Melancolía de la Resistencia

Hemingway a la intemperie

La carta de navegación de aquellas jornadas en altamar, según me contó Gregorio, se medían de acuerdo con la escrupulosa matemática de los tragos que se iba bebiendo el escritor...

Es bien sabido que Ernest Hemingway escribía de pie, sobre un mueble alto, y que era capaz de escribir así durante muchas horas, apoyándose en una pierna y en otra, con una concentración hermética. También se sabe que la mayor parte de su obra la escribió en sus habitaciones, al lado de su cama, de pie frente a los muebles altos donde apoyaba sus cuadernos. Resulta sintomático que un escritor tan dado a la vida salvaje, tan entusiasta de la intemperie, se recluyera en la domesticidad más profunda, esa que tiene como centro la propia cama, para escribir sus libros. Hemingway era un hombre que pescaba en lancha y que cazaba leones en África, en condiciones tan aventureras que sobrevivió a dos accidentes de avión; también era reportero extremo y en la Guerra Civil española, además de las piezas periodísticas y los filones literarios que le dejó aquella experiencia, se implicó de manera descarada en el conflicto y aprovechó para aficionarse a los toros y a los toreros. En su vida íntima también reinaba una suerte de intemperie, tuvo relaciones desastrosas con varias mujeres, que produjeron hijos orientados hacia el desastre, y una relación estable y profunda, y a la larga también desastrosa, con el alcohol. En Hemingway todo era la intemperie, excepto su trabajo de escritor junto a su cama que produjo, como es natural, enormes obras de literatura afincadas en la intemperie. Quizá su forma de combatir la domesticidad que suponía escribir en su habitación (en lugar de en altamar, o en la punta de una montaña como corresponde a un aventurero) era, precisamente, escribiendo de pie, rebelándose contra la imagen del escritor sentado y encorvado. Escribir de pie tiene cierta épica, es el escritor el que sostiene el cuerpo y no la silla y esto añade una exigencia física que no tiene el escritor sentado. Me parece que en el caso de Hemingway es mejor ajustarnos al punto de vista épico, y pasar de puntitas sobre la posibilidad de que el maestro escribía de pie no por las razones casi heroicas que acabo de exponer, sino porque las hemorroides le impedían escribir sentado. Una vez dicha esta insoslayable majadería, voy a una historia que recopilé yo mismo, hace treinta años, en Cuba, en el pueblo de Cojimar, en una animada conversación con Gregorio Fuentes, que fue el capitán de la lancha en la que Hemingway salía a pescar mientras leía y bebía. La carta de navegación de aquellas jornadas en altamar, según me contó Gregorio, se medían de acuerdo con la escrupulosa matemática de los tragos que se iba bebiendo el escritor: media botella de Bacardí al norte, y después un cuarto al noreste. En una de aquellas excursiones Gregorio avistó a lo lejos un cayuco que iba remolcado por un pez enorme que había pescado un viejo. El escritor quitó los ojos del libro que leía para concentrarse en el viejo pescador que batallaba duramente contra su presa. Luego le pidió a Gregorio que se acercara a la lancha para preguntarle al viejo si necesitaba ayuda pero, justamente cuando estaban a punto de alcanzarlo, el pez, que era un marlín enorme, brincó fuera del agua y el viejo se puso nervioso de que quisieran robarle el animal más grande que había pescado en su vida, y comenzó a gritarles que se alejaran. Antes de alejarse Gregorio, por órdenes del escritor, dejó en la popa del cayuco del viejo, una cesta de comida porque ya veían que la batalla iba para largo. Inmediatamente después Hemingway, con la imaginación disparada en varias direcciones, anotó en unas tarjetas el esbozo de lo que sería su novela El viejo y el mar. Esta historia que me contó Gregorio Fuentes hace treinta años, tiene un complemento tan insoslayable como la posibilidad de las hemorroides mencionada más arriba. Años antes, en 1935, durante una jornada de pesca en las Bahamas, Hemingway pescó un atún enorme que, igual que el marlin del viejo cubano, iba remolcando su lancha y, como pasa en su novela, llegó un momento en que el atún que había pescado, empezó a sufrir el acoso de un montón de tiburones, que llegaban llamados por el rastro de sangre que iba dejando el animal. Pero Hemingway, al contrario del viejo que después sería el personaje de su novela, era un hombre lleno de recursos, y no tenía ningún empacho en aplicarlos así que, en cuanto vio el acoso que sufría su pobre atún, agarró el rifle que llevaba siempre por si acaso y comenzó a disparar a los tiburones, y organizó una inenarrable y sangrienta escabechina que atrajo mucho más tiburones, muchos más que las balas que tenía, que acabarían devorándose su enorme atún.