Melancolía de la Resistencia

El Magnetismo Animal

esa teoría de la naturaleza interconectada, en la que creía gente tan respetable como Walt Whitman o Edgar Allan Poe, sostiene que cada organismo, vivo o inanimado, tiene una conexión magnética, eléctrica, con los seres que lo rodean.

En lugar de correr en un parque o por la calle, o de hacer spinning en un cuarto con otros 10 señores desconocidos que sudan y gruñen y bufan todos a una. En lugar de nadar en la alberca del club, o de hacer ashtanga yoga, o de meterme a clase de zumba. En lugar de las pesas, los pilates o el tai chi. En lugar de esas rutinas, muy respetables, que practica la gente para mantenerse en forma, yo subo el mismo cerro cada día con Camarón, mi perro.

Cada mañana subimos por el parque de L'oreneta (La golondrina, en catalán) y llegamos hasta la Carretera de las aguas, que está a la mitad de la montaña del Tibidabo, en Barcelona, la ciudad en donde vivo.

En el ranking de los deportes urbanos del siglo XXI, seguramente el subir un cerro cada mañana sea lo menos glamoroso, es una actividad básica, primitiva, de otro tiempo. No requiere ninguna clase de equipo, bastan unos tenis, unos pantalones, una sudadera si hace frío. No hay clubes de subidores matutinos de cerros, ni blogs, ni páginas de Facebook ni cuentas de Twitter. Entre las castas de los deportes urbanos, califica como paria quien se sube al cerro con su perro.

Además de nuestro equipo básico, que en el caso de Camarón se reduce a un collar y a una plaquita con su nombre y el teléfono de casa, llevamos una app que nos cuenta los kilómetros que andamos y que además va siguiendo nuestros pasos por GPS, y los va registrando en un mapa que es una cartografía milimétrica de las rutas que seguimos, de las sendas por el bosque que nos van conduciendo montaña arriba.

Después de meses de practicar esa cartografía, y de revisar continuamente los mapas en el teléfono, hemos llegado a tener un conocimiento profundo del cerro y, mientras más lo conocemos, más sorpresas nos ofrece. Ayer, por ejemplo, nos encontramos con un pequeño zorro blanco.

Lo que hacemos en el cerro no es propiamente un paseo, o si, pero rigurosamente controlado por la app que mide kilómetros y la intensidad con la que caminamos. Nuestra actividad está monitoreada desde el siglo XXI, pero espiritualmente pertenece al siglo XIX, el siglo de los grandes caminantes y de esas proto ciencias que en el siglo XX fueron erradicadas por la ciencia, como el Mesmerismo, que también se llamaba Animal Magnetism o Magnetismo Animal.

Si intentara encuadrar lo que hacemos Camarón y yo cada mañana, diría que se trata de una caminata misantrópica, inventamos rutas para no encontrarnos con nadie y, cuando oímos a alguien venir, sea persona u otro perro, cambiamos inmediatamente de senda, nos internamos en el bosque, nos ponemos a salvo del saludo, del comentario casual, de que nos ladren y nos muevan la cola, porque nosotros vamos concentrados, más bien conectados, con el bosque.

El Magnetismo Animal, esa teoría de la naturaleza interconectada, en la que creía gente tan respetable como Walt Whitman o Edgar Allan Poe, sostiene que cada organismo, vivo o inanimado, tiene una conexión magnética, eléctrica, con los seres que lo rodean. Somos parte de un sistema, de un éter en donde cada vez que se mueve, o se desplaza un elemento, se activan los elementos que tiene alrededor. Vivimos, según esta doctrina de los siglos XVIII y XIX, interconectados en una suerte de red; el universo entero irradia un fluido eléctrico, que entonces se equiparaba al tendido del telégrafo, al que estamos todos conectados.

Como nuestras incursiones al cerro, al bosque, son en rigor, y con la salvedad de la app, una caminata por el siglo XIX, he decidido abordarlas desde el Mesmerismo, me he puesto a percibir las conexiones que establecemos mientras caminamos entre los árboles y he visto que son muy palpables en la ruta que sigue Camarón, que en lugar de optar por el camino que una persona, cuadriculada por la civilización occidental como yo, trazó hace cien años, va errando de un lado a otro guiándose, o mejor, conectándose, por la nariz, con una corriente de aire, que luego es un brote de hierba, y después la huella olfativa de ese zorro blanco y más adelante el espectro del pipí que dejó hace tiempo uno de sus congéneres. Mientras mi tendencia es subir en una línea ascendente más o menos recta, la de Camarón es ir de una conexión a otra, hacía adelante o hacía atrás, en un círculo, en una elipsis, en una equis sobre ese tendido mesmérico que yo no soy capaz de percibir, pero sí de imaginar así que, de vez en cuando lo sigo, trazo con él esa cartografía primitiva que se registra en el mapa de la app como un dibujo psicodélico, y que más tarde reviso con asombro. Prescindo de la jerarquía y dejo que el perro me guíe, que me lleve de paseo al siglo XIX.