Melancolía de la Resistencia

LSD

Un estudio que publicó el miércoles pasado la revista "Current Biology", en donde se demuestra que la gracia del ácido lisérgico, esa potente droga conocida como LSD, es precisamente la que nos diluye el ego y nos instala en el "unum".

Ante la información de que cada año se renueva el noventa y ocho por ciento de los átomos que tenemos en el cuerpo, cabe hacerse la siguiente pregunta, ¿qué queda de la persona que era yo el año pasado?, ¿el dos por ciento de mi cuerpo atómico? O visto con más distancia: después de décadas y décadas de continua renovación atómica ¿qué queda del niño que fui?

Uno cambia sin pausa todo el tiempo, física, atómica y emocionalmente y, sin embargo, sigue siendo la misma persona. ¿Dónde está la esencia de una persona, ese elemento particular e intransferible que la hace única?, ¿en el cerebro, que al ser atómico se renueva cada año?, ¿en nuestra biografía, que al ser una narración está contaminada por episodios acomodaticios?, ¿en eso que los creyentes llaman el alma?

Ahí tenemos uno de los grandes misterios de la vida, en los que la ciencia va tanteando y a partir de esos tanteos va quedando claro que, como han afirmado desde hace siglos los sabios orientales, los taoístas y una buena parte de los filósofos presocráticos, somos parte integral e indivisible del universo, pero no en el sentido místico, o mágico, sino en términos estrictamente físicos.

La división entre los objetos no existe, todo es una sola unidad, el unum que el cerebro divide para que podamos digerirlo. Las fronteras que hay entre mi mano, la pluma que escribe estas líneas, la libreta que las contiene, la mesa que la sostiene y el suelo en el que se apoya la mesa son una y la misma cosa, y nosotros, que somos naturalmente miopes, incapaces de ver la realidad tal cual es la parcelamos, convertimos en piezas la unidad que somos con el mundo que nos rodea.

Esto es tanto como decir que la realidad que percibimos es un invento de la inteligencia que tiene poco que ver con la realidad, digamos, real, que bulle a nuestro alrededor, y para comprobar esta idea la física nos demuestra que percibimos menos del diez por ciento del mundo que nos rodea, el otro noventa y tantos, que acontece todo el tiempo delante de nuestras narices, no lo podemos percibir.

Que somos uno y el mismo con el universo que tenemos alrededor lo dicen los sabios orientales pero también la física cuántica, que demuestra que no existen las divisiones ni las fronteras entre los cuerpos y que todo es uno, precisamente el unum que ya veían los presocráticos, que la mano, la pluma, la libreta, la mesa y el suelo son parte del mismo mar de cuantos.

Y desde el punto de vista cuántico, si todo es uno y lo mismo, ¿dónde está la esencia única e intransferible de una persona? La clave la han dado durante milenios, otra vez, los sabios orientales y tiene que ver con lo que se entiende por persona, con la capacidad de adelgazar, e incluso de diluir el yo, el ego, para poder integrarse al unum.

He hecho este apunte, casi místico, a vuelapluma, para llegar a un estudio que publicó el miércoles pasado la revista Current Biology, en donde se demuestra que la gracia del ácido lisérgico, esa potente droga conocida como LSD, es precisamente la que nos diluye el ego y nos instala en el unum, en la realidad tal cuál es y no en la que nos ha rediseñado nuestro cerebro. Enzo Tagliazucchi, investigador del Instituto Holandés de Neurociencia, invitó a quince voluntarios a que consumieran unas gotas de LSD y después les realizó un sofisticado escáner donde puede verse con toda claridad la impronta del ácido en la masa cerebral, una mancha coloreada por donde escapa el yo para ser uno con el cosmos.

Albert Hofmann, el descubridor del LSD, ya había fijado los efectos de la droga: "Una porción de la persona se derrama hacia el mundo exterior, en los objetos que cobran vida y que adquieren otro, y más profundo, significado", y además apuntó que si más gente se animara a visitar esa realidad real a la que puede accederse a través de esta sustancia, el mundo sería mejor. El LSD diluye los límites, las fronteras, los contornos que dividen a los seres vivos y a los inanimados: nos enseña lo que en realidad somos, ahí radica el verdadero poder de esta droga.

Lo que ha hecho Tagliazucchi es presentarnos la fotografía de un cerebro con las famosas Puertas de la Percepción de Huxley abiertas, nos ha mostrado otra más de las pruebas de que vivimos en un universo mucho más rico y complejo de lo que creemos, nos ha ofrecido una vez más la llave para entrar al unum, a ese mar cuántico, en el que estamos inmersos sin sospecharlo, donde se palpan los colores y los sonidos huelen. Ya nos lo habían dicho los sabios orientales, los filósofos griegos, los físicos y hasta Led Zeppelin, cuando cantaba aquello de when all are one and one is all.