Melancolía de la Resistencia

De hipsters y 'flexitarians'

Como somos animales de memoria porosa, no está mal que vengan los flexitarians a recordarnos lo elemental: la rigidez, vegetariana y carnívora, social, sexual, religiosa y de pensamiento, se cura con un poco de flexibilidad.

Stefan Zweig cuenta en El mundo de ayer, el más hermoso de sus libros, de una costumbre que observaban los jóvenes en la Europa de entreguerras: a las muchachas, "con sus melenas a lo garçon, era difícil distinguirlas de los muchachos; los jóvenes, a su vez, se afeitaban barbas y bigotes para parecer más femeninos".

Zweig no es el único escritor de la época que se ocupa de esta curiosa androginia ambiental, que tenía su origen en el declive de la figura paterna, a principios del siglo XX, y la irrupción de la vita femina, de la mujer más allá de la maternidad que empezaba a convertirse en la contraparte de esa sociedad europea que era, hasta entonces, hegemónicamente masculina. También husmean en el tema Musil, Joseph Roth y Salomo Friedländer, mejor conocido como Mynona, un seudónimo cargado de androginia que en realidad es el anagrama de la palabra anonym: anónimo. Friedländer era alemán y pasó sus últimos años en París, motivo por el cual no podía escapársele que en francés mignon es un muchacho gracioso, más o menos equivalente al minyó catalán, y que mynona, además del anagrama de anonym, está muy cerca de mignonne, que es en francés una muchacha muy mona.

Hago este viaje alrededor del seudónimo de Friedländer para ilustrar la androginia que a mediados del siglo XX se expandía por Europa, y aprovecho para ventilar el desconcertante significado de la palabra miñona que ofrece el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua: "carácter de letra de siete puntos tipográficos".

Desde entonces los sexos han ido separándose y fusionándose, estéticamente, claro, en distintas épocas, y ha habido después brotes andróginos colectivos muy famosos. Por ejemplo, en la era de los jipis hombres y mujeres se uniformaron el pelo, no a lo garçon como decía Zweig, sino precisamente al contrario, a lo jeunefille. Luego vino la androginia de la época Disco, cuyo clímax debe ser el trajecito blanco que lucía John Travolta en la película Saturday Night Fever, cuyo soundtrack era obra de los Bee Gees, ese trío que además del trajecito andrógino, se peinaba a lo Farrah Fawcett, el gran icono sexual (femenino) de mi generación. Ahora que voy escribiendo esto pienso que quizá aborrecíamos a los Bee Gees por ese ofensivo desajuste que existía entre sus rasgos masculinos y las cabelleras que le habían plagiado a nuestro mito erótico.

Ya en la época del Punk, cuando la uniformización femenina de la época disco dio un viraje hacia la masculinización, o sexpistolización, de las mujeres, se habló, desde la paranoia, de que la era Disco, con su moda y sus músicos, era un invento de la CIA para feminizar a los hombres y progesteronizar las protestas contra la guerra de Vietnam y contra el ascenso del capitalismo rampante que empezaba ya a despelucar a las familias y a dejar a los jóvenes sin futuro, o mejor, con un futuro verdaderamente renegrido.

Pero después de los punks que eran, como los jipis, partidarios del pelo corporal, llegaron los metrosexuales a uniformar nuevamente los sexos, pero ahora no a lo garçon, ni a lo jeunefille, sino a lo bébé, con el cuerpo totalmente depilado de los pies a la frente.

Así entramos al siglo XXI, sin pelos y sin saber que todos esos bandazos de nuestra especie iban conciliarse en esa novísima tendencia, que de momento tiene solo dimensión gastronómica, que encabezan los flexitarians, los flexitarianos, que son los vegetarianos flexibles que empiezan a pulular en países de avanzada como Canadá. Me parece que los flexitarians salen de la síntesis que antes propusieron los hipsters, un androginismo flexible que permite conciliar, en el mismo cuerpo, una barba salvaje y sumamente adulta con un púbis afeitado a lo bébé; de manera que, durante el abrazo sexual de una pareja, tenemos este interesante binomio: un rostro muy masculino interactuando con uno muy femenino, y dos cuerpos uniformados por la depilación.

De esta flexibilidad salieron los flexitarians, que son los vegetarianos que hacen incursiones en el mundo carnívoro, que a pesar de que su dieta básica son las verduras no le hacen el feo ni a un chorizo ni a un bistec. O visto desde el otro extremo, son carnívoros que abrazan el vegetarianismo, reducen sus dosis de carne sin abandonarla del todo.

Pero esto no es nada nuevo, se trata de la vieja mesura que ya recomendaban los filósofos presocráticos pero, como somos animales de memoria porosa, no está mal que vengan los flexitarians a recordarnos lo elemental: la rigidez, vegetariana y carnívora, social, sexual, religiosa y de pensamiento, se cura con un poco de flexibilidad.