Melancolía de la Resistencia

Persiguiendo a John Coltrane

John Coltrane soñaba con el efecto físico de su música: “si uno de mis amigos se pusiera enfermo, yo tocaría cierta melodía y se curaría; si se arruinara, yo interpretaría otra canción e inmediatamente recibiría todo el dinero que le hiciera falta”

A principios de los años sesenta el periodista francés, especialista en Jazz, Michel Delorme, entrevistó largamente a John Coltrane, en París, en el tiempo libre que le quedaba al músico alrededor de los conciertos que iba dando, cíclicamente, en el teatro Olympia. Las entrevistas se publicaron en la revista Cahiers du Jazz y constituyen un vertiginoso zoom-in en el proceso creativo de ese músico enorme que fue Coltrane, no solo para los aficionados al Jazz, sino para cualquier alma interesada en esa misteriosa alquimia que bulle en el interior de los artistas.

Coltrane era un hombre desmesurado de apariencia tranquila, se entregaba a fondo en todas las cosas que hacía, según contaba su manager. Al principio de su carrera consumió una cantidad inverosímil de drogas y lo mismo le pasó más adelante, cuando viró hacia el alcohol. En los años en que Delorme lo entrevistó ya había virado hacia el tabaco y fumaba compulsivamente todo el tiempo, a pesar de que su instrumento, el sax, requería de la plenitud de sus pulmones. Más adelante vino una etapa en la que dejó los estimulantes y se concentró exclusivamente en la fruta; no comía otra cosa, los largos puros que solía fumar todo el tiempo fueron sustituidos por una cantidad bárbara de fruta, de todo tipo, que comía igual que fumaba: compulsivamente. Luego siguió un periodo de solo huevos y leche, que bebía y devoraba con la misma fruición que aplicaba a los plátanos, el melón y las mandarinas. Finalmente, durante los últimos años de su vida, se concentró en su compulsión final: Dios. Se volvió extremadamente religioso, enfocó su obra hacia esa luz con la misma energía que había gastado en las drogas, el tabaco y el alcohol. Todos estos virajes, esa curiosa serie de compulsiones que lo acompañaban mientras estaba despierto (aunque seguro que Dios también se le aparecía durante el sueño), tenían su fundamento en los larguísimos solos de sax que hacía en sus discos y en sus conciertos, unos solos excesivos y sobrenaturales, viciosos y divinos simultáneamente que, si no hubieran sido la obra de arte irrefutable que son, hubieran calificado como la más estable y duradera de sus compulsiones. Yo he pasado tardes completas tratando de desentrañar, de decodificar y entender los solos de su álbum Live in Seattle, y el largo y misterioso viaje que emprende en esos solos espirituosos que articulan A love supreme, su obra mayor, y con ninguno de los dos he logrado llegar al fondo seguramente porque, como decía el mismo Coltrane, “los auténticos poderes de la música son todavía desconocidos”, y además lo que pretendía era “llegar a crear auténticos climas”, o un estado colectivo de hipnosis, como han apuntado algunos críticos. El mismo Michel Delorme opina, “la música de John Coltrane no puede captarse en su propia esencia (….) poseer grandes conocimientos musicales no aumenta las posibilidades de entrar en su universo”.

Dentro del fundamento físico de su música, que brotaba en sus solos, estaba, como no podía ser de otra manera, la batalla física que sostenía entre el sax tenor y el sax soprano; este último tiene una boquilla especial que exige más fuerza del intérprete que el sax tenor y, por esto, impone el límite físico de las llagas en los labios del saxofonista; en ese vaivén tocaba el maestro, buscando el equilibrio entre el sax que requería su solo y la resistencia de sus labios. Anoto esto para hacer notar que un músico tan espiritual como Coltrane estaba irremediablemente atado a la materia, su obra es la prueba de que el cuerpo y el espíritu son la misma cosa, y partiendo de esta idea nada nueva que exploraron plenamente los filósofos presocráticos, Coltrane soñaba con el efecto físico de su música: “si uno de mis amigos se pusiera enfermo, yo tocaría cierta melodía y se curaría; si se arruinara, yo interpretaría otra canción e inmediatamente recibiría todo el dinero que le hiciera falta”; y después de decir esto, concluye que no sabe cuál es la vía que debe recorrer para conseguir esto, “lo ignoro”, dice, y con esto nos da la clave a esa legión de admiradores que perseguimos, sin probabilidad de alcanzarlos, sus delirantes solos de sax: hay que perseguirlos desde la ignorancia, sin el proyecto de entender, y mantenernos ahí hasta que percibamos eso que seremos incapaces de explicar. O quizá todo es tan sencillo como esta escueta explicación suya, que quedó en esa entrevista extensa y luminosa: “prefiero mil veces tocar solo y así improvisar más largamente”. O quizá sea mejor esta: “así toco yo, parto de un punto y llego lo más lejos posible”.