Melancolía de la Resistencia

Esperando al rey en el Gran Hotel Syracuse

Observé que todos los menesterosos, mozos y tramoyistas, eran blancos, y todos los que mandaban eran negros. Me hizo gracia la reivindicación de ese hombre que había nacido en una plantación y que, sin más armas que su talento, había volteado de cabeza la pirámide laboral.

Hace unos veinte años viajé a Syracuse para entrevistar a B. B. King. Estaba dando una gira por aquella zona de Estados Unidos y, como acababa de publicar un disco de éxitos en México, urgía que hiciera algunos comentarios de viva voz, con esa voz espesa que se instalaba, como un nubarrón, en medio de sus canciones. La gira se hacía en autobús, uno para secres, tramoyistas y menesterosos, y otro para la corte del rey. Nevaba copiosamente en todo el Estado de Nueva York y por esto la gira llevaba unos días de retraso. Yo no lo sabía, mi plan era estar ahí dos días y volver a México con la entrevista, así estaba calculado, pero el retraso alargó la estancia, el concierto era tres días después de la fecha original y lo más sensato era esperar. Me instalé en el Gran Hotel Syracuse y, a pesar de que afuera caían copos del tamaño de un puño, salí a dar una vuelta de reconocimiento, a ver si vislumbraba un cine, un restaurante con buena pinta o un bar con mesa de pool, chimenea y barra larga de caoba. Antes de salir, el hombre de la recepción me ofreció unas raquetas para la nieve que yo me puse sin rechistar. Buscando la barra de caoba llegué hasta el lago Oneida, que estaba rigurosamente congelado, pensando en los indios Onondaga, que fueron los pobladores originales de esas tierras. Luego fui al teatro donde se esperaba a B.B. King, para ver si había noticias, pero el pronóstico era el mismo, tocaría en tres días, como lo anunciaba un rótulo de letras rojas pegado encima del cartel. Sobre las siete de la tarde, ya de noche, me metí a un centro comercial porque el frio se había vuelto insoportable. Mientras compraba un suéter grueso para ponerme debajo del abrigo, observé que la gente de Syracuse corría para ejercitarse dando vueltas dentro del mall, de una punta a la otra, de Sears a Macy’s. Aquello me pareció deprimente y pensé que ante la disyuntiva de correr dentro del centro comercial o no correr, yo me hubiera apuntado sin dudarlo a la segunda. Compré un par de libros (de Stephen King, no había otra cosa) porque el que llevaba no iba a alcanzar para los tres días de espera ociosa que tenía por delante. Antes de las ocho ya estaba en el Gran Hotel Syracuse, con un hambre de perro y un sólido principio de mal humor que nacía, como una hiedra, de la pregunta, ¿qué voy a hacer durante tres días, en este pueblo helado, mientras llega B.B.King? Devolví las raquetas y pregunté al hombre de la recepción por un bar de larga barra para cenar un sándwich y atontarme con un par de cervezas. Justamente aquí abajo tenemos uno espléndido, dijo señalando unas escaleras. Splendid my ass, murmuré contrariado, desconfiando de la recomendación. Pero me equivoqué, era un competente bar de, efectivamente, larga barra de caoba, con mesa de pool y una docena de pantallas con partidos de beisbol, futbol americano y competiciones vaqueras en un rodeo, lazar un toro, montarlo, caerse y dejarse pisar, risa y risa, por el animal. La vida entonces no tenía wifi, así que no podía uno mandar ni un triste tuitazo. Así pasé tres días, yendo y viniendo por el territorio nevado de los indios Onondaga, y haciendo las tres comidas en el bar del Gran Hotel Syracuse, que era una casona antigua, con pisos y techos de madera, y vacía porque a nadie se le ocurre ir ahí en noviembre. Finalmente llegó B.B.King, me dio una cita a bordo de su autobús y mientras me conducían hasta él, observé que todos los menesterosos, mozos y tramoyistas, eran blancos, y todos los que mandaban eran negros. Me hizo gracia la reivindicación de ese hombre que había nacido en una plantación, de una familia de esclavos y que, sin más armas que su talento, había volteado de cabeza la pirámide laboral. Se lo dije en cuanto me senté y él se me quedó mirando con un gesto que pretendía hacerme creer que no se había dado cuenta de la curiosa jerarquía de su microcósmos. Estábamos en la popa del autobús, en un acogedor saloncito que tenía dos sillones y una mesa. La atmósfera estaba impregnada de los perfumes que usaban las Supremes, que estaban de gira con él y armaban una sugerente bulla detrás de unas cortinas. B.B King me dio a escoger entre un plátano y una Diet Coke. Elegí el plátano. Me enseñó un morralito lleno de casetes y me contó que esa era la música, solo Blues según pude comprobar, que oía mientras iba por la carretera. Hicimos una larga entrevista de la que recuerdo una respuesta suya que me dejó sorprendido. A la pregunta ¿por qué cuando empieza a cantar deja de tocar la guitarra?, respondió, con una conmovedora naturalidad: porque no sé cantar y tocar al mismo tiempo.