Melancolía de la Resistencia

Whisky, cocaína y algo de verdurita

En una nota publicada por Associated Press y titulada “A day with Thompson: Chivas, Dunhills, coke”, el escritor comparte con sus lectores los detalles de su jornada laboral y los apoyos que utilizaba para sostenerla.

Estábamos cerca de Barstow, en la orilla del desierto, cuando nos empezaron a hacer efecto las drogas”. Así empieza la famosa novela Miedo y asco en Las Vegas, de Hunter S. Thompson, el periodista estadunidense que invento el Gonzo journalism, una escuela periodística que nació estrictamente de la necesidad: se le había acabado el tiempo para entregar un artículo y, siguiendo la inspiración que le susurraba el whisky, por medio del clinclín que hacían los hielos, arrancó al azar cuatro hojas de su cuaderno de notas y las mandó, como si aquello fuera su artículo, al editor.

El artículo, que al final sí lo era, fue un éxito y, además, sirvió para lanzar la fulgurante carrera de Thompson que, fundamentado en lo Gonzo de su escritura, haciendo un riguroso rescate de la subjetividad y un uso a mansalva de la primera persona narrativa, escribió otra de sus famosas obras, un reportaje novelesco sobre los Hell Angels (Los Ángeles del Infierno: una extraña y terrible saga) que, en cuanto los brutales motociclistas se dieron cuenta de que Thompson ganaba un montón de dinero con la historia que ellos habían protagonizado, le pusieron una paliza histórica. No me extenderé más en el perfil de Thompson, que es muy conocido, para pasar directamente a una nota que encontré en la hemeroteca, publicada en su época por Associated Press y titulada “A day with Thompson: Chivas, Dunhills, coke”, en la que el escritor comparte con sus lectores, con una notable precisión, los detalles de su jornada laboral y los apoyos que utilizaba para sostenerla. Se levantaba de la cama a las tres de la tarde, y cinco minutos después, a las 15:05, empezaba a leer los periódicos con un cigarrillo Dunhill y un vaso de whisky Chivas Regal. A las 15:45, cocaína; a las 15:50 otro vaso de Chivas y otro Dunhill. A las 16:05 se tomaba el primer café. A las 16:15 cocaína, y a las 16:16 un jugo de naranja y otro cigarrillo Dunhill. Luego seguía con un triplete: 16:30 cocaína, 16:54 cocaína, 17:05 cocaína. A las 17:11 café y otro cigarrillo, y a las 17:30 ponía más hielo en su Chivas para llegar, a las 17:45, a su siguiente raya de cocaína. A las seis en punto de la tarde, para destrabarse un poco las mandíbulas, se fumaba un generoso purete de mariguana, con la idea de llegar a las 19:05 con suficiente movilidad en la mandíbula y un monchis de aupa, a la Woody Creeck Tavern, donde consumía el siguiente menú: cerveza Heineken escrupulosamente escoltada por dos cocteles Margarita; después del aperitivo le llevaban (ya no tenía ni que pedir) dos hamburguesas con sus dos órdenes de papas fritas; luego (para que comiera algo de verdurita) le daban tomates, ensaladilla rusa, ensalada verde, aros de cebolla, pastel de zanahoria, helado y, para rematar, un plato de frijoles refritos. Luego disfrutaba de un momento de reposo con un cigarrillo Dunhill, otra Heineken y una raya de cocaína. Después de pagar la cuenta le daban, para que lo fuera disfrutando mientras manejaba de regreso a casa, un sorbete bañado (o ahogado) con tres o cuatro medidas de Chivas Regal. A las 21:00 esnifaba cocaína y a las 22:00, con el ánimo de diversificarse, de no estancarse (qué paradoja) en la velocidad del polvillo blanco, tomaba unas gotas de ácido lisérgico. A las 23:00, para capitalizar dicha diversificación, consumía el trío: licor Chartreuse, cocaína y mariguana. A las 23:30 más cocaína y, a las 24:00, el artículo dice textualmente: “Hunter ready to write” (Hunter está listo para escribir).

Por si no lo habían notado, Hunter S. Thompson no ha escrito ni una sola palabra desde las 15:00, cuando abrió los ojos, es decir, que toda esa materia que ha comido, fumado o esnifado, la ha consumido con un afán puramente preparatorio, ha sido un mero preámbulo, la calistenia necesaria antes de entregarse a la confección de su prosa gonza. De 00:05 a 6:00, Thompson entrega el alma a su trabajo literario, mientras va poniendo el cuerpo a nivel con Chartreuse, cocaína, mariguana, Chivas, café, Heineken, cigarrillos de clavo (para evitar el cáncer de pulmón), una toronja (por su fibra y sus vitaminas), cigarrillos Dunhill (¿quién dijo cáncer de pulmón?), un jugo de naranja y, como punto final, ya muy cerca de las seis, un vaso de ginebra. A las seis de la mañana Thompson se mete a la bañera y, para celebrar su abrumadora jornada laboral, se gratifica con champán mientras desayuna un fettuccine Alfredo. A las 8:00 se toma un somnífero (Halcion de 250 mg) y a las 8:20, con la satisfacción del deber cumplido y una sonrisa distendida y farmacéutica, el escritor se va a la cama.