Melancolía de la Resistencia

Tiempo de cobardes

Filippo Tommaso Marinetti, el autor intelectual del Futurismo, organizó unas instructivas seratas, unas sesiones futuristas, entre la provocación y el teatro, que buscaban sacar al público de sus casillas; el objetivo no era el aplauso sino el abucheo, el odio visceral del graderío.

Según el filósofo italiano Giorgio Agamben, los habitantes del siglo XXI somos “el cuerpo social más dócil y cobarde que se haya dado jamás en la historia de la humanidad”. Ni siquiera hace falta leer sus argumentos para darnos cuenta de que tiene razón. Basta ver la obsesión por la vida saludable de la sociedad occidental, su repudio por las grasas, la cafeína, el tabaco y el alcohol, y el fanatismo con que se abrazan actividades como la yoga o el correr. Y de manera paralela a esta vida saludable, tenemos la vida virtual que corre por las pantallas y que provee, igual que la vida real, diversión, conversaciones, sexo, compras en la librería o en el supermercado, vistas de cualquier rincón del mundo, incluso desde el espacio exterior. Esta combinación nos ha ido situando, poco a poco, en un mundo de bajo riesgo que irremediablemente nos va haciendo más dóciles y más cobardes que nuestros antepasados. No pretendo sugerir que tendríamos que ser unos salvajes, ni tampoco que esté mal llevar una vida saludable, pero al recordar lo que proponían, por ejemplo, los Futuristas italianos, queda claro que podríamos ser menos cobardes y, sobre todo, menos dóciles; porque el cobarde puede, en algún momento, envalentonarse, pero del dócil abusan todos, el político y el banquero, el cura, la cajera del supermercado, el portero del edificio y hasta el amigo con un grado menor de docilidad. Los Futuristas italianos fundaron su movimiento, en 1909, sobre una serie de ideas y preceptos que se correspondían con la perspectiva que ellos mismos tenían del futuro. La irrupción de las maquinas en las ciudades, de los automóviles corriendo a toda velocidad por la carretera, los hicieron pensar que había que abolir el arte antiguo y entregarse al ruido y a los ritmos de los dispositivos mecánicos, es decir, al ruido y a los ritmos del futuro. El arte antiguo que querían abolir era, precisamente, la seña de identidad de Italia, que era un país sin colonias, sin una gran economía y cuyo prestigio descansaba en sus artistas del Renacimiento. No estoy de acuerdo en erradicar el arte renacentista italiano para llenar el vacío con máquinas, pero hacía falta valor, y mucha rebeldía, para querer dejar aquella esplendorosa historia del arte en el grado cero.

Filippo Tommaso Marinetti, el autor intelectual del Futurismo, publicó un estimulante manifiesto y, sobre todo, organizó unas instructivas seratas, unas sesiones futuristas, entre la provocación y el teatro, que buscaban sacar al público de sus casillas, molestarlo; el objetivo no era el aplauso sino el abucheo, el odio visceral del graderío. “Deja ya de intentar caer bien”, dice una canción del grupo Radio Futura, que ilustra perfectamente la luz que perseguía el Futurismo. Marinetti aparecía en el escenario vestido de salvaje africano, de guerrero romano o de robot que practicaba pasos mecanizados, y cuando leían poemas lo hacían moviendo furiosamente los brazos y las piernas, como si fueran los pistones de una maquina y, además, iban acompasando la lectura con la música metálica de los martillos, timbres, campanas, morralla metálica cayendo ruidosamente al suelo. Marinetti quería forjar un hombre nuevo, una nueva especie, en realidad la misma pero reorientada, que se opusiera a los valores artísticos de la vieja Italia. A Marinetti su país ya le parecía un vejestorio hace cien años y quería llenarlo de máquinas, de ruido de maquinas, del futuro que prometían esas máquinas. Empeñados en sacudir a los italianos, en expulsarlos del sopor renacentista, los futuristas recurrían a trucos de una bajeza memorable; sobrevendían las butacas para que hubiera enfrentamientos, ponían pegamento en las sillas para que la gente se rompiera las faldas o los pantalones a la hora de levantarse. La serata era un éxito si terminaba en mamporros, en revuelta del público, y era un éxito total si irrumpía en el teatro la policía y, por el contrario, si no lograban molestar al público la serata se consideraba un fracaso. Todo valía para provocar, quemaban banderas, hacían apologías de la guerra, invitaban a los pintores a usar los puños en lugar de los pinceles. A mí ni me gustan las máquinas, ni los provocadores, detesto la guerra y estoy seguro de que aquellas seratas eran una pesadez; sin embargo me causa admiración la rebeldía, la indocilidad futurista, esa energía que desplegaron aquellos locos hace cien años y que hoy sería imposible de reproducir, no se podría en este siglo de los tés, las agüitas en botella y el tofu, en esta temporada aséptica en la que los artistas, antes que nada, se esfuerzan por caer bien.