Melancolía de la Resistencia

La colonización

Antes de escribir estas líneas, leí que el grupo yihadista Boko Haram acababa de cometer un sangriento atentado en dos pueblos de Nigeria, precisamente el país en el que Wole Soyinka combate, con su pluma, la colonización.

Deben admitir que sus pueblos tienen un problema —miren lo que ha pasado, la escala de corrupción a la que han llegado con solo una fracción de los recursos naturales que tiene África”. Esto, entre otras filípicas, dedica el escritor nigeriano Wole Soyinka al mundo industrializado, en su libro Of Africa (Yale University Press, 2012). Soyinka (1934), fue el primer escritor africano que recibió el Premio Nobel de Literatura, su padre era profesor y su madre tenía una mercería en Abeokuta, la capital del estado de Ogun. Cuando era joven estudió en Inglaterra e hizo teatro, como actor y director, en Londres. Su permanente lucha por los derechos civiles lo llevó a la cárcel, en su país, en los años sesenta y, también por esos años, tuvo que escapar de Nigeria en una motocicleta, para librarse de la pena de muerte que le habían impuesto. Cuando recibió el Premio Nobel, en 1986, aprovechó su discurso para reclamarle a Ronald Reagan por su intervencionismo en Nicaragua. Curiosamente, y a diferencia de otros escritores africanos de su generación que se negaban a escribir en la lengua del imperio, Wole Soyinka ha escrito siempre sus libros en inglés, en lugar de hacerlo en yoruba, en hausa, en igbo o en fula. Me parece una curiosidad por que este hombre que ha combatido incansablemente el colonialismo, lo ha hecho desde la lengua que impuso la colonia inglesa. Cuando era niño, Soyinka pasaba largas horas ociosas acodado en el mostrador de la tienda de su madre, veía la calle pero, sobre todo, el consultorio del babalawo que vivía enfrente. El babalawo es un sacerdote yoruba, esa especie de curandero que los cubanos han españolizado hasta dejarlo en babalao. El pequeño Soyinka espiaba cada vez que podía, se asomaba al interior y miraba con asombro los frascos llenos de hierbas y las pociones hirviendo en los fogones. Su padre, que era un hombre instruido y católico, desconfiaba del babalao y prevenía a su hijo contra sus chapuzas y engañifas. Sin embargo el hijo veía como sus vecinos musulmanes, y católicos e instruidos, como su padre, visitaban discretamente al médico pagano. A partir del babalao de su infancia, Soyinka reflexiona sobre el proceso de colonización que trataba de despojar a su país, Nigeria, de sus usos y costumbres en aras del progreso; empezando por el babalao que estaba mal visto por los médicos de bata blanca. Soyinka dice que el “rico tapiz de fuerzas intuitivas” que opera en África, podría enseñarnos, a los occidentales, cosas importantes sobre el cuerpo, el alma y los procesos curativos, y advierte que África sigue estando al margen de la estructura que articula las relaciones humanas en el mundo occidental. De aquí la filípica con la que empezaron estas líneas. Soyinka hace ver la diferencia entre el método pasivo, que utiliza el médico para curar a sus pacientes, y el activo que utiliza el babalao; mientras uno aplica el estetoscopio y receta un medicamento, el otro se sienta en el suelo frente al paciente, habla con él y le administra yerbas y bebedizos y, durante todo el proceso, canta y dice letanías, repite palabras una y otra vez, intenta convencer +rarse, porque el babalao es consciente del importante papel que juega la fe en la curación del paciente. De estos elementos intangibles está hecho ese “rico tapiz de fuerzas intuitivas”. Escribe Soyinka: “En la liturgia de la mayoría de las religiones, quizá sea la poesía el elemento más poderoso”. 

La efectividad del método del babalao que espiaba Soyinka de niño radicaba en la poesía, en el canto, es decir, en la palabra. Seguramente fue uno de estos babalaos el que inspiró aquello de “una palabra tuya bastara para sanar mi alma”. Pero el combate de Soyinka es contra la colonización, contra esa fuerza que todo lo uniforma y que termina convirtiendo en médico al babalao; es un combate contra esa imposición que obliga a personas que creían en una cosa, a creer en otra. Hace unos días, precisamente cuando leía estas ideas de Soyinka, un grupo yihadista perpetraba una matanza en París, mataba a unos dibujantes que se habían mofado de su profeta y manifestaban, como lo hacen después de cada atentado, su rechazo a las costumbres occidentales. El islamista radical pretende que todos crean lo que él cree, su fin último es colonizarnos y hoy, antes de sentarme a escribir estas líneas, leí que el grupo yihadista Boko Haram, acababa de cometer un sangriento atentado en Baga y en Doro Gowon, dos pueblos de Nigeria, precisamente el país en el que Wole Soyinka combate, con su pluma, la colonización.