Melancolía de la Resistencia

El deslumbramiento

¿No sería momento ya de dejar de ensañarnos con Cortés, un personaje que seguramente hubiera rechazado este colonialismo lingüístico del siglo XXI, y preguntarnos por qué seguimos deslumbrándonos con Su Majestad?.

La visita de los reyes de España a México el mes pasado y, sobre todo, el deslumbramiento que causaron en nuestra república, tiene una interesante lectura a la luz de la biografía de Hernán Cortés que escribió el historiador francés Christian Duverger, y que fue publicada en español en 2013 por la editorial Taurus. La nacionalidad del historiador es importante porque, al no ser ni mexicano ni español, no está obligado a pegarle al conquistador la paliza que normalmente se le dispensa en el mundo hispano. Hablar positivamente de Cortés o, peor, no hablar muy mal de él, es un acto temerario en México, y casi absurdo en España.

Duverger escribió una apasionante biografía, rigurosamente anotada y contrastada con una cantidad apabullante de libros y documentos, que resulta sumamente convincente. Cortés era, además del hombre brutal que ya todos conocemos, un hombre culto y sensible que no solo era partidario del mestizaje, sino que combatió toda su vida el proyecto monárquico que era, en términos generales, aniquilar a los indios y fundar aquí una literal Nueva España, solo con españoles. Cortés se opuso a esto y veía con mucha claridad que México tenía que ser un país independiente, no una colonia de España. Creía esto con una
convicción tal que, según nos cuenta Duverger, cuando vio que el país estaba más o menos en calma, parcialmente organizado, estuvo tentado varias veces a cortar los lazos con el reino de España y declarar la independencia de México. Porque en 1524 Cortés veía que México no necesitaba ni el gobierno ni la economía española (la religión le parecía importante, siempre y cuando se absorbiera en términos sincréticos); además, para ese año Cortés ya se había amestizado, ya no era propiamente un español sino, por el contrario, desobedecía, por ejemplo, las órdenes del rey Carlos V, que exigía que en la Nueva España tenía que implantarse la segregación racial y prohibirse los matrimonios mixtos.

Mientras Cortés estuvo al mando, por citar otro ejemplo, la Santa Inquisición no pudo operar en México. Encuentro especialmente revelador el episodio de la fundación del Colegio de la Santa Cruz, en Tlatelolco, en el año 1536, durante la segunda estancia de Cortés en México, cuando el sentimiento en el establishment monárquico era que el conquistador, ese español renegado, proindígena y sumamente problemático, tendría que desaparecer. Finalmente, el rey de España, por medio de sus virreyes, aniquiló a Cortés, le quitó sus propiedades, le despojó de su poder político y lo orilló a regresar a España, donde murió suspirando por su amado país, que era México. En el Colegio de la Santa Cruz, que fundó Cortés con la ayuda de los franciscanos, se enseñaba exclusivamente en nahua y en latín, no en español.

El Cortés que nos pinta Duverger es muy polémico, ya lo sé, pero invita a pensar, a imaginar: ¿qué país sería hoy México si Cortés hubiera declarado la independencia casi trescientos años antes de las campanadas del cura Hidalgo?

Ahora vuelvo a la reciente visita del rey de España y pregunto: ¿por qué somos tan críticos con Cortés y tan complacientes con la institución monárquica española? El rey Felipe debe ser una magnífica persona, que desde luego ya no tiene que ver con la política sanguinaria de Carlos V ni de Felipe II; es un civilizado monarca del siglo XXI, pero al mismo tiempo representa a la institución que conquistó México a sangre y fuego. Reclamarle esto, a estas alturas, al amable rey Felipe, sería una insensatez, pero sí podríamos ser más críticos, menos entregados al deslumbramiento que Su Majestad produce. Pongamos, por caso, el de la lengua española —la cual en España, por cierto, no se llama español sino castellano—, cuyas directrices siguen emanando de aquel país. El rey viene a firmar un tratado, el Siele, escoltado por el Instituto Cervantes (una institución gobernada en exclusiva por funcionarios españoles) y apoyado por la UNAM. El proyecto, muy loable, es armonizar y potenciar la enseñanza del español en todo el mundo, pero la puesta en escena y la avasalladora influencia de España en el proyecto pertenecen a la época de Carlos V. ¿Por qué decide un país de 42 millones de hispanohablantes el destino de la lengua que, del otro lado del mar, hablan 500 millones? Si México es el país con más hispanohablantes, ¿por qué no manda más nuestra Academia de la Lengua? ¿No sería momento ya de dejar de ensañarnos con Cortés, un personaje que seguramente hubiera rechazado este colonialismo lingüístico del siglo XXI, y preguntarnos, por qué seguimos, los habitantes de esta orgullosa república, deslumbrándonos con Su Majestad?