Melancolía de la Resistencia

Robarse el fuego

José Revueltas observaba en un ensayo sobre su hermano Silvestre, que “cuando hace música desaparece” y que “se entrega a los monstruos contra los que combate”, y al final concluye, “es así como conocí a Silvestre Revueltas”.

José Revueltas cuenta que una vez se subió al tranvía con su hermano Silvestre. “Su figura no deja de ser ligeramente estrafalaria a causa de la melena tempestuosa y mal peinada, la corpulencia de su continente, y esa expresión de altivez soñadora y al mismo tiempo agresiva, de su rostro”. Mientras el tranvía avanza por las calles de la ciudad, el escritor nota que su hermano, el músico, atrae todas las miradas de los pasajeros y se lo hace saber, le dice, “¿qué creerán que eres para que les llames tanto la atención?”. Silvestre, encantado, le responde, “es que ya se dieron cuenta de que tengo talento, y han de pensar que soy un gran artista”. Unos minutos más tarde la tensión que provoca Silvestre abordo del tranvía lleva a una señora a interpelar de un grito a los pasajeros, “¿y qué tanto le miran?, ¡ha de ser plomero!” Esta anécdota pertenece al hermoso ensayo “Apuntes para una semblanza de Silvestre Revueltas”, dedicado al músico que nació en esta zona del año, un 31 de diciembre de 1899.

Es muy conocida la admiración que José revueltas sentía por su hermano mayor y en este ensayo, que es desde luego un homenaje, hay una conmovedora escena fraternal, en la que el escritor conoce, por primera vez y de golpe, a su hermano; pero antes quisiera detenerme en otra, en la que José explica el motivo que tenía Silvestre para llevar esa barba alborotada que, junto con su “melena tempestuosa y mal peinada”, llamaba la atención en los tranvías. Silvestre regresó de una larga estancia en Estados Unidos, en la que alternó sus estudios de música con la participación política en grupos y tertulias de esa izquierda de película que había en aquel país, en los años veinte del siglo anterior.

Cuando Silvestre regresó a México, todos observaron que se había dejado la barba para disimular las cicatrices de navaja que le atravesaban la cara. José cuenta que nadie dijo nada, pero él supo, por otras personas, lo que le había pasado a su hermano, aunque se cuida de advertir que no tiene ninguna prueba de que las cosas hayan sucedido de esa manera. Silvestre caminaba en la noche por una calle siniestra, probablemente después de beber unas copas, cuando fue asaltado por unos hampones que lo amenazaron con navajas. “A Silvestre no le importaba perder la vida, de eso estoy convencido en absoluto, ni tampoco era hombre capaz de dejarse dominar por el miedo”, escribe José. Los hampones atacan a Silvestre, a quien no le importaba perder la vida pero si lastimarse las manos, imprescindibles para su oficio, y “¿qué es lo que hace entonces? Se cruza de brazos, las oculta en las axilas y, sin resistencia alguna, con una humildad que no tiene nombre, con una lucidez enloquecida y tremenda, ofrece su rostro a las infames cuchilladas de sus agresores”. José Revueltas no sabía, en realidad, qué le había pasado a su hermano, pero esta era la versión que le gustaba y, sin ningún empacho, invita a los lectores a creer en ella: “Quedémonos entonces con ella como cierta, porque llegará a ser verdad, aún a fuerza de tratarse tal vez de una mentira, tan solo porque así debió por fuerza de ocurrir”.

Pero esta particular versión de los hechos no es ninguna arbitrariedad, se trata de la decisión argumental de un novelista acostumbrado a estirar la realidad, a reconstruir los hechos hasta dejarlos tal y como debieron “por fuerza de ocurrir”. Esta versión heroica que escribió José, del Silvestre artista que tiene mucho de mártir y de santo, queda redondeada por la crónica del momento en el que “conoce”, de verdad y por primera vez, a su hermano.

José asiste al ensayo de una obra de Silvestre, lo ve desde las butacas del teatro, desde el punto de vista que tendría cualquier espectador, pero después de un rato aprovecha un silencio de la orquesta para colarse detrás de los músicos, queda enfrente de su hermano, de ese rostro familiar que ha visto toda su vida en comidas y convivencias domésticas pero, en cuanto empieza a dirigir a sus músicos, a hacer música con esas manos que salvó de los navajazos, José descubre la verdadera personalidad de Silvestre, la que lo define y lo diferencia del resto del mundo, “no; no es Silvestre el que está dirigiendo la orquesta, hay algo más allá de todo y que no se puede decir con simples palabras”. El escritor sigue asombrado el ensayo de su hermano, observa que “cuando hace música desaparece” y que “se entrega a los monstruos contra los que combate”, y al final concluye, “es así como conocí a Silvestre Revueltas, como únicamente podía conocérsele, in fraganti, con las manos en la masa, en pleno delito de robarse el fuego”.