Melancolía de la Resistencia

Los cantantes

El etnólogo alemán Konrad Theodor Preuss, emprendió un viaje a la sierra de Nayarit. Durante dieciséis meses grabó cien cilindros de cera con canciones tradicionales coras y huicholas; esas canciones cantadas hace más de un siglo son hoy un tesoro.

El etnólogo alemán Konrad Theodor Preuss llegó a la Ciudad de México en 1906, aunque bien pudo ser a finales de 1905, con el proyecto de ultimar los preparativos para un largo viaje que haría a la sierra de Nayarit. Su objetivo era sumergirse en la cotidianidad de dos pueblos que, a su entender, seguían conservando, a principios del siglo XX, buena parte de los usos, las costumbres, la mitología y la cosmogonía prehispánicas. Estos pueblos eran los coras y los huicholes. Antes de hacer el viaje se puso a aprender español y náhuatl en Berlín y cuando llegó a México se enteró de que los pueblos que serían el objeto de su investigación no hablaban náhuatl, sino cora y lengua huichola, lo cual ni fue un obstáculo ni motivo de desánimo para el etnólogo alemán. ¿Existen los obstáculos para un hombre que se puso a aprender náhuatl en Berlín? Durante su escala en el DF, Preuss se dedicó a buscar un fonógrafo y cien cilindros de cera marca Edison para grabar la voz y la lengua de los coras y los huicholes. El fonógrafo, que era la grabadora de entonces, era un aparato de proporciones exageradas, con una enorme trompa que también podía ser campana o embudo, que hacía las veces de micrófono y, quien quería grabar su voz tenía que meter la cabeza en la trompa del aparato. Este aparato tenía unas dimensiones tan exageradas que no es difícil que la palabra “aparatoso” venga de ahí, del estorboso fonógrafo. En una calle del centro, Preuss encontró lo que buscaba, el aparato y los cilindros de cera, que eran los casets de aquella época. Entusiasmado con la historia del etnólogo alemán, de ese hombre que caminaba a principios del siglo pasado por el centro de la ciudad, comunicándose con su español impecable, y quién sabe si hasta con su náhuatl canónico, en busca de un fonógrafo que resistiera el viaje a la sierra, me puse a buscar cilindros de cera y los encontré, por internet porque el mundo ha cambiado mucho, en un página de nombre Mercado Libre, que, por 875 pesos, ofrecía dos cilindros marca Edison, como los que compró Preuss, del año 1904, un poco antes de que el etnólogo empezara su pesquisa. No sería difícil que estos dos cilindros hayan pertenecido al mismo lote, que Preuss los haya dejado ahí porque solo necesitaba cien y esos dos ya no le hacían falta. Ante la duda, y con la ilusión de que sí sean del mismo lote, los compré.

El etnólogo alemán emprendió el viaje a la sierra de Nayarit, probablemente solo, a caballo, cargando con el aparatoso fonógrafo y con el instrumental y los bastimentos que necesitaba para su larga estancia. Llegando a su destino se instaló, montó en aquel paisaje reseco una suerte de oficina donde comenzó, con ayuda de un intérprete, a aprender el cora y la lengua huichola. Durante los dieciséis meses que estuvo ahí, grabó cien cilindros de cera con canciones tradicionales coras y huicholas porque sabía, como buen etnólogo, que en las canciones está destilada la cultura de los pueblos, que por ellas pasa la historia pero también la forma de ser, las preocupaciones y los divertimentos, la propensión al relajo o al terror. Para hacerse una idea del panorama que se encontró Konrad Theodor Preuss cuando llegó a aquellas comunidades, es imprescindible ver la estupenda película Flores en el desierto (José Álvarez, 2009). Preuss grabó canciones durante todo ese tiempo, canciones que dicen, por ejemplo, en lengua huichola, esta asombrosa trenza metafísica, esta perla de la simbiosis volátil: “El va a subir, yo voy a subir. Él va a subir, yo lo creo. Él lo cree, yo voy a subir”. También hay otra, de descarado sincretismo bíblico,  donde se cuenta la historia de un señor que guarda a todos sus animales en una cabaña de madera mientras pasa el diluvio. Preuss invitaba a los cantantes a su oficina, les daba un vasito de whisky para que se animaran a meter la cabeza en la trompa del fonógrafo y a cantar ahí sus canciones. El resultado de aquella investigación fueron cien cilindros de cera que Preuss clasificó, y tradujo, durante varias décadas en Berlín, hasta que logró una obra redonda de título Arte verbal, cuyo manuscrito se perdió con los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Los cilindros con las canciones corrieron la misma suerte pero, gracias a una especie de milagro, fueron recuperados, años después, por el venerable Instituto Iberoamericano de Berlín y esas canciones cantadas hace más de un siglo se han convertido hoy en un emocionante y vertiginoso cd (Grabaciones en cilindros de cera de los coras y los huicholes de México, 2013). Ahí pueden oírse, como en el túnel del tiempo, la trenza metafísica y la simbiosis volátil de los cantantes.