Melancolía de la Resistencia

El asteroide

Los observatorios que monitorean permanentemente el cielo detectaron el asteroide de Halloween apenas unos días antes de que nos pasara rozando la cabeza. ¿Qué hubiera sucedido si hubieran visto que venía directo a estrellarse contra la Tierra?

Hace unos días pasó un asteroide a 480 mil kilómetros de la Tierra. La cifra parece enorme pero, en términos espaciales, se trata de una distancia ridícula. En la siguiente vuelta, cuando este asteroide regrese en septiembre del año 2018, pasará a una distancia de 38 millones de kilómetros. Pasará francamente lejos si se compara con la cifra anterior. El asteroide 2015 TB145, mejor conocido, por la noche en que nos pasó rozando, como el asteroide de Halloween, es una piedra esférica de 600 metros de diámetro que, con un viraje mínimo, podría haberse estrellado en la Tierra causando un daño incalculable. Además el asteroide tiene la morfología de una calavera, lo cual quedó como un gracejo espacial porque pasó de largo y se fue para volver dentro de unos años. Esa misma calavera hubiera tenido un significado inequívoco si se hubiera estrellado contra nuestro planeta. Hubiera tenido una lógica contundente: el mundo destruido por una enorme representación de la muerte.

600 metros son, más o menos, la distancia que cubrirían seis campos de futbol y, si esa piedra enorme hubiera caído, por ejemplo, en una ciudad, la tragedia hubiera encabezado, sin duda, el ranking de los grandes desastres de la historia de la civilización. No es mi intención alarmarlo a usted (como si eso fuera posible desde una columna de periódico), pero resulta que los observatorios que monitorean permanentemente el cielo detectaron el asteroide de Halloween apenas unos días antes de que nos pasara rozando la cabeza. ¿Qué hubiera sucedido si hubieran visto que venía directo a estrellarse contra la Tierra?, ¿habrá en ese caso un protocolo?, ¿un misil?, ¿un cañonazo de láser? El cineasta Lars von Trier ya ensayó sobre el tema en su espeluznante, y hermosísima, película Melancolía (2011). En una casa de campo un grupo observa el cielo, ve un asteroide lejano y brillante, demasiado lejano para tomarse la amenaza en serio pero, uno de los personajes, va enmarcando la bola de fuego con un círculo de alambre y, medida tras medida, se da cuenta de que la bola crece, se acerca, de que les caerá irremediablemente encima. ¿En dónde te escondes si va a caerte encima una piedra de 600 metros que viene a toda velocidad?

Que hayan localizado el asteroide de Halloween con tan poca anticipación nos sugiere la cantidad enorme de objetos que deben cruzar permanentemente el espacio, una cantidad incontrolable que no se puede vigilar y que nos hace pensar que estamos muy expuestos a que un día nos caiga una piedra del cielo. ¿No dicen que los dinosaurios se extinguieron, precisamente, por el desastre natural que significó la caída de una piedra como esas?

Unos días después del paso rasante del asteroide, y esto es tanto como decir que hace unas horas, unos pastores españoles del poblado de Calasparra, cerca de Murcia, descubrieron en el campo en donde suelen pastar sus animales, un objeto redondo y metálico que cayó del espacio, no de 600 sino de 2 metros de diámetro, que es un tamaño suficiente para desintegrar, por ejemplo, un rebaño de vacas. La imagen de los dos pastores, asombrados ante ese objeto que cayó del cielo, recuerda aquellas sofisticadas figuras geométricas que aparecían en los campos de trigo de Inglaterra y que, durante años, se les achacaron a los extraterrestres. Luego se descubrió que las hacía un campesino terrícola muy creativo. El asombro que provocaron aquellas figuras se parece al que ha desamarrado la esfera metálica: son manifestaciones (las figuras lo fueron durante un tiempo) de otro mundo, del espacio exterior.

Los primeros análisis de la esfera que cayó del cielo indican que se trata de una pieza que perdió un satélite, o una base espacial en desuso, construidos por terrícolas. La esfera no es tan grande, ni desde luego tan peligrosa, como el asteroide, pero en términos, digamos, estéticos, es todavía peor: se trata de un artefacto que subimos al espacio y que, inopinadamente, nos cae encima: algo así como escupir para arriba. Lo otro, la tragedia del asteroide que al final no sucedió, era un desastre natural fuera de nuestro control. Estos dos episodios, que han tenido lugar en un periodo muy corto, son una invitación a tomar en cuenta los elementos que viajan a toda velocidad por el espacio y que súbitamente pueden precipitarse a la Tierra. Son una invitación a considerar la posibilidad de que un día caiga un asteroide y se vaya absolutamente todo al garete. Pero no para vivir asustados ante esa posibilidad, sino para que, frente a ese inconmensurable cataclismo que un día puede venir, situemos en su justa dimensión nuestros pequeños problemas. Nuestra modesta categoría de hormiguitas cósmicas.