Melancolía de la Resistencia

La basura que somos

Somos la basura que producimos. Una persona observadora podría trazar un perfil bastante atinado de su vecino, si se pusiera a analizar, de manera sistemática, las cosas que desecha.

El hallazgo de un cartón vacío de leche en la basura del vecino, una mañana de martes, no puede significar lo mismo que encontrar, esa mañana, una botella vacía de Vodka Oso Negro. Es más, esa misma botella de vodka vacía, encontrada un domingo en la mañana, tendría otro significado.

Hay una narrativa de nosotros mismos que reposa en nuestro basurero, esperando a que venga alguien perspicaz a hilar los elementos, a relacionar ese bote de tinte para el cabello, ese dentífrico para combatir la gingivitis, ese plátano que se puso negro en el frutero, ese preservativo desplegado y sin usar. Todos estos elementos son fotogramas de historias que nadie cuenta, que se pierden para siempre en cuanto llega el camión de la basura y revuelve las historias de todos los vecinos. En ese momento la historia individual se vuelve colectiva, y entonces tenemos elementos suficientes para narrar la historia de la manzana, del barrio, y así sucesivamente.

Somos la basura que producimos, dije imprudentemente al principio de estas líneas, porque faltó un matiz: la basura es nuestro reverso, somos lo que consumimos pero también lo que desechamos y la basura dice tanto de nosotros, y aquí van a perdonarme este arrebato escatológico, como nuestra propia caca: a veces el perfil que dibuja un buen análisis de las heces, nos dice más de una persona que la Wikipedia.

Últimamente pienso mucho en la basura, en las historias que cuentan nuestros desechos, porque estoy pasando una temporada en Toronto, una ciudad canadiense cuya vida social se estructura a partir de la basura. En México no tenemos que pensar en eso, la basura simplemente se tira en un recipiente que después va a dar al camión y, cuando no pasa el camión, cada quién se las ingenia para deshacerse de sus desechos, los mete en una bolsa y los deja al pie de un árbol, se los deja en la puerta a los vecinos de tres casas más allá, o hace con la bolsa, desde su azotea, un lanzamiento de martillo de dimensiones olímpicas. Pero en esta ciudad tan civilizada donde paso una temporada, los vecinos pensamos todo el día en la basura, es decir, en nuestros desechos. Cada vez que nos deshacemos de una cosa, tenemos que depositarla, según su naturaleza, en el recipiente de la materia orgánica, de la materia reciclable o de la basura pura y dura; como probablemente hace usted en su casa en México. Cada casa en Toronto tiene sus recipientes que provee el Ayuntamiento y los vecinos, cada día, vamos llenando los tres, cada uno con su materia específica. La basura se queda en el patio una semana, cuando es orgánica, y dos cuando es reciclable o pura basura, de acuerdo con un riguroso calendario que nos entrega, al principio del año, el mismo Ayuntamiento. Así, un jueves toca orgánica y reciclable, y al otro orgánica y basura. Como la basura orgánica se queda una semana en el patio, hay que ponerla a salvo de los mapaches, que en Canadá son especie protegida, es decir que no puedes, a menos que infrinjas la ley, defenderte de sus ataques.

El Ayuntamiento recomienda que tu perro no salga cuando hay mapaches porque, en un momento de mal humor, podrían arrancarle la cabeza. Como no puedes defenderte de los mapaches no queda más que defender tu basura, amarrar el bote con una o cuatro cuerdas, según la intensidad de los embates. Yo nací en Veracruz y ahí, cuando era niño, los embates de los mapaches se gestionaban de otra forma, pero esa es
otra historia.

Cada jueves, cuando pasan los camiones de las distintas basuras, los vecinos nos sometemos a un examen que nos reubica en el ranking social de la ciudad. Alrededor de las 7.30 comienza la restructuración sociológica de Toronto: los vecinos alfa ya han puesto sus contenedores, perfectamente acomodados, desde la noche anterior, pero los beta, y los épsilon, los acabamos de sacar,  los estamos sacando en ese momento o, todavía no, y nos toca corretear el camión. A los ojos todos queda expuesto quién saca a tiempo su basura y cómo lo hace, ordenadamente o con el bote rebosado, o tirando basura por el camino, ¿y qué basura?, porque no es lo mismo un hueso de mango que una bolsa de Doritos, y también cuenta si vas ya vestido para el trabajo, o si sales, a esas horas, en pants o en pijama. Esta dinámica semanal distingue, públicamente, a los vecinos buenos de los mediocres; todos saben quién es el otro a partir de su relación con la basura que termina siendo, desde esta perspectiva, el espejo del alma.