Melancolía de la Resistencia

Pesadilla con aire acondicionado

La primera parte de la novela "Una pesadilla con aire acondicionado" que, como casi todo lo que Henry Miller escribía, es rigurosamente autobiográfica y un agresivo lamento por su obligada repatriación.

Después de diez años de vivir en París, y de uno más que pasó en Grecia, el escritor Henry Miller regresó a Estados Unidos, su país. Era 1940 y la Segunda Guerra Mundial hacía de París una ciudad inhabitable. Buena parte del mundo artístico emigró a Estados Unidos, al país que once años atrás había abandonado Henry Miller, convencido de que los verdaderos artistas se formaban en Europa, sobre todo en París, y no en Nueva York, donde él había nacido y a donde para su desgracia lo devolvió la guerra. Llegando a su odiado terruño (“la ciudad más horrorosa del orbe”) se embarcó en un viaje en automóvil, que sería el clarísimo referente del que haría Jack Kerouac en On the road, y después escribió lo que vio en el camino en una novela salvaje titulada Una pesadilla con aire acondicionado, que acaba de ser traducida y editada, por primera vez en español (con 72 años de retraso), por la editorial española Navona.

La primera parte de la novela, que como casi todo lo que Miller escribía es rigurosamente autobiográfica, es un agresivo lamento por su obligada repatriación. El viaje era en coche pero tenía trayectos en tren, y es entre Kansas City y St. Louis donde Miller pone en escena su nostalgia por la ciudad que tuvo que abandonar, en esta poderosa imagen: el escritor va sentado junto a la ventanilla del vagón, ignorando el paisaje que lo rodea y con los ojos fijos en un mapa de París que lleva desplegado sobre los muslos.

Estaba tan enfadado, y tan deprimido por haber tenido que regresar a su país, que “se hubiera convertido en una bomba humana y habría explotado”, escribe sin sospechar el auge que en el siglo XXI tendría este tipo de bomba. Leída desde esta época la novela de Miller parece llena de vistosas premoniciones. Cuando empieza el viaje repara en la forma en que los habitantes de su país han depredado el paisaje, mira lleno de furia las ciudades y sus periferias plagadas de naves industriales y de galerones ruinosos, y piensa en la forma en que fueron exterminados los indígenas, los habitantes originales de esas tierras: “me vino repentinamente a la cabeza la idea de que debería llevar a un indio americano conmigo, para que compartiera mi viaje y me comunicara silenciosamente o de otro modo sus emociones y reflexiones”.

Ya en 1940 Miller se daba cuenta de que el progreso, el capitalismo rampante que en Estados Unidos era desde entonces muy palpable, dejaba desprotegida a buena parte de los ciudadanos, y refiriéndose a los habitantes originales de su país escribe: “somos muchísimo peores que ellos. Hemos degenerado, hemos degradado la vida que pensábamos desarrollar en este continente”; y luego se pregunta si los adelantos tecnológicos, “esas baratijas”, son los que hacen que la vida merezca la pena. La lista de los adelantos tecnológicos de aquellos años es una curiosidad: “radio, teléfono, cine, periódico, revista sensacionalista, pluma estilográfica, reloj de pulsera, aspiradora”. No está de más observar que, en el año 2015, salvo la pluma estilográfica y la aspiradora, todos los adelantos que enumera Miller caben en un teléfono inteligente.

Ya desde entonces percibía el escritor que el mundo de los hombres blancos se había “convertido finalmente en un campamento armado” y sostenía que la única persona capaz de ilustrar todo ese desastre que iba descubriendo en su viaje, era Walt Disney, “el maestro de la pesadilla”. También percibía, ya metido en los vaticinios, que Detroit, que hoy es efectivamente un páramo urbano, era la capital “del nuevo planeta que se destruirá a sí mismo”, cuya metáfora hoy, agregaría yo, es el malogrado, y extraordinario, Sixto Rodríguez.

Henry Miller cuenta como, durante los diez años que vivió en París, recibía cartas de compatriotas que habían regresado a Estados Unidos, después de una temporada en Europa, y que se arrepentían profundamente, que querían desesperadamente volver a irse de su país: “nunca he recibido una carta de un estadunidense repatriado diciendo que se sentía feliz de haber vuelto a casa”.

También opina sobre la situación de Europa, con énfasis en Francia, que en esos años vivía una época especialmente oscura, y lo que escribe consuena irremediablemente con lo que se dice de la Europa de hoy, donde reina una oscuridad desde luego de otro signo: “hay artistas y críticos de arte en este país que, aprovechándose de la situación, intentan con absoluta desvergüenza convencer al público estadunidense, de que no tenemos nada que aprender de Europa, que Europa, y Francia en particular, están muertas. ¡Qué mentira tan abominable! Francia, postrada y derrotada, está más viva de lo que nosotros lo hemos estado nunca”.