Melancolía de la Resistencia

¿Qué demonios es el agua?

“El hombre moderno, universal, es el hombre apurado, no tiene tiempo, es prisionero de la necesidad, no comprende que algo pueda no ser útil; no comprende tampoco que, en el fondo, lo útil puede ser un peso inútil, agobiante”

Para explicar eso que tenemos y que no apreciamos, eso que por muy visto deja de parecernos extraordinario, el escritor David Foster Wallace contaba a sus alumnos una breve y hermosa historia: dos peces jóvenes nadaban en el mar cuando se encontraron de frente con un pez más viejo que los saludo y, por hacer algo de conversación, les dijo, “hola chicos, ¿cómo está el agua?”. Los peces siguieron nadando un buen trecho antes de que uno le preguntara al otro, “¿Qué demonios es el agua?”

Muy a contrapelo de su hermoso cuento Foster Wallace se suicidó a los cuarenta y seis años, quizá preguntándose, como esos peces, qué demonios es el agua. La historia se ajusta perfectamente a nuestro siglo XXI, que con todas las distracciones electrónicas que caben en un iPad o en un Samsung, también nos hace preguntarnos qué demonios es el agua.

“Todo lo que es útil es feo como las letrinas”, decía el escritor francés Téophile Gautier y con esta opinión salvaje nos hizo ver que las cosas, o las acciones, útiles, se agotan en su propia utilidad, su función es servir para algo y, sin esta función, quedan alineadas en la familia de las letrinas; en cambio las cosas, o las acciones, inútiles, al no tener ninguna función, al ser huecas, se convierten en dispositivos por los que circula la vida.

Lo mejor de la vida son las cosas inútiles o, para ponerlo en una línea escrita por Montaigne: “lo placentero es más útil que lo útil”.

El profesor italiano Nuccio Ordine cuenta en un ensayo (La utilidad de lo inútil), de una conferencia que dictó Eugene Ionesco en febrero de 1961, reivindicando la importancia de la inutilidad. El maestro del teatro del absurdo planteaba entonces la rinocerontitis en la que caían, ya desde entonces, los habitantes del siglo XX. La palabreja viene, ya sé que usted lo sabe perfectamente pero habrá quién no lo sepa, de El rinoceronte (1959), su obra de teatro más célebre, que plantea el desconcierto que producía la expansión de los totalitarismos (en esa época estaban muy frescos el fascismo, el nazismo y el comunismo), y denuncia la falta de voluntad de las personas y el conformismo de la masa ciudadana que en aquel periodo, todavía ensombrecido por la posguerra, aletargaba las ciudades de Europa. La abulia era tal que todos, menos uno, terminan convertidos en rinocerontes. La obra, que tiene más de cincuenta años, conserva una frescura espeluznante; yo volví a verla hace unos meses y pensé que la abulia y el conformismo, el borreguismo de los ciudadanos occidentales sigue intacto, seguimos teniendo esa rinocerontitis que nos diagnosticó Ionesco, esa patología social que nos aturde y nos hace preguntarnos, como los peces de Foster Wallace, qué demonios es el agua.

Pero la rinocerontitis también nos impide ver que las cosas, y las acciones, útiles, son útiles pero feas como las letrinas y que lo mejor de la vida está en las cosas, y en las acciones, inútiles.

Los totalitarismos han cambiado de consistencia y de color, hoy son, quizá, menos evidentes, pero la rinocerontitis no disminuye desde que la fijó Ionesco en su obra. El dramaturgo hablaba, en aquella conferencia, de la gente que camina por las calles de las ciudades, mirando al piso o hacia el frente, sin entrar en contacto con el otro, pensando solo en llegar, en cumplir con su objetivo, en hacer de esa caminata un desplazamiento útil; “en todas las grandes ciudades del mundo es lo mismo”, dice Ionesco, “El hombre moderno, universal, es el hombre apurado, no tiene tiempo, es prisionero de la necesidad, no comprende que algo pueda no ser útil; no comprende tampoco que, en el fondo, lo útil puede ser un peso inútil, agobiante”. Quizá sea momento de redondear la idea de la letrina de Téophile Gautier, que está contextualizada, por el mismo, así: “Solo es realmente hermoso lo que no sirve para nada. Todo lo que es útil es feo, porque es la expresión de alguna necesidad y las necesidades del hombre son ruines y desagradables, igual que su pobre y enfermiza naturaleza. El rincón más útil de una casa son las letrinas”.

Entre los peces que no saben qué demonios es el agua, las letrinas y el rinoceronte de Ionesco que contagia su rinocerontitis por las calles de las ciudades de occidente, sale, como un brote verde entre dos adoquines, una idea de Jacques Lacan para definir el amor, una vez que hemos digerido aprendido a digerir nuestras consustanciales carencias, es decir, la inutilidad de las cosas, y las acciones, que nos parecían útiles. ¿Es útil el amor?, la sola pregunta ya es un atentado que Lacan anula así: amor es dar al otro lo que no se tiene.