General Dumas es fastuosa, la cuenta Tom Reiss en una deliciosa biografía titulada El conde negro (Anagrama, 2014). Dumas fue un héroe, hoy ya olvidado, de las batallas napoleónicas, por su fuerza, su talento y su estrategia guerrera, pero no puede perderse de vista que en esa época Francia había implementado una ley para acabar con la esclavitud en las colonias, y que ejecutaba una profunda reflexión social sobre la integración de los esclavos que eran técnicamente franceses. Todo esto sucedía en torno a los valores igualitarios de la Revolución francesa (1789-1799), en esa nueva República en la que todos, sin importar a qué estrato social pertenecieran, se llamaban ciudadanos. La esclavitud se abolió en Francia en 1789, dos meses después de iniciada la Revolución, pero ya desde 1691, Luis XIV había hecho el gesto de liberar a los esclavos de las colonias en cuanto entraran a Francia por cualquiera de sus puertos y, más tarde, en 1762, una coalición de abogados abolicionistas y un grupo denominado Sociedad de Amigos de los Negros, comenzaron a articular, con fundamentos legales, la abolición de la esclavitud pues les parecía, como era natural, que en el país de los iguales no podía despojarse a las personas del derecho elemental de la libertad.

El ejercicio que hacían entonces los franceses era, en el fondo, el de reflexionar sobre ellos mismos y su relación con el otro, con el que era distinto. Cuando México era todavía la Nueva España, los franceses ya debatían y habían puesto por escrito los derechos fundamentales de las personas. A esa igualdad ciudadana que consiguió la República francesa, habían llegado antes los ingleses, en 1689, con The Glorious Revolution, la Revolución Gloriosa que depuso al Rey Jacobo para establecer la democracia parlamentaria, y que produjo un documento donde se establecían, desde entonces, los derechos y los deberes del ciudadano común, que entre otras cosas consiguió que los ingleses, desde finales del siglo XVII, tengan conciencia de sí mismos y, sobre todo, de los demás. Por supuesto que ingleses y franceses tienen sus oscuridades, sus historias coloniales atroces, sus cíclicos brotes racistas y sus tics imperialistas, pero lo que no se les puede escatimar es la conciencia que, desde hace siglos, tienen del otro.

Cada vez que leo en la prensa europea la nota roja mexicana, de esas muertes vistosas y atroces, colgados, descabezados, mutilados, calcinados, pienso en la poca conciencia que tenemos del otro, en lo poco que importa aquí la vida ajena, y en el ojo filosófico de José Alfredo Jiménez que con gran tino advirtió: “La vida no vale nada”. También pienso en el pueblo en el que nací, en Veracruz donde, cuando yo era un niño, la gente se mataba a golpes, a balazos, a machetazos, con una diabólica y escalofriante ligereza, mientras los Beatles cantaban All you need is love en Inglaterra, y Françoise Hardy triunfaba en Francia con su meliflua canción Tous les garçons et les filles. Pienso en todo esto cuando un colega europeo, que nunca ha estado aquí, y que se entera de nuestra realidad nacional por la nota roja o amarilla que publican los periódicos en su país, me pregunta ¿qué pasa en México?, ¿qué hace ese cadáver colgado en ese puente, sobre una avenida por donde pasan los coches? Pienso que quizá deberíamos empezar desde el principio, ahí donde empezaron ellos hace trescientos años; tendríamos que olvidar eso de la vida no vale nada y empezar a pensar que la vida, la mía y la del otro, lo es todo; que la verdadera civilización nace, precisamente, ahí.