Melancolía de la Resistencia

"Walking"

Cuando caminaba, Thoreau trataba de no pensar ni en sus proyectos ni en sus preocupaciones, trataba de sacudirse la ciudad y concentrarse en el vagabundeo, en lo que le iba saliendo al paso, un punto medio entre quien camina para pensar y el que se desplaza con la mente en blanco.

Siete años después de Walden, su libro más famoso, Henry David Thoreau escribió Walking (Caminar, 1861), un ensayo proyectado desde ese territorio intelectual que él mismo llamaba “pensamiento salvaje”. Thoreau era escritor, profesor de escuela, activista político y en buena medida filósofo y es, probablemente, el primer ecologista de la historia.

En Walden cuenta su cotidianidad en el bosque, en una cabaña que él mismo construyó con materiales del entorno, y explica las ventajas de la vida al margen de la sociedad y lejos de la ciudad, que en su caso era Concord, Massachusetts. Después de aquel ensayo raro y hermoso, se puso a pensar salvajemente en el acto de caminar —de ahí el Walking del título—. Thoreau estaba convencido de que el hombre, más que miembro de la sociedad, era parte de la naturaleza, y le escandalizaba que la civilización iba en sentido contrario: nos arrebata de la naturaleza para convertirnos, de manera progresiva e irreversible, en animales sociales. Esto lo escribía a mediados del siglo XIX, cuando el progreso comenzaba a transformar Estados Unidos y había una porción de intelectuales en pie de guerra contra las máquinas.

Como contraparte de Thoreau pienso en el actor Klaus Kinski, que rodó con Werner Herzog la película Fitzcarraldo (1982) en el corazón del Amazonas y en unas condiciones que quizá hubieran hecho a Thoreau matizar su pasión por la naturaleza. Mientras éste caminaba por el bosque, alrededor del lago Walden, a unos cuantos kilómetros de la ciudad de Concord, Kinski trataba de actuar su papel en medio de la selva amazónica, muy lejos de cualquier asentamiento que tuviera calles, casas con techo y agua corriente, viviendo en medio de una tribu de indígenas auténticos que servían a Herzog de personajes secundarios. Después de semanas completas de rigor selvático, de horrendos sarpullidos y aparatosos piquetes de insectos ponzoñosos, Kinski se preguntaba —y así quedó dicho en el making of de esa película—: “¿Qué carajo tenemos que ver los hombres con la naturaleza?”.

Thoreau pensaba que somos parte de ella y que a ella nos debemos, por eso vivía solo en el bosque —aunque también hay que decir que su madre y su hermana apoyaban ese proyecto excéntrico con gestos muy prácticos, como llevarle, hasta su solitario edén, comida hecha en una cocina de ciudad con ingredientes comprados en la tienda—. A Thoreau, según nos cuenta en Walking, no le interesaba tanto la mecánica de la caminata como el arte del vagabundeo, el pasear, el sauntering, como él lo llamaba en inglés. Sus caminatas no eran como esas que hacían los peregrinos medievales a Tierra Santa, ni como esas que hacen los peregrinos contemporáneos a la Villa de Guadalupe o por el Camino de Santiago, pues estos peregrinos caminan en pos de un objetivo, mientras que la caminata de Thoreau era un ejercicio de libertad que no tenía destino ni más objetivo que estarse desplazando durante una media de cuatro horas al día —aunque a veces se entusiasmaba y se pasaba todo el día caminando—, como hacían en ese mismo siglo sus contemporáneos europeos, quienes se echaban a andar en Ginebra, Suiza, y terminaban en Milán, Italia.

Su exigente filosofía de caminante solitario, de rey del vagabundeo extremo, de monarca del sauntering, se transparenta en estas líneas que traduzco, y transcribo, de una página de Walking: “Si estás listo para dejar a tu padre y a tu madre, y a tu hermano y a tu hermana, y a tu esposa, a tus hijos y a tus amigos, sabiendo que nunca los volverás a ver; y si has pagado tus deudas y escrito tu testamento, y has concluido todos tus asuntos, entonces estás listo para caminar”.

En la caminata lo de menos, decía Thoreau, es el ejercicio físico, que es una actividad tosca y sin ningún matiz; más bien se trata de utilizarla como medio para la elevación espiritual: creía que caminar pensando era un error, al contrario de lo que sostenían grandes caminadores como Nietzsche, que caminaba para provocar el pensamiento e, incluso, dividía sus pensamientos entre los “caminados” y los que había tenido en estado de reposo. Pero cuando caminaba, Thoreau trataba de no pensar ni en sus proyectos ni en sus preocupaciones, trataba de sacudirse la ciudad (shake off the village, escribe textualmente) y concentrarse en el vagabundeo, en lo que le iba saliendo al paso, un punto medio entre quien camina para pensar y el que se desplaza con la mente en blanco, con el monólogo interior detenido, como le enseñó Don Juan a Carlos Castañeda. “Cada caminata es una suerte de cruzada”, decía Thoreau, y desde el siglo XIX nos advierte: “Todas las cosas buenas son salvajes y gratuitas”.