Melancolía de la Resistencia

Drogas en el supermercado

Sobre la violencia que produce el tráfico de drogas, el filósofo francés Jean Baudrillard proponía una idea, limítrofe como casi todas las suyas, que iba más allá de la legalización.

Si las drogas se legalizaran se acabaría inmediatamente la violencia que genera su distribución, digamos, clandestina, como ya pasó con el alcohol en la época de la prohibición o, mirándolo desde el otro extremo, como pasaba con la cocaína cuando, a principios del siglo XX, se vendía en las farmacias: la clientela compraba pacíficamente aspirinas, una manguera para lavativas y dos gramos de cocaína, y se iba tranquilamente a su casa. Baudrillard escribió que la única solución para el problema de la violencia alrededor de las drogas era convertirlas en el nuevo patrón económico. “De esta forma ya no podrán consumirse”, escribió el filósofo, su valor de cambio sería mucho más importante que su valor de uso y en el fondo sería una medida tan abstracta, y arbitraria, como lo es el patrón del oro o el del dólar. “Se podrían almacenar miles de toneladas de drogas como fondo de reserva internacional, de la misma forma que en Fort Knox lo hacen con el oro. En vez de Gold Exchange Standard tendríamos el Drugs Exchange Standard”, teorizaba Baudrillard.

La idea no está mal, se resolvería un problema mayor con un guiño filosófico: inventándole a las drogas una nueva carta de naturaleza.

Luego habría que ver qué lugar ocuparían los capos del narcotráfico a la hora de fundar el Drugs Exchange Standard y, antes que nada, reflexionar sobre el valor que tienen las drogas en la vida personal de cada quién: hay que acabar, sin duda y sin demora, con la violencia que produce el narcotráfico pero la solución que propone Baudrillard nos dejaría también sin drogas. ¿Queremos un mundo sin drogas? Yo diría que no, las drogas son parte de la historia de la evolución de nuestra especie, gracias a ellas hemos podido acceder a territorios, mentales y físicos, que de otra forma no conoceríamos.

En la provincia de Ontario, en Canadá, sucede un fenómeno alrededor del alcohol que ha producido recientemente un debate que podría ser extrapolable al de la legalización de las drogas. Quien quiere comprar alcohol, por ejemplo, en la ciudad de Toronto, no puede hacerlo ni en el supermercado ni en la tienda de abarrotes de la esquina, ni en los ultramarinos del barrio; tiene que acudir a unas tiendas, controladas por el gobierno, conocidas como LCBO (Liquor Control Board of Ontario), que es la oficina, que depende del Ministerio de Salud, que gestiona las bebidas alcohólicas en Ontario.

El LCBO fue creado en la primera mitad del siglo XX para controlar la calidad de las bebidas que empezaban a circular después de la famosa prohibición, fue la forma que en esa época encontró el gobierno para evitar que circularan las bebidas que se producían, sin ningún tipo de supervisión, en las destilerías clandestinas que en esa época abundaban. Pero resulta que las tiendas LCBO han llegado hasta el siglo XXI y que la misión para la que fueron creadas ya resulta escandalosamente obsoleta. Se trata propiamente de una semi prohibición que estimula a la clientela a comprar siempre bebida de más. Si vas a hacer el viaje a la LCBO, que casi nunca queda cerca, compras de más para no tener que hacer otro viaje demasiado pronto y acabas bebiéndote el excedente. El resultado de este sistema es que Ontario tiene unos de los niveles de compra, y de consumo, de alcohol más altos del mundo industrializado.

Según la estadística la semiprohibición, más que controlar el consumo de alcohol entre la ciudadanía, es una invitación a la bebida, y lo contrario también es cierto: en las ciudades donde puede comprarse alcohol en cualquier sitio, la gente no vive permanentemente alcoholizada. Algo similar sucedería si pudiéramos comprar drogas en la farmacia o en el super: quien las usa habitualmente las compraría y a quién nunca le han llamado la atención no saldría a comprarlas solo porque las vendan legalmente en la tienda de la esquina.

En estos días se discute, en el parlamento y entre los habitantes de Ontario, sobre la conveniencia de acabar con las LCBO y permitir que las bebidas alcohólicas, como sucede en la mayoría de los países de occidente, se vendan en el supermercado. A estas alturas de la discusión ya hay un nutrido frente contra la abolición de las LCBO que sostiene, con gran energía en los medios de comunicación, que el día que pueda comprarse alcohol en el supermercado Ontario completo será arrasado por una borrachera general, interminable y apocalíptica. ¿Les suena la cantaleta?