Melancolía de la Resistencia

Pennsylvania Dutch

El aislamiento protege las costumbres y las tradiciones de la comunidad Amish pero, a la hora en que el mundo occidental irrumpe en esas granjas apacibles, lo hace con una violencia insólita.

En una pequeña comunidad al norte de Nueva York, cerca de la frontera con Canadá, una pareja secuestró, hace unos días, a dos niñas. Digamos, para empezar, que Stephen Howells Jr. el secuestrador, de 39 años, abusaba de Nicole Vaisey, la secuestradora, de 25, según la confesión que hizo ella misma, de manera voluntaria, a la policía. De esto se deduce, porque todo en este caso es oscuro y muy rural, que una vertiente de los abusos de Stephen fue, precisamente, obligar a su novia a secuestrar a esas niñas, de 7 y 12 años, que vivían en una granja Amish. Los Amish son una comunidad religiosa, más o menos concentrada en esa zona, que vive aislada dentro de Estados Unidos. Hablan su propia lengua (Pennsylvania Dutch) y observan unas costumbres muy estrictas y puritanas que les impiden no solo tener contacto con el mundo occidental, que en aquél país fluye a borbotones, sino también con los adelantos tecnológicos básicos como la radio o los motores de gasolina. Los Amish, por ejemplo, preparan el campo para la siembra con un arado del que tiran dos caballos y, para ir de una granja a otra, utilizan carretas como en el Viejo Oeste y se visten también como en esta época, los hombres de cowboys laicos, sin pistola ni vasito de whisky en la mano, y las mujeres con unas faldas ampulosas y unas blusas abotonadas hasta el último ojal. Tienen muchos hijos y se van casando entre ellos para mantener intactas sus costumbres. Viven aislados en sus tierras, pero en algunas zonas permiten que los turistas visiten superficialmente su comunidad. Yo estuve una vez, por motivos que ahora no viene al caso explicar, en una de estas comunidades, cerca de la ciudad de Pittsburgh; por eso me ha llamado la atención esta noticia marginal, del secuestro de las dos niñas, que salió publicada la semana pasada, en una tirita asfixiada por un enorme anuncio de la tienda Macys, en el diario, de corte pueblerino, Union-Tribune deSan Diego, California. En esa comunidad, cerca de Pittsburgh (lo de cerca es un decir, puramente orientativo, en ese país gigantesco) nos recibieron dos hombres Amish, de barba como marcan sus costumbres (habría que analizar la barba hipster con esta luz), que echaban mano de ciertos adelantos tecnológicos. Nos subieron a una carreta tirada por un humeante tractor de gasolina y nos pasearon por la periferia de sus dominios, haciendo bromas sorprendentes sobre su competente nivel reproductivo: “tenemos muchos hijos porque nos prohíben la televisión”, dijo uno de ellos mientras por un camino, que estaba más adentro de su territorio, circulaban unas carretitas monoplaza que llevaban señoras Amish de enormes faldones. El tour terminaba en una tienda de productos de la región, donde había desde mermeladas hasta sillones y camas matrimoniales de madera rústica, y todo el personal que atendía a la clientela hablaba en inglés estandard y no en Pennsylvania Dutch. Se trata, desde luego, de una zona dedicada al occidental curioso, que quiere ver cómo vive esa comunidad medieval en pleno Siglo XXI; el propósito de ese tour es, precisamente, salvaguardar el corazón del pueblo Amish, darle al curioso lo que pide, lo que quiere ver, para evitar que ande merodeando por sus granjas. El aislamiento protege las costumbres y las tradiciones de esta comunidad pero, a la hora en que el mundo occidental irrumpe en esas granjas apacibles, lo hace con una violencia insólita, como en el caso de los dos secuestradores, Stephen y Nicole, que subieron a su coche a las dos niñas Amish, que seguramente nunca habían subido a un vehículo con motor, y se las llevaron a una casa para abusar de ellas, lo cual hace el caso todavía más espeso: Stephen, que abusa de Nicole, la obliga a abusar de dos niñas no solo inocentes, sino de una inocencia medieval. Stephen y Nicole están ya en la cárcel y las niñas han regresado a su granja. El secuestro afectó profundamente a las 4 mil personas que forman esa comunidad; la familia tuvo que salir del territorio Amish (no podían avisar por teléfono, porque no tienen) para denunciar el secuestro en una comisaria, expresándose en Pennsylvania Dutch, su lengua. La policía de St. Lawrence County, Nueva York, no entendía, como es natural, ni una palabra de lo que decía esa pareja de campesinos angustiados. Necesitaron un intérprete en su lengua para entenderlos y, cuando les pidieron una fotografía de las niñas, para iniciar la búsqueda, dijeron que no tenían fotos porque en su comunidad no había cámaras. La policía tuvo que añadir, al traductor, un dibujante, para que hiciera un retrato hablado.