Melancolía de la Resistencia

La desmitificación

…la escultora Megumi está en la cárcel por enviar su vagina en formato 3D, debido a que la legislación japonesa prohíbe la distribución de “materiales indecentes”. ¿Es una vagina material indecente?

Megumi Igarashi es una escultora, y dibujante de manga, japonesa, que hace unos días fue arrestada por enviar, a treinta personas, una reproducción de su vagina en 3D. La intención era recabar dinero para la construcción de un kayak, con la forma de esa misma vagina, la suya, que envió a sus treinta patrocinadores y que ostenta el nombre de pussy boat. El caso tiene múltiples aristas, comenzando por ese desasosegante sistema de impresión que es capaz de reproducir un objeto, con sus tres dimensiones, que alguien te envía de Japón, en la Ciudad de México. El sistema parece de ciencia ficción, pero es tan real que hace unos meses tuvo que intervenir la ley para prohibir la venta on-line de una pistola de plástico, cuyas piezas eran enviadas por email, para imprimirse en 3D y luego ensamblarse y, posteriormente, matar un gorrión, un alce o un semejante con ella.

Ignoro cómo funciona la impresora 3D, pero he leído, y visto fotos, de unos arquitectos chinos que envían una casa completa, pieza por pieza, por email, para que el cliente las imprima y las vaya ensamblando. La cosa funciona, y es tan real, que la escultora Megumi está en la cárcel por enviar su vagina en formato 3D, debido a que la legislación japonesa prohíbe la distribución de “materiales indecentes”. ¿Es una vagina material indecente? Llama la atención que los dos casos de impresión en 3D que la ley ha sancionado, sean el de una vagina y el de un arma de fuego.

Otra cosa es aceptar que la vagina en 3D de la escultora japonesa es una obra de arte, o que lo es su polémico pussyboat. Quizá el arte está en el ojo que tuvo Megumi para vislumbrar, en la morfología de su aparato reproductor, las líneas aerodinámicas de un kayak. Lo cual nos lleva, inevitablemente, a imaginar las arduas sesiones de la escultora en su estudio, frente a un espejo, mirándose tenazmente la vagina, hasta que dio con su metáfora.

A mí la idea me hace gracia, nos obliga a pensar que vivimos en un mundo tremendamente falocrático, y desde luego me hubiera gustado ser una de las treinta personas que recibieron la pieza 3D, antes de que la escultora fuera arrestada.

El caso de la escultora japonesa recuerda al de Deborah de Robertis, la artista luxemburguesa que hace unos meses reprodujo, a su manera, el cuadro El origen del mundo, de Gustave Courbet, que está expuesto en el Museo d’Orsay, en París. Como usted bien sabrá, El origen del mundo es el torso al oleo de una mujer, encuadrado entre el ombligo y los muslos, con las piernas abiertas y el sexo en plan vívido. La historia de este cuadro es sumamente rocambolesca, ha sido secuestrado, se ha perdido y en sus últimos tiempos, antes de llegar al museo, fue propiedad del doctor Jacques Lacan. El celebrado psicoanalista, al que debíamos suponerle visión de horizonte y apertura de miras, cubría el polémico cuadro de Courbet, con la imagen de un paisaje asexuado y bucólico, cada vez que la sirvienta iba a poner en orden su casa. La verdad es que la mojigatería del doctor Lacan frente a la vagina que pintó Courbet da que pensar, y por supuesto hubiera dado para una espesa sesión de psicoanálisis. Pues Deborah de Robertis, la artista luxemburguesa, puesta a desmitificar el cuadro, y de paso la vagina, entró al Museo d’Orsay, ataviada con un elegante vestido dorado, del mismo tono que tiene el marco de El origen del mundo y, ahí frente a los visitantes que admiraban la inquietante obra de Courbet, se sentó en el suelo, frente al cuadro, se subió el vestido y expuso su sexo con el mismo desparpajo que lo hizo en su tiempo la modelo del pintor. Si tiene curiosidad, puede comprobar lo que estoy contando en YouTube. El resultado fue que la artista de Luxemburgo fue aplaudida por unos, increpada por otros y detenida por la policía que, unas horas más tarde, la puso en libertad sin cargos. Por lo visto la vagina tiene una cotización distinta, en términos legales, en Francia que en Japón.

De todas formas resulta fascinante comprobar que en pleno siglo XXI el sexo sigue teniendo un componente diabólico porque, de otra forma, lo llamativo de la noticia de Megumi Igarashi, la escultora japonesa, no hubiera sido la vagina en 3D, sino ese aparato maravilloso que es capaz de reproducir las piezas de un arma, o los ladrillos y las puertas de una casa, o una válvula de plástico para que el cardiólogo repare un corazón. Por otra parte la desmitificación de la vagina, que persiguen con sus obras Igarashi y de Robertis, merece una profunda reflexión. ¿Es, de verdad, deseable, su desmitificación? ¿No es el mito que la arropa, precisamente, su verdadero encanto?