Melancolía de la Resistencia

Del "Mod" inglés al soldado sirio

Los "Señores de la Guerra en Siria" están haciendo su agosto con el Captagon, una anfetamina pariente de los "Purple Hearts" que utilizan los soldados para mantenerse despiertos y alerta durante horas, exactamente igual que hacían, hace cincuenta años, los "Mods" y los "swinging british teens".

En la película Quadrophenia, esa entrañable pieza de cine concebida por The Who, aparecen unas bolsas de plástico transparente llenas de píldoras azul eléctrico. Los personajes de la película las consumen sin ningún recato, hasta que a uno de ellos le da un ataque de psicosis anfetamínica. Aquellas atractivas píldoras eran una de las señas de identidad de los Mod ingleses, alrededor de 1963, y se llamaban Purple Hearts, corazones púrpura, un nombre tan atractivo como su color azul eléctrico. Así se llamaban aunque eran azules, y no color púrpura, ni tampoco tenían forma de corazón, sino de triángulo. Además de los Purple Hearts de Quadrophenia, los Mods y en general los swinging brithish teens, también consumían French Blues y Black Bombers. Así como los corazones púrpura y el blues francés (o ¿la tristeza azul?), invitaban, por su sabrosa fonética, a su consumo; los bombarderos negros más bien repelían, con su fonética cenagosa y su descarado aire bélico. Los jóvenes trabajadores ingleses, igual que los personajes de Quadrophenia, consumían estas anfetaminas para sacarle más rendimiento al fin de semana: en lugar de hacer dos fiestas, en las noches del viernes y sábado, hacían una sola fiesta continua de 48 horas, aprovechando la aceleración que producían las pastillas. Como el narcotráfico, en esa época, no era todavía la boyante industria que es hoy, las anfetaminas se compraban en las farmacias, eran medicamentos para sortear la depresión, muy de moda entre las señoras inglesas. De manera que para conseguir drogas bastaba con que el Mod o el swinging british teen presentaran al boticario la receta que el médico le había dado a su mamá. En la siguiente década las anfetaminas dejaron de circular con tanta libertad, y también ya se había ampliado el espectro drogota de la juventud hacia nuevos territorios, hacía la imaginería psicodélica y hasta la babeante estupefacción de la heroína. En cuanto las drogas se convirtieron en un negocio planetario, y clandestino, la anfetamina, que al final era la droga que consumía mamá, perdió esplendor frente a la contundencia de la cocaína, aunque esta cumplía exactamente con la misma función: el salvaje alargamiento del fin de semana, la energía inagotable para gozar del guateque, con la máxima intensidad y la máxima trabazón de mandíbula. En los años del swinging London las drogas eran para divertirse, y así han seguido, más o menos, hasta nuestros días, con sus excepciones, desde luego. Por ejemplo, ¿Maradona aspiraba cocaína solo para divertirse? Una vez entrevisté a Eric Clapton, a principios de la década de los noventa, y en cuanto quise hurgar en su famoso pasado, me atajó diciendo que, justamente, a causa de ese pasado tan famoso por tormentoso, no recordaba nada de finales de los ochenta hacia atrás. Dicho esto, pregunto: ¿durante esas tres décadas tan rutilantes Eric Clapton no hizo más que divertirse? Sin duda la cocaína hacía que la diversión de Maradona y de Eric Clapton, y de los Mods y de los swingingbritish teens fuera más expansiva, más brillante y con mucho más fulgor, todo lo contrario de lo que pasaba con un contador conocido mío, que consumía gruesas rayas de cocaína mientras cuadraba las cuentas de la empresa en la que trabajaba. Lo que en este individuo se expandía y adquiría un desasosegante fulgor, no era la diversión que produce hacer cuentas, sino su aburrimiento. El nivel de ofuscamiento de este contador me había parecido ejemplar, hasta que leí, hace unos días, la noticia de que los Señores de la Guerra en Siria están haciendo su agosto con el Captagon, una anfetamina pariente de los Purple Hearts, que utilizan los soldados, de uno y otro bando, para mantenerse despiertos y alerta durante muchas horas, exactamente igual que hacían, hace cincuenta años, los Mods y los swinging british teens, pero mientras estos bailaban, ligaban y se divertían, los soldados de Siria declaran cosas como esta: “En pleno frente, una pastilla de Captagon te permite aguantar hasta 48 horas sin comer, ni dormir ni sentir frío”. O como esta otra: “En una refriega en Alepo mi compañero fue herido en una pierna y no sintió nada (por los efectos del Captagon) hasta pasada una hora”. Esta anfetamina cayó en desuso, igual que lo hicieron las French blues y los Black bombers, y ahora ha experimentado una resurrección gracias a la guerra. Esta línea que acabo de trazar entre los Mods y los soldados sirios, pone de manifiesto la perversión de la anfetamina y de paso nuestra propia decadencia. ¿Qué ha tenido que pasar para que esa píldora haya viajado de las fiestas de juventud a los campos de batalla?