Melancolía de la Resistencia

La comilona

"Borges", libro que Adolfo Bioy Casares escribió sobre Jorge Luis Borges, es una rara pieza de literatura en donde el autor transcribe, con aparente rigor y exactitud, las conversaciones que sostuvo con Borges entre 1931 y 1989.

En el libro que Adolfo Bioy Casares escribió sobre Jorge Luis Borges, se cuenta de una comida, copiosa e interminable, a la que asistió por obligación, y casi a rastras, el gran escritor argentino. Escribo “se cuenta” porque este libro de Bioy, titulado escuetamente Borges, es una rara pieza de literatura en donde el autor transcribe, con aparente rigor y exactitud, las conversaciones que sostuvo con Borges entre 1931 y 1989. El libro es, técnicamente, un diario, cada párrafo está encabezado por la fecha y todo lo que pasa es una conversación, sobre obras, autores y chismes del mundillo literario bonaerense, que sostienen Bioy y Borges, encausada y fantasmalmente acotada por Bioy. La sensación que tiene el lector a lo largo de este raro libro, es la de que está sentado en un sillón, en casa de Borges, escuchando la conversación entre los dos escritores. Una conversación que, cuando menos en el libro, era invariablemente sabia, incluso cuando el tema era mofarse de alguien. Borges era abiertamente filosemita y esto le costó una serie de ataques que bien podrían figurar como una de las notas más altas de la miseria antisemita; por ejemplo la revista Crisol, en 1934, publicó, al abordar el tema del filosemitismo de Borges, que este se debía a “la ascendencia judía maliciosamente ocultada” del escritor, como si solo el que es judío pudiera hablar bien de los judíos. Para defenderse de estos ataques, Borges escribió un texto hondo y breve titulado “Yo, judío”, en donde cuenta, en un tono desenfadado y socarrón, sus esfuerzos por encontrarle a su segundo apellido, Acevedo, un antepasado judío, y su decepción cuando descubre que el antepasado que le había tocado a él, a pesar de ser un apellido que provenía de la cepa hebreo-portuguesa, era el de don Pedro de Acevedo, un catalán “casi irreparablemente español”. Pero además de malos tragos, el filosemitismo de Borges le generó una serie de compromisos, algunos bastante engorrosos, con los escritores e intelectuales judíos de aquella época, entre los que estaba Carlos M. Grünberg, autor del libro Mester de judería (1940), que fue prologado por Borges. Grünberg quedó profundamente agradecido por el prólogo y, para demostrar el calado de su agradecimiento, invitó a comer al escritor que era, como se sabe, más bien parco en el comer y en el beber. Voy a transcribir un breve diálogo entre Borges y Bioy, con el ánimo de calibrar esta parquedad: “BORGES: Qué raro que guste tanto el vino. BIOY: Qué raro que prefieran ese gusto a remedio, al del agua fresca, que es tan rico. BORGES: Más raro es que les guste el whisky”. Después de este dialogo “casi irreparablemente nerd”, vayamos a la comida que ofreció Grünberg a Borges. Para que la celebración no quedara en un asfixiante tête à tête, Grünberg pidió a Borges que invitara un amigo con el que quisiera compartir ese momento; pero la verdad es que Borges no entendía bien en qué iba a consistir ese momento y ante su silencio Grünberg decidió invitar a Guillot Muñoz, un escritor uruguayo que tenía conversación con los dos. A la hora de elegir el restaurante pasó lo mismo, Borges sugirió un par de sitios modestos y Grünberg, que era de buen comer y mejor beber, acabó imponiendo La cabaña, un restaurante porteño de lujo en la calle Entre Ríos. De entrada Grünberg, “los obligó a tomar algo en el bar”, cuenta Bioy Casares, “whisky o algún otro licor previo”. Según se entiende por la narración, Guillot Muñoz era tan modesto en la mesa como Borges, y esto deja a Grünberg como el único entusiasta de esa comida que él mismo iba a pagar. Del bar pasaron a la mesa donde ya humeaban los platillos del ingente menú que previamente había encargado Grünberg para agasajar al autor del prólogo. “Los obligó a comer de todo, a repetir cada plato; casi no los dejaba hablar para ponerles comida en la boca”, cuenta Bioy, y Borges complementa: “Y vos sabés la carne que se come en esos lugares: te traen bifes como para hacerte vegetariano para el resto de tus días”. En algún momento, que Borges y Guillot Muñoz interpretaron como el tramo final de la comida, Grünberg se levantó, probablemente al baño, y regresó precisamente cuando sus dos invitados, hartos de comer y de beber, habían decidido que se escaparían del restaurante: “lo miraron furiosos, pero debieron aceptar más comida y después de todo cognac en balones. Borges, que nunca fumó habanos, guarda todavía un Partagás que no pudo rechazar”, cuenta Bioy. Y al final, Borges añade: “Grünberg quería hacerme sentir que me pagaba el prólogo, peso sobre peso. Desde entonces no volvimos a vernos”.