Melancolía de la Resistencia

La boca y el vino

... El vino nos devuelve al orden de la edad de oro, al equilibrio y al sosiego de aquel orden primigenio, merece la atención de todos nosotros... “El vino lenifica. Tenemos vino. Podemos hacer desaparecer el shock maldito...”

De todos los sentidos el del gusto es el más comprometido porque, por la boca, entra físicamente el mundo. Comer es, técnicamente, meterse pedazos de materia, trozos de esa misma realidad que vemos, olemos, oímos y tocamos. En la percepción con el resto de los sentidos hay una distancia: lo que vemos no nos entra por los ojos; lo que vemos no es, ni siquiera, lo que de verdad es, porque el ojo, en combinación con el cerebro, hace una interpretación de la realidad para que seamos capaces de ordenarla, de jerarquizarla y de entenderla. Con el oído pasa un poco lo mismo, los elementos con los que trabaja son etéreos, se desplazan por el aire en cambio, el sentido del olfato, está mucho más comprometido con la materia, el olor son micro partículas, pedazos que emanan de la cosa que olemos y que entran en contacto con la mucosa nasal. Las manos según lo que tocan disparan una serie de estímulos, pero la piel impide que se meta eso que estamos tocando, y así regresamos a la boca, la entrada por donde se cuela el mundo, para alimentarnos o para envenarnos, o para probar al otro, como apuntaba el poeta Miguel Hernández: “brindo en tu boca por tantos, que cayeron sobre el vino de los amorosos vasos”. Y ya que estamos en la boca y en el vino, recurro al filósofo húngaro Béla Hamvas, que escribió en su hermoso tratado, La filosofía del vino, que el hombre al beberlo se eleva, y el vino “lo devuelve al orden de la edad de oro”. Una idea verdaderamente subversiva, en este siglo XXI tan entregado a demonizar los placeres y casi cualquier actividad que no produzca réditos ni deje ganancias; un filósofo que sostiene que el vino nos devuelve al orden de la edad de oro, al equilibrio y al sosiego de aquel orden primigenio, merece la atención de todos nosotros, tanto que voy a dejar que lo diga él mismo: “El vino lenifica. Tenemos vino. Podemos hacer desaparecer el shock maldito. El vino nos devuelve la vida originaria, el paraíso, y nos muestra donde nos encontraremos en la última celebración universal”. Y a la hora de conjugar el vino y la boca, Hamvas tiene un par de ideas inquietantes: “Beber es el pariente más cercano del amor. Aquel vino era como un beso líquido”, y todavía en la estela del poeta Miguel Hernández remata así: “La raíz de toda ebriedad es el amor. El vino es amor en estado líquido”.

Cualquiera que haya experimentado, o leído sobre gente que lo ha hecho, como se bebe en los países mediterráneos, sabrá que solo en estos se sabe beber; en Italia, en España, en Francia, en Grecia, se bebe vino para acompañar la comida, o para pasar la tarde o para acceder a una frecuencia más filosofal; en cambio más al norte se bebe para emborracharse, para ir más allá de ese orden primigenio, para retroceder hasta los confines del plasma bacteriano. Béla Hamvas distingue a los países, según lo que acostumbran beber sus habitantes, en países del vino y países del aguardiente; el vino es más sinuoso, más amoroso, tarda más en llegar porque privilegia el trayecto, mientras que el aguardiente es rápido, se desplaza en línea recta a gran velocidad, es más contundente pero el viaje dura menos y el viajero queda muy pronto fuera de combate. Esto me hace pensar en el tequila y en el mezcal, y en lo mucho que tardaron los empresarios en producir buen vino mexicano; precisamente porque México es un país del aguardiente. Cuando yo era un joven dispuesto a beberse el mundo, el vino al que teníamos acceso era uno que venía en botella fondona, con cuello de embudo, que se llamaba Padre Kino; ante aquella perspectiva mi generación optó por el tequila, consolidó la naturaleza aguardentosa del país, nos mantuvo en la órbita alcohólica de Irlanda, de Inglaterra, de Alemania, de Rusia y de Polonia. Que seamos un país del aguardiente merece una profunda reflexión; retomando la idea inicial de que el mundo entra por la boca, y de que una vez dentro circula, se mueve, conforma o deforma la percepción, llegaríamos a interesantes conclusiones sobre nuestra manera de ser. Pero regresemos al vino, y a nuestro filósofo húngaro, y transcribamos aquí su única ley para beber vino: “En cualquier momento, en cualquier lugar, de cualquier manera”. Y también el protocolo que propone para beberse unas copas: “hay que poner un mantel amarillo o rosado en la mesa y flores en un jarrón (zinnias o girasoles), y leer alguno de los grandes poetas, como Píndaro, Dante o Keats”. Yo añadiría murmurar como un mantra aquello de “brindo en tu boca por tantos”. Pongo esta última idea del filósofo, por si alguien quiere tomar nota: “Hay que estar sobrio. Realmente sobrio, es decir, ebrio”.