Melancolía de la Resistencia

Los cuadernos del hipocondríaco

De la hipocondría propiamente literaria de Ballester, de su fatalismo narrativo, queda esta oscura alocución: “no puede decirse que mi obra sea copiosa, la verdad es que perdí mucho tiempo, mi madurez literaria fue tardía…”

El escritor español Gonzalo Torrente Ballester era un entusiasta de las grabadoras. O de los magnetófonos como él mismo los llamaba. Tenía uno siempre a mano y grababa, en cintas de carrete, argumentos para sus historias, escenas específicas, ideas sobre su vida de escritor y, sobre todo, un diario verbal, que más tarde transcribió y publicó con el título de Los cuadernos de un vate vago. Vate, como bien se sabe, es sinónimo de poeta, igual que bardo, aunque esta palabra también significa “madriguera de conejo”, “barda o tapia” y “pared de ramaje y barro”. Habría que buscar, quizá a la luz del análisis lacaniano, cual es el nexo entre los poetas, las bardas y las madrigueras de conejo. Pero estábamos en el entusiasmo de Torrente Ballester por las grabadoras, que lo invitaban a escribir de manera oral, de la misma forma en que lo hacía Michel de Montaigne, que dictaba sus ensayos a un secretario que iba tomando nota. Mientras Montaigne dictaba sus geniales ensayos en la enorme biblioteca de su castillo, andando de un lado para otro y oyendo el aleteo de su voz cuando rebotaba en las cúpulas del techo, Torrente Ballester dictaba su diario a un micrófono, sentado en la camita de su habitación de profesor, en Albany, Nueva York:  “he cenado exactamente dos patatas cocidas con un huevo duro y un poco de jamón, y un par de cucharadas de mermelada. Es suficiente, pero yo no sé si esta insistencia en el jamón mañana, tarde y noche no acabará perjudicándome”. Estos diarios fueron dictados en la década de los sesenta, cuando el escritor todavía no recibía, a pesar de que ya contaba con una obra sólida, el contundente reconocimiento literario que vendría después.

En esos años de dictado desde la cama en Albany, se sentía olvidado y menospreciado por sus colegas, estaba demasiado lejos de España: “hay que estar en el huevo, en la corriente, en el centro de los acontecimientos; es decir en Madrid”. Es curioso que en los años en que Torrente Ballester hacía esta reflexión, los escritores del boom, encabezados por García Márquez y Vargas Llosa, transformaban la literatura en español pero no desde Madrid, sino desde Barcelona, un fenómeno del cual Torrente Ballester seguramente estaba enterado, porque el 11 de abril de 1970, dicta a su grabadora: “he venido leyendo la última novela de Vargas Llosa, Conversaciónen la catedral, que me parece buena, pero no excelente. Llena de trucos, le falta ese algo que le empuja a uno a meterse en un mundo y a no dejarse salir de él. Aquí no me siento inferior”. Cuando no estaba dando clases, o grabando su diario, Torrente Ballester se dedicaba a escribir sus libros, y con frecuencia se queja ante el micrófono del los padecimientos que le impone su oficio de escritor: “esta máquina (de escribir) está tan dura que me destroza. Tengo los músculos fastidiados”.

Estos padecimientos, esos fantasmas que lo rondaban todo el tiempo en su cuartito de profesor en Albany, donde puede uno imaginarlo fácilmente en pijama, encorvado y temblón frente al micrófono, alumbrado por una luz verdosa alrededor de la cual vuela enloquecida una polilla, esos fantasmas, como digo, tenían un fondo de hipocondría: “Quizás esta debilidad orgánica debilite también mi espíritu, no me deje pensar como debo ni lo que debo”. En este parlamento, como puede verse, la hipocondría física de Torrente terminaba en hipocondría intelectual, no como en este otro, que es puro pavor orgánico: “Hoy, día cinco, me encuentro mal, mareado sin una razón aparente. No sé, estos últimos días he dado un gran bajón físico. Mi aparato digestivo me da miedo. Puede salir cualquier día de ahí eso que ando temiendo, que es mi amenaza. Dios dirá”. El escritor tenía entonces cincuenta y ocho años, y le faltaban cuarenta y uno para morirse, o sea que no estaba tan mal como se sentía, y al final las papas hervidas, el huevo duro con jamón y las dos cucharadas de mermelada, resultaron ser, en su caso, un menú que procuraba la longevidad. De su hipocondría propiamente literaria, de su fatalismo narrativo, queda esta oscura alocución: “no puede decirse que mi obra sea copiosa, la verdad es que perdí mucho tiempo, mi madurez literaria fue tardía, pero ahí están La trilogía, Don Juan… ¿para qué quiero más? Mi paso por el mundo ya deja huella, y si se borra que se borre, no hay razón alguna para que me sacrifique”. Y entre hipocondría e hipocondría, encuentra lugar para criticar a sus contemporáneos: “He leído también una antología de Octavio Paz publicada por Barral: me parece un poeta mediano y, lo que es peor, agotado, aunque sigue siendo un buen ensayista”.