Melancolía de la Resistencia

La carta de Chespirito

Resulta curioso que, a pesar del éxito abrumador que tenía en su especialidad, al que un escritor jamás podría aspirar, suspirara por aparecer mencionado como escritor importante en la Feria del Libro de Monterrey.

El 26 de octubre del 2006 recibí una carta firmada por Roberto Gómez Bolaños, Chespirito. Era una carta que él mismo escribió a máquina y a la que su secretaria, al enterarse de que yo vivía en Barcelona, optó por escanearla y enviármela por correo electrónico. El propósito de la carta era comentar, en un tono agridulce y siempre respetuoso, un artículo que yo había publicado en el periódico sobre la transmisión de los programas de El chavo del 8 en la televisión española. En esa época pasaba en la televisión pública, todos los días a la hora de la comida, y aquello me hizo tanta gracia que escribí un artículo donde exponía el fenómeno de ver, en Barcelona, el mismo programa que veía de niño en México, ese programa que forma parte de la educación sentimental de los mexicanos —y me parece que de los latinoamericanos en general— desde hace cuarenta años.

A don Roberto le molestaron varios puntos de aquel artículo, por ejemplo la transcripción que hice de una nota del escritor catalán Sergi Pàmies, publicada en el diario El País, donde contaba las impresiones que le había dejado el famoso programa mexicano: “Visualmente el programa es casi un fósil. La calidad de la imagen es tan mala que da la impresión de estar lloviendo, o nevando, o las dos cosas a la vez. Pésima iluminación, nulos efectos especiales, desidia en el vestuario (….) Y, sin embargo, uno se queda hipnotizado por las ocurrencias y admirado de que, a estas alturas, todavía sea posible ver un programa así, inocente, divertido, en el que el realizador no aspira a deslumbrar con su acelerado dinamismo conceptual y en el que la palabra, hábilmente manipulada con la artesanía del más digno vodevil, sirve simplemente para sonreír”. A mí la crítica de Sergi me parecía, en realidad, un elogio, porque ponía el talento de Chespirito por encima de las dificultades técnicas. Sin embargo, don Roberto manifestó su desconcierto: “Tengo dudas acerca de que la iluminación sea pésima, o que la calidad de la imagen sea tan mala. A menos que se refiera de manera exclusiva a la tosca definición que caracterizaba a la TV de la época en que fueron grabados los programas”. El resto de la carta está dedicado a mi propio artículo, con énfasis en estas líneas que escribí, quizá demasiado crudas, que no le gustaron nada: “La propuesta parece un despropósito, pues el público español no entiende ni la mitad de lo que dicen esos personajes que se expresan todo el tiempo en caló de vecindad chilanga y sin embargo, y para mi sorpresa, el programa no solo se ve, también comienza a tener un discreto éxito”. En estas líneas, aunque son efectivamente crudas, sigo percibiendo, ocho años después, un fondo elogioso que don Roberto no percibió, y en cambio me dedicó esta protesta regañona: “Pero si debo manifestar mi total desacuerdo, en cuanto a que ‘el público español no entienda ni la mitad de lo que dicen esos personajes…’ Pues yo puse cuidado en evitar —hasta donde fuera posible, por supuesto— el uso de cualquier clase de localismos en el lenguaje. Y creo haber cumplido mi propósito, como lo demuestra el éxito alcanzado en todos los países de América Latina”.

Después, aprovechando el viaje, se queja de que al lado de mi artículo, en la misma página, venían tres notas sobre presentaciones en la Feria del Libro de Monterrey: “Leí los tres artículos pero, por más que me esforcé, no pude encontrar ningún comentario acerca de Sin querer queriendo (Memorias), libro que yo también presenté en dicha feria”. Luego sostiene que el único comentario que puede hacer sobre su propio libro es que “está bien escrito”, pero inmediatamente después se disculpa, antes de rematar con una pulla, que algo de razón lleva, dedicada a todo el gremio: “Reconozco que habría sido difícil presumir de manera más agreste que como lo acabo de hacer, ¿pero qué otro recurso me quedaba si yo no pertenezco a ninguno de los clanes literarios cuyos miembros se promueven unos a otros?”. Resulta curioso que Chespirito, a pesar del éxito abrumador que tenía en su especialidad, una dimensión del éxito a la que un escritor jamás podría aspirar, suspirara por aparecer mencionado como escritor importante en la Feria de Monterrey.

Yo acababa aquel artículo así: “celebrémosle a Chespirito su impresionante universalidad”. Don Roberto, después de aclararme que “esta carta no representa el menor reclamo por mi parte”, me dice que todo eso que lo ha molestado y que me ha hecho puntualmente ver, “queda compensado al final cuando sugiere que Chespirito puede tener una ‘impresionante universalidad’. (Lo cuál de verdad agradezco). Reciba un saludo con el sincero afecto de Roberto Gómez Bolaños”. Y termina con su firma de puño y letra.