Melancolía de la Resistencia

Mozart y las hermanas Weber

Mozart se trasladó a Mannheim a trabajar de maestro, se hospedó en casa de los Weber, padre de las inquietantes hermanitas que enamoraron al genio de Salzburgo. Llegando a esa casa, Mozart cae bajo el hechizo de Aloysia, la mayor de las cuatro hijas.

A los 21 años W.A. Mozart se trasladó a la ciudad alemana de Mannheim, a trabajar de maestro. Se hospedó en casa de los Weber, una familia con una aguda predilección por los músicos. El hermano del señor de la casa, padre de las inquietantes hermanitas que enamoraron al genio de Salzburgo, era el famoso Carl Maria von Weber. Llegando a esa casa, en el año 1777, Mozart cae bajo el hechizo de Aloysia, la mayor de las cuatro hijas, que inmediatamente lo rechaza. En esos días, recién llegado a esa ciudad, y a esa casa, escribe una carta a su padre donde le describe su rutina diaria.

"Te escribo esto a las once de la noche porque durante el día no he tenido tiempo libre", le cuenta, y luego desgrana su tumultuosa lista de actividades, que no deja de sorprender pues, considerando la extensión y la excelencia de su obra, y lo poco que vivió (treinta y cinco años), se lo imaginaría uno componiendo a todas horas. Cuenta en esa carta que no puede empezar su día temprano, como a él le gustaría, porque al vivir en la planta baja de la casa, que me imagino estaría a punto de ser el sótano, no había luz hasta las ocho y media. Dice textualmente "no hay luz", y no se sabe si se refiere a la luz natural que entraría por la ventana, o a las lámparas que había en la habitación y que gestionaría el dueño de la casa, el señor Weber. Si se trataba de las lámparas, ¿por qué le racionaban la luz al joven genio de Salzburgo? Y aprovecho para hacer otra pregunta, ¿por qué lo confinaban a ese sotanillo?, ¿por miedo a que metiera mano, o algo más comprometedor, a alguna de las cuatro hijas que dormían en el piso superior?, ¿el rechazo de Aloysia Weber no era suficiente para tenerlo a raya? En cuanto hay luz "me visto rápidamente", le cuenta a su padre, "y a las diez en punto me siento a componer hasta las doce o doce y media", o a veces hasta la una y media, hora en que se sienta a comer. Una duda: si a las ocho y media, en cuanto llega la luz, se viste rápidamente, ¿por qué se sienta a componer hasta las diez?, ¿en que utiliza esa hora y media? Sabemos que no en bañarse, puesto que ya se ha vestido, ¿desayuna?, ¿espía a las hermanas Weber? A las tres, después de comer y, supongo, sestear, va al hotel Mainzer Hof a dar clase de bajo a un oficial alemán que le paga cuatro ducats por doce lecciones. "A las cuatro en punto regreso a enseñar a la hija de la casa", escribe Mozart. ¿La hija de la casa será Aloysia? Es probable: LA hija debe ser LA dueña de su corazón. Inmediatamente después escribe una línea inquietante, misteriosa y llena de posibilidades: "nunca empezamos hasta las cuatro y media, porque esperamos a que haya luz". Otra vez la luz, pero ahora comparte la oscuridad con LA hija, en una interesante situación que roza lo erótico. No es difícil imaginarlos, sentados en el banco del piano, a oscuras, esperando a que llegue la luz; Aloysia preguntándose a qué hora empezará la maldita clase, y el genio de Salzburgo devorando su perfil en la penumbra e imaginándola en circunstancias que no estaría bien consignar aquí. A las seis de la tarde va a enseñarle, parece que piano, a una tal Rose. No podemos pasar por alto que al oficial alemán le enseña a tocar el bajo en una clase que dura menos de una hora, y que enseñarle piano a LA hija le toma hora y media, más un delicioso preámbulo de media hora de oscuridad. Desde luego tomando en cuenta que el piano es un instrumento mucho más complejo y rico que el bajo. Después de dar clase a Rose se queda a cenar, suponemos que en casa de la misma Rose, y después de la cena "conversamos y a veces tocamos alguna pieza", le cuenta a su padre.

Cinco años más tarde, en 1782, Mozart cuenta a su hermana en una carta, que está a punto de casarse con una de las Weber, pero no con Alyoisa, de quién estaba enamorado, y mal correspondido, al principio, sino de su hermana Constanze. Las Weber le gustaban al maestro, qué duda cabe. Sus horarios, y la luz de la habitación en la que duerme, han cambiado radicalmente: "A las seis de la mañana me arreglan el pelo y termino mi toilet hacia las siete. Escribo hasta las nueve. De nueve a una doy lecciones. Después como a la una, a menos que alguien me invite a comer fuera, cuenta Mozart a su hermana. También le dice que se sienta a componer (esa obra fastuosa que casi 250 años después nos sigue poniendo la carne de gallina) de cinco a nueve. "Luego voy a ver a mi querida Constanze, aunque esos placenteros encuentros los amargan con frecuencia los hirientes comentarios de su madre, de los que ya le contaré a papá en mi próxima carta", advierte el genio.