Melancolía de la Resistencia

Caballos salvajes

En las praderas de Oklahoma hay una sobrepoblación de caballos salvajes, consigna el diario The New York Times, en su edición del 16 de octubre.

El término en inglés, wild horses, nos remite inmediatamente a esa canción de los Rolling Stones que habla de la resistencia que se ofrece ante un fenómeno que promete llevarnos por delante.

Los caballos salvajes no van a arrastrarme, dice esta canción, pero también hemos visto en las películas a esos cowboys despiadados que, para vengarse de su enemigo, lo echan de mala forma al suelo, lo amarran de las botas, atan la cuerda a la montura y le dan con el fuete al caballo para que se eche a galopar.

Que te lleven los wild horses es como que te lleve el tren, Pifas o la chingada, excepto en las praderas de Oklahoma, donde a los wild horses se los está llevando su tasa anual de reproducción. Los pastos por donde trotan estos caballos, donde copulan y se alimentan, son capaces de soportar una población de 27,000 ejemplares y resulta que hoy hay ahí 77,000 y que los expertos, de un opinable comité que acaba de reunirse en Osage County, se debaten entre aplicar medidas que impidan la rampante reproducción de los caballos (por medio de un dardo inhibidor), o su aniquilación a tiros porque, de otra forma, los caballos van a cargarse las praderas de Oklahoma y con ellas a toda su fauna y su flora.

Para los dardos inhibidores no hay presupuesto porque todo el que hay se va en la alimentación de los 77,000 caballos que, de otra forma, morirían de hambre o se devorarían, unos a los otros, en un dantesco episodio de canibalismo que más vale ni imaginar.

Que nadie sepa qué hacer con esos 77,000 caballos salvajes que vagabundean por la pradera es una noticia que merecería la primera plana de todos los periódicos. Algo se ha hecho muy mal para que a Oklahoma le sobren 50,000 caballos (porque hay 27,000 que si soporta la pradera).

Desde luego ya hay quién vio en la desgracia de estos animales una oportunidad de negocio, algunos terratenientes han ofrecido al Estado hacerse cargo de miles de caballos; por ejemplo, el más voluminoso es el Rancho Hughes, que aloja y alimenta a 4,000, a cambio de un pago de dos dólares diarios por caballo. Pero poco alivian la carga 4,000, en ese universo de 77,000, aunque es verdad que con un buen esfuerzo colectivo podrían reubicarse todos los caballos que sobran. En Dublín, a raíz de la invención de un impuesto sobre la posesión de uno o varios caballos, surgieron un montón de galerones clandestinos donde la gente que no podía, o no quería, pagar ese impuesto, podía esconder su caballo, lejos de la vigilancia de la policía fiscal. Además de esos galerones, la gente escondía a sus caballos dentro de sus casas, que a veces eran departamentos, y no era raro, yo lo experimenté un par de veces cuando vivía en Dublín, que en el departamento de un amigo, entre el sillón y el tocadiscos, dormitara de pie un adusto percherón irlandés.

Quizá, pensando en la forma en que Dublín gestionaba su población de caballos, podría ensayarse la atomización de la megamanada de Oklahoma por diversos Estados, ciudades y jardines del país.

“Lejos de ti no podrán arrastrarme los caballos salvajes”, dice Gino Vannelli en otra canción más enfocada a la pasión amorosa, no como la de los Stones que linda con el desgarro y que, dicho sea de paso, es una pieza mucho más redonda. U2 también echa mano de las metáforas que ofrecen estas criaturas en su canción Who’s gonna ride your wild horses, ¿quién va a montar tus caballos salvajes?, una sugerente pregunta que nos lleva de regreso al tema principal: ¿quién va a montar a esos 50,000 caballos salvajes que le sobran a Oklahoma?

Resulta que durante décadas los habitantes de aquellos parajes se entregaron a la tarea de civilizar el campo, de aniquilar a esas criaturas cuya existencia dependía de aniquilar a otras criaturas, como los lobos, los pumas, los osos, animales que con sus cacerías mantenían a raya a la población de caballos. La población de caballos salvajes ha crecido de esa forma desmesurada gracias a que los rancheros de Oklahoma exterminaron a sus enemigos. La paradoja no puede ser más contundente, ni más ilustrativa: salvaron a los caballos de ser depredados por, digamos, los osos, y ahora tendrán que matar a todos esos caballos que salvaron para que no sobrevenga en esa pradera un desequilibro en el ecosistema de consecuencias incalculables, mucho más graves, dicen, que el exterminio de 50,000 caballos. ¿Qué clase de negocio es ese? ¿Y si el hombre no hubiera tocado ese delicado proceso que mantiene a la naturaleza en equilibrio?