Melancolía de la Resistencia

La grieta de Scarasson

Siffre fue un científico precoz, hizo su primer descenso al interior de la Tierra a los diez años de edad... En 1962 rompió la marca de permanencia bajo tierra, estuvo dos meses viviendo en una grieta a una profundidad de 130 metros.

En 1962, mientras Estados Unidos y la Unión Soviética se disputaban la supremacía en la carrera espacial, Michel Siffre hacía el viaje inverso: se introducía por una grieta en la Tierra en lugar de alejarse de ella, como hacían astronautas y cosmonautas en su batalla por conquistar el espacio exterior.

Además de hacer el viaje inverso, Siffre llevaba un objetivo muy distinto, no pretendía descubrir ni conquistar nada en el submundo, quería observar y documentar qué sucedía con el cuerpo humano cuando se le privaba de sus ritmos habituales, de referentes tan importantes como la noche y el día, y como el registro del tiempo transcurrido.

Siffre fue un científico precoz, hizo su primer descenso al interior de la tierra a los diez años de edad, y a los trece ya era el espeleólogo más joven de Francia. A pesar de su precocidad, y del importante descubrimiento que escribiré a continuación, su gesta subterránea, que aparece en las enciclopedias de Estados Unidos y Rusia, no está en las de Francia, que es el país donde nació en 1932.

En 1962 rompió la marca de permanencia bajo la Tierra, estuvo dos meses viviendo en una grieta a una profundidad de 130 metros. Sus predecesores, Nathaniel Kleitman y Bruce Richardson, resistieron treinta y dos días, en 1938, dentro de una cueva en el estado de Kentucky privados, igual que Siffre, de todos los referentes temporales.

Aquella primera experiencia tuvo que financiarla él mismo, se trataba de un proyecto poco vistoso, así que se metió en la grieta con una ropa y un equipo que no estaban a la altura del desafío. Años después tendría otras experiencias subterráneas que apoyaría la NASA, pues los registros de la reacción de su cuerpo frente al aislamiento absoluto, servía mucho a los astronautas que pasaban días en el espacio con sus referentes vitales trastocados.

Michel Siffre se metió en la grieta de Scarasson, en el Macizo de Marguareis, a 2.000 metros de altitud, en la frontera entre Francia e Italia. Tenía veintitrés años, era el 16 de julio de 1962 y, después de despojarse de su reloj, fue descendiendo hasta que llegó a una superficie, más o menos plana, a 130 metros de profundidad. Lo primero que hizo al llegar fue pedirle al equipo que lo monitoreaba desde la superficie que retirara las cuerdas por las que había bajado, para no tener la tentación de subir antes de tiempo. Instaló una tienda de diez metros cuadrados en la que tenía lámparas, instrumental científico, un catre, un hornillo de gas y un montón de libros. Había una temperatura permanente de 3º Centígrados y una humedad del 98% que le mojaba la tienda y la ropa. Ahí vivió Siffre dos meses, sin referencias del día y la noche, al margen del ciclo circadiano. Cada vez que se levantaba y antes de acostarse comunicaba datos a la superficie, su pulso, su temperatura corporal, y lo mismo hacía después de comer los alimentos que se equipo introducía por la grieta.

Muy pronto se sintió perdido, comenzó a fallarle la memoria y, sin darse cuenta, empezó a dormir durante el día (que él desde luego no veía) y a mantenerse alerta durante la noche; cambió el orden de su ritmo nictémero, regresó a su memoria atávica y, como hacía ese homo sapiens cuya información genética seguía teniendo, permanecía despierto en el periodo más propicio para la depredación. "Cuando uno está rodeado por la noche, con tan sólo una bombilla de luz, la memoria no captura el momento. Se le olvida. Después de uno o dos días, uno no recuerda lo que ha hecho un día antes. Además de eso todo es totalmente negro. Es como un largo día interminable", declaró en una entrevista posterior.

El 14 de septiembre le avisaron desde la superficie que el experimento había terminado; él calculaba que era apenas el 20 de agosto y que por alguna razón lo habían interrumpido. Su estancia bajo la Tierra produjo un dato fabuloso: los ciclos del cuerpo, el sueño y la vigilia, no están regulados desde el exterior, por la luz del sol, sino que obedecen a un riguroso reloj interno que cambia de ciclo cada veinticuatro horas y treinta minutos. Con este dato contundente Siffre nos devolvió a la naturaleza, nos hizo ver que no estamos por encima de los reinos vegetal y animal, sino que, con todo y nuestra civilización y nuestra cultura, no somos más que otra pieza del inconmensurable entramado cósmico.

Después de dos meses en la más absoluta oscuridad, Siffre salió de la grieta con los ojos vendados, en estado de shock, y fue subido a un helicóptero que se lo llevó al hospital. "Mamá, mamá", fueron las primeras palabras que dijo el espeleólogo, cuando su equipo lo sacaba por esa abertura incuestionablemente femenina.