Melancolía de la Resistencia

Johnny Depp y yo

En el teléfono ya casi siempre es más importante lo que se ve, o la música que se oye; y la voz del que nos habla ha dejado de ser el motivo, el motor del aparato, y ha pasado a ser un elemento más.

Desde que tienen cámara, los teléfonos celulares se han convertido en centinelas. Si un individuo en un restaurante se pelea a mamporros contra otro, o se pone a recitar a Dante, o sufre un aparatoso ataque de epilepsia, corre el riesgo de que alguien lo fotografíe, o le haga un clip que un minuto después puede estar circulando, sin que el protagonista lo sepa, en YouTube. Cabe la posibilidad de que el video de la pelea pueda verse en internet antes de que los contrincantes hayan, siquiera, pagado la cuenta. La cosa se espesa cuando el que monta el escándalo es una figura pública, que ya de por sí atrae las miradas y pone a los comensales en guardia, con el teléfono listo para registrar cualquier escena, incluso la escena sosa de la celebridad cenando un plato de lasaña. Hace unas semanas, en un restaurante en Londres, alertado por el disimulado revuelo que había a su alrededor, vi que el actor Johnny Depp cenaba, precisamente, un plato de lasaña, en la mesa de al lado. Una buena parte de los comensales hacían discretas fotografías del actor, que no hacía otra cosa que comer lasaña, hablar con la rubia que lo acompañaba y beber, de vez en cuando, un trago de vino. Cenó rápidamente, supongo que orillado por la expectación que su presencia producía, pagó la cuenta y se fue, lo más discretamente que pudo, a otro sitio donde pudiera manotear, expresarse con libertad y levantarse para ir al baño sin la zozobra de que alguien le hiciera un encuadre ridículo que perjudicara su carrera. “A lo mejor ni era Johnny Depp”, me dijo en plan socarrón el amigo con el que cenaba, y yo tuve que admitir que sí, que quizá ni era el actor, en cuyo caso el episodio hubiera sido todavía más miserable. “Por supuesto que era Johnny Depp”, dijo muy airada la mesera, “si lo sabré yo, que le serví la cena”. El acoso de los teléfonos celulares es un fenómeno del siglo XXI, John Wayne o Arturo de Córdova podían comer en un restaurante y manotear, o emborracharse de manera bochornosa, o recitar a Dante sin el peligro de que alguien les hiciera una fotografía ridícula. Los teléfonos, decía al principio de estas líneas, se han convertido en centinelas, son el ojo que todo lo registra, un ojo compuesto de múltiples ojitos, como el de las moscas, que vigila permanentemente. Hay que ver en la red, por ejemplo, las borracheras épicas que, espontáneos camarógrafos de teléfono, le han grabado al cantante Charly García. Por otra parte es curiosa la deriva que ha experimentado el teléfono: un aparato que originalmente servía para que hablaran dos personas, un artefacto concentrado en el sentido del oído que, de buenas a primeras, se transformó en un instrumento más bien visual. En el teléfono ya casi siempre es más importante lo que se ve, o la música que se oye; y la voz del que nos habla ha dejado de ser el motivo, el motor del aparato, y ha pasado a ser un elemento más, una monería añadida a ese instrumento múltiple del que ya es difícil prescindir. Pero volvamos al restaurante londinense donde cenaba Johnny Depp y donde yo, de casualidad, cenaba con un fotógrafo, no de teléfono sino de cámara, a dos mesas de distancia. ¿Por qué todos los comensales tenían, disimuladamente, el teléfono en la mano, esperando el momento de hacerle una foto al actor? ¿Qué valor puede tener una fotografía furtiva, robada, seguramente mal encuadrada y quizá desenfocada del actor que hizo una vez del joven manos de tijera? Me parece que darle lustre y caché a las cuentas de Instagram o de Twitter era el verdadero valor de todas esas fotografías mal hechas. “Cenando con Johnny Depp”, “Jack Sparrow y yo”, y cosas por el estilo deben haberse publicado esa noche en las cuentas de Instagram de los comensales. Este episodio de restaurante sugiere, entre otras cosas, la deriva que, espoleada por esa misma deriva del teléfono, experimenta en este siglo la fotografía: las fotos, que hoy puede hacer cualquier persona que tenga un teléfono, han ampliado su espectro; ya no importa tanto la pericia, ni la sensibilidad artística de quien la ejecuta, ni tampoco su ojo experto, ni la calidad del encuadre, ni la perspectiva; las fotos importan en la medida en que formen parte del relato que, de sí mismo, hace el fotógrafo. De la fotografía de una puesta de sol hoy importa menos su dimensión artística, que su calidad testimonial; que la foto sea bella o fea es lo de menos, lo importante es el “estoy aquí, en un atardecer en la playa” que dice quién la cuelga en su cuenta de Instagram. O el “Johnny Depp y yo”, que escribían los comensales de aquel restaurante en Londres.