Melancolía de la Resistencia

La física de los sueños

Nunca me baño antes de terminar mi jornada de novelista, porque tengo la impresión de que el agua destruye las ligas con el sueño. Si no me baño, conservo esas ligas, permanezco enchufado durante horas a mi territorio onírico.

Soñar despierto es tan impredecible, importante y poderoso como hacerlo dormido", decía Luis Buñuel, mientras el filósofo francés Gaston Bachelard proponía la ensoñación como vehículo para llegar al corazón de la memoria.

La ensoñación no es el sueño, es el soñar despierto de Buñuel, ese estar con un pie en el sueño y otro en la vigilia, que nos permite vagabundear por las zonas de nuestro interior que normalmente no visitamos; ideas, imágenes, recuerdos, una narrativa secreta y poliédrica de nosotros mismos, que no suele aflorar porque está vetada permanentemente por la policía de la conciencia.

Para llegar al corazón de la memoria que vislumbraba Bachelard, para navegar por ese circuito interior que está casi siempre vedado, tengo un truco que pongo en práctica todas las mañanas. Perdón por escribir sobre mis propios trucos, es una pedantería, ya lo sé, pero son los únicos trucos que conozco a fondo. Me levanto muy temprano, sobre las cinco de la mañana, y paso directamente al escritorio, sin entrar en contacto con el agua. Nunca me baño antes de terminar mi jornada de novelista, porque tengo la impresión de que el agua destruye las ligas con el sueño. Si no me baño conservo esas ligas, permanezco enchufado durante horas a mi territorio onírico, a ese "soñar despierto" que proponía Buñuel, a la "ensoñación" de la que nos hablaba Bachelard.

Esto que voy contando parece un delirio literario, una boutade, pero resulta que hay neurocientíficos que estudian el fenómeno de la ensoñación, y el del sueño, en el lugar físico del cerebro donde ocurren, y que han descubierto cosas sorprendentes sobre estos dos estados, el ensoñar y el soñar, que han sido considerados siempre una pérdida de tiempo.

El mismo Bachelard se preguntaba si somos nosotros los que soñamos nuestros sueños; pensaba que, al estar dormidos, ausentes de nosotros mismos, no podemos asegurar que somos nosotros los que soñamos y proponía que en realidad lo que sucede es que nos conectamos, mientras estamos dormidos, a una maraña común de sueños.

A mí esta idea me encanta pero la neurociencia la ha tirado por los suelos. En el apasionante ensayo La vida secreta de la mente (Debate, 2016), el neurocientífico argentino Mariano Sigman nos ilustra sobre el funcionamiento de esa máquina prodigiosa que es el cerebro, sobre la materia, la pieza física que produce esas cosas tan etéreas como las ideas, las emociones, los sentimientos, los sueños, los gustos, los prejuicios, etc... Después de aniquilar la teoría de Bachelard, la neurociencia acaba de un plumazo con la división platónica, que es uno de los fundamentos del cristianismo, entre la carne y el espíritu, pues resulta que científicamente la carne es el espíritu.

Sigman se hace la pregunta que se hubiera hecho Gaston Bachelard si hubiera vivido en el siglo XXI: "Pero ¿soñamos realmente durante el sueño? ¿O es solo una de las tantas ilusiones de nuestro cerebro?" Para responder a esta pregunta recurre a un experimento que hizo el científico japonés Yukiyasu Kamitani, que a partir de un complejo decodificador logró reconstruir lo que había en la mente de un grupo de personas que soñaban. Una vez reconstruidas las narraciones oníricas preguntaron a los soñadores lo que recordaban de sus sueños y "comprobaron que las conjeturas que habían hecho a partir de esos patrones de actividad cerebral coincidían con lo que los participantes decían haber soñado". El experimento es escalofriante: si otro puede saber lo que estamos soñando, también podrá saber lo que estamos pensando.

"El sueño es un estado reparador, durante el cual se ejecuta un programa de limpieza que elimina desechos y residuos biológicos del metabolismo cerebral", dice Sigman, y más adelante nos cuenta que durante las primeras fases del sueño se consolida la memoria, se fija aquello que hemos ido aprendiendo durante el día y esto, nos dice, es un gran argumento en favor de la siesta que es, desde el punto de vista científico, un reset mental. También se ocupa Sigman del soñar despierto de Buñuel, y de la ensoñación de Bachelard. Para explicar ese estado entre el sueño y la vigilia, que yo intento prolongar cada mañana manteniéndome lejos del agua, nos pone el ejemplo de quien lee las páginas de un libro pensando en otra cosa: "durante el sueño diurno la actividad de la corteza prefrontal disminuye y se activa el sistema default, lo que hace que la información del texto que leemos no acceda a los jardines privilegiados de la conciencia". Durante la ensoñación miramos todo con "un foco distinto", "hacemos foco en el bosque y no en el árbol". Pero yo espero que tú hayas llegado hasta aquí haciendo foco en el árbol.