Melancolía de la Resistencia

El editor y el poeta

Las cartas que Paz mantenía con Arnaldo Orfila, escritas desde la practicidad, muestran un perfil del poeta mucho más terrenal, una interesante visión de ese hombre que no paraba, desde la lejana Nueva Delhi, de trabajar en la construcción mundial de su carrera literaria.

Para redondear el revival que ha experimentado la figura de Octavio Paz, conviene acercarse a las cartas que se escribió, entre 1965 y 1970, con Arnaldo Orfila, que en ese lapso pasó de director del FCE, a fundador y director de la editorial Siglo XXI. Entre 1965 y 1970 está, precisamente, 1968, un año crucial en la biografía de Paz porque, como bien se sabe, condenó la matanza de Tlatelolco de manera contundente: con unas páginas flamígeras y renunciando a su puesto de embajador de México en la India. Aquella renuncia que fue interpretada, en general y con razón, como un acto de honestidad intelectual, aparece en estas cartas como una renuncia, precipitada por los acontecimientos, pero largamente anunciada. Arnaldo Orfila era, en esos años, su editor y, según se infiere de la lectura, estaba no solo a su servicio, también deseaba, casi con vehemencia, contar con la presencia de Paz en su nuevo proyecto editorial. Paz no se estaba carteando con uno de sus pares intelectuales, sino con un hombre que quería, ante todo, quedar bien y complacer al gran poeta mexicano. Esta particularidad hace que las cartas de Paz estén escritas desde la practicidad, y el resultado es un perfil del poeta mucho más terrenal, una interesante visión de ese hombre que no paraba, desde la lejana Nueva Delhi, de trabajar en la construcción mundial de su carrera literaria. A lo largo de las cartas, lo vemos coordinando el envío de libros suyos a editores en otras lenguas y, paralelamente, recomendando a Orfila escritores para su publicación y, si no percibía resultados inmediatos, no tenía empacho en insistir una y otra vez. También encontramos al poeta coordinando hasta el último detalle de los libros suyos que iba editando Orfila, y una vez que estaban editados, diseñaba una particular estrategia de difusión: “sería bueno preparar la salida del libro y hablar con varios amigos para que escriban algo”, le escribe a su editor, y luego continua: “Por supuesto, no quiero notas benévolas sino notas críticas”. Y más adelante va al grano: “Entre los críticos profesionales, Carballo podría hacer un buen artículo. Entre los jóvenes, quizá Pacheco y Zaid”. Y termina sin dejar ni un cabo suelto: “Otros escritores de más edad a los que tal vez podría pedirse que escriban un artículo: Segovia, Villoro, Alatorre, Mejía Sánchez, Fuentes, García Ponce, Xirau”. Todo esto lo planeaba desde su oficina en Nueva Delhi, padeciendo los efectos de los dos sistemas lamentables de correos, el mexicano y el indio, que todo el tiempo retrasaban, cuando no perdían, las cartas. “No necesito aclararle que no quiero publicidad. Por una parte la odio; por la otra; mi libro no es una novela sensacionalista. Lo que deseo es que no caiga en el vacío, como casi siempre ha sucedido con mis cosas”, le aclara al editor. Gran parte de estas cartas se ocupan del diseño y la coordinación de la famosa antología Poesía en movimiento; ahí vemos a Paz controlando las listas de poetas que proponían Pacheco y Alí Chumacero que, naturalmente, diferían de la antología que Paz había imaginado; vemos cartas ir y venir con nombres tachonados de poetas, y con sus fichas biográficas que Paz recorta o alarga o matiza o censura; y en ese apasionante tira y afloja Arnaldo Orfila ejerce una exquisita diplomacia, sobre todo en los momentos en que Paz amaga con renunciar y retirar su nombre de esa antología que no termina de quedar a su gusto. El 12 de diciembre de 1967, Paz le cuenta a Orfila que su regreso a México depende de que se haga la revista que están proyectando publicar y de “obtener en la Universidad o en algún otro sitio una suma decente que me permita subsistir decorosamente”. Y el 20 de diciembre, de ese mismo año, le dice: “nunca he dejado de pensar en la posibilidad de mi regreso definitivo a México el año próximo”. El 28 de mayo de 1968, escribe con entusiasmo sobre “los sucesos de Francia”, dice que “si los obreros continúan con su firme actitud asistiremos a la primera revolución socialista en un país desarrollado”. Y después advierte, con mucha puntería, que si no se lleva el movimiento hasta el final, “esta capitulación significaría el fin de Europa como entidad independiente: las naciones europeas caerían definitivamente bajo la hegemonía de las superpotencias”. La piel se eriza si intercambiamos “superpotencias” por “capitalismo salvaje”. El 21 de septiembre de 1968, Paz comunica a Orfila: “Saldremos de Delhi a fines de octubre y llegaremos a México en los primeros días de noviembre”. Dos semanas más tarde vendría el aciago 2 de octubre, el momento en el que comenzaron estas líneas.