Melancolía de la Resistencia

Impresiones de Atenas

La impresión que queda después de recorrer Atenas es que los dioses están cada vez más vivos, y también de que medir a Grecia exclusivamente con el canon económico europeo es una infamia y de que no está bien asfixiar a un país de esa manera.

Hace no mucho tiempo estuve en Atenas, recorriendo la ciudad de arriba abajo y tomando notas para escribir una pieza que me había encargado un diario español. Recorrer una ciudad con un cuaderno de notas exige la aplicación de una mirada analítica; quien va anotando más que pasear decodifica lo que ve y experimenta. Así iba por Atenas, en uno de los momentos más agudos de la crisis, cuando el gobierno anterior se resistía a recibir un nuevo rescate de Europa. Aquel momento no era, desde luego, tan grave como el que vive Grecia hoy pero, con la excepción del corralito, ya flotaban por la ciudad todos los elementos de la ruina.

Lo primero que se experimenta en la Atenas en ruinas es una profunda simpatía por el pueblo griego. Husmeando por el Mercado Central me encontré un salón de baile que abre sus puertas al medio día y así permanece, con una base musical concentrada en la música rebética, hasta la madrugada. Estar en ese salón a las doce del día, que es más bien un habitáculo del tamaño de, digamos, una tienda de abarrotes, hace pensar irremediablemente en el final de la película Zorba el griego, cuando Anthony Queen, ese actor mimético que aquí era un griego canónico, dice que los griegos, ante la tragedia, se ponen a bailar y después, con los ojos puestos en la escena del desastre, le pregunta a su colega: “¿Habías visto alguna vez un desastre más espléndido?” Esto es precisamente lo que se experimenta al caminar por el barrio del mercado, o por las calles de Exarchia, el barrio anarquista por el que, a pesar del drama económico la vida bulle de una forma contagiosa: se tiene la impresión de estar ante un desastre espléndido. El salón de baile del mercado se llama Sthoa Athanaton, un sonoro nombre que en español quiere decir La arcada de los inmortales, y la música rebética que ahí tocan, es el equivalente al blues, o al tango, con guitarras, violines, acordeones, y proviene de los barrios marginales de la ciudad. Esta es precisamente la impresión que queda después de recorrer Atenas: que la crisis económica ha convertido a esta ciudad en un enorme barrio marginal. Es una ciudad con edificios desconchados, que alguna vez tuvieron su esplendor, que recuerdan a los del centro de La Habana, y tiene un porcentaje de monóxido y un punto caótico que recuerdan al D.F. Pero además por toda la ciudad brilla la evidencia de que el Oriente empieza del otro lado del mar, la calle está llena de sonidos, de colores, de los olores que inundan las ciudades orientales. Resulta paradójico que esa ciudad que es la cuna de Occidente esté con un pie en el Oriente.

La crisis ha orillado a los comerciantes griegos a establecer el trueque, el intercambio; en los mercadillos itinerantes, que aquí serían los mercados sobre ruedas, la gente cambia apios por perejiles, naranja por limones, y toda la mercancía proviene de los huertos que los atenienses han implementado en sus jardines. Las verduras se exhiben con todo y sus ramas y las naranjas se asoman entre un mechón de hojas verdes; los productos de la tierra no se hermosean, no se ponen guapas las frutas y las verduras para seducir a la clientela, al contrario, su exhibición en estado salvaje les otorga una valiosa credibilidad.

En el barrio de Psiri descendí a un restaurante, que está en el sótano de una vieja casona de paredes carcomidas, donde acuden obreros y trabajadores del mercado. Me senté en el lugar que quedaba libre en una mesa común y comí el platillo que se daba ese día, sardinas, garbanzos, unas yerbas que no reconocí y una garrafa de vino. El sitio era oscuro y olía a los humos de la comida que durante los últimos cien años se ha hecho ahí; parecía una de esas posadas en la recalaba Don Quijote.

Mi amigo Petros Babasikas, que es un talentoso arquitecto que trata de sobrevivir en Atenas, me dijo una idea que anoté en mi cuaderno: “Grecia está a salvo y nadie lo sabe”; y yo pensé en estas líneas del poeta Kaváfis: “El que hayamos despedazado sus estatuas, el que los hayamos arrojado de sus templos, no significa que hayan muerto los dioses”. Esta es precisamente la impresión que queda después de recorrer Atenas, que aquellos dioses están cada vez más vivos, y también queda la impresión de que medir a Grecia exclusivamente con el canon económico europeo es una infamia y de que no está bien asfixiar a un país de esa manera, no está bien expulsarlo de Europa (cuyo nombre por cierto viene de la mitología griega) solo porque no puede pagar sus deudas. Queda la impresión de que el mundo occidental se equivoca gravemente al tratar así a los griegos, y de que dejar que manden los banqueros es una verdadera insensatez.