Melancolía de la Resistencia

Rulfo y el español de España

Si al lector español hay que traducirle al español de España el español de Tuxcacuesco que utilizaba Rulfo, ¿en dónde radica la universalidad de sus dos libros?

Parece todo un síntoma que Juan Rulfo, el más universal de nuestros escritores, sea el más local de todos. Sus historias están llenas de mexicanismos, que en realidad son jalisquismos, sino es que sayulismos y tuxcaquesquismos. Digo esto inspirado por la devoción que despierta la obra de Juan Rulfo en España, un extraño apego que me ha tocado palpar muchas veces, en diversos auditorios en Barcelona y en Madrid, donde me han invitado, no por experto sino por ser mexicano y escritor, a hablar sobre su obra que, dicho sea de paso, gana con cada relectura.

Las ediciones españolas de Pedro Páramo y de El llano en llamas están repletas de pies de página porque, de otra forma, el lector español se perdería la cuarta parte de lo que cuenta el escritor. Por ejemplo, en la edición de El llano en llamas que tiene Anagrama (1993), hay pies de página de la siguiente magnitud: tepetate: pedazo de tierra seca (con algo de yerba). Comal: platón o disco de barro que se usa en México para cocer las tortillas de maíz. Retacha: vuelve, rebota. Tecatas: cuajos. Comejenes: como mosquitos (nocturnos) que van a la luz. Las güilotas: las putas. Casi en cada página de los dos libros de Rulfo que se encuentran en España hay dos o tres de estos pies que algo aclaran, pero también complican la lectura y reducen el campo semántico de esas palabras que Rulfo utilizaba precisamente por su amplitud. Decir que los comejenes son como mosquitos nocturnos que van a la luz, es, para empezar, despojar a ese insecto infernal de su famosa ponzoña. Y tampoco creo que "las güilotas" sean "las putas", en todo caso serán "las putotas", porque las putas son, como bien sabemos, "las güilas".

Si al lector español hay que traducirle al español de España el español de Tuxcacuesco que utilizaba Rulfo, ¿en dónde radica la universalidad de sus dos libros? Pues en el mismo sitio que ocupa la universalidad de El Quijote, una obra a la que le viene bien el apoyo de los pies de página, incluso aunque el lector haya nacido en aquel mismísimo lugar de La Mancha. La obra de Rulfo, leída desde España, nos hace ver que lo verdaderamente universal es aquello que tiene raíces profundas en un punto específico del planeta: no lo que entienden todos, sino al contrario, lo que nadie puede entender en su totalidad.

Por internet circulan dos entrevistas que le hicieron a Rulfo en España, dos entrevistadores muy famosos en su tiempo, Joaquín Soler Serrano y Mercedes Milá, donde puede uno disfrutar del verbo críptico, oscuro, que usaba el maestro también en su conversación, digamos, cotidiana, y sobre todo del desconcierto que producían en estos entrevistadores los sayulismos del famoso escritor, que en una de esas entrevistas de televisión aparece con unas enormes gafas de sol.

Guillermo Sheridan rescata en un artículo una frase que dijo Rulfo, mientras estaba sentado en una silla en la librería El Ágora, después de un larguísimo silencio: "una vez, por allá, creo que por Sayula, me llevé a una muchacha atrás de unas saponarias, me unté un dos de mentolato en la cornisa, y zum, nomás le hicieron los oídos". La sentencia, incluso en México, seguramente hasta en Sayula, es un misterio, sin embargo en los comentarios que hacen los lectores, debajo del artículo, aparece un exégeta: "es muy simple" —nos ilustra— "Rulfo se puso mentolato en el pene y tuvo sexo con una muchacha tras los matorrales o tras las saponarias".

La verdad es que no sabremos nunca lo que quiso decir el escritor, ni tampoco a santo de qué lo dijo porque después, como si no hubiera dicho nada, regresó a su espeso silencio.

Hace unos días participé, nuevamente, en una mesa sobre Juan Rulfo y su obra, en un auditorio en Barcelona. En España empieza a hablarse, una vez más, de Rulfo porque el año que entra se cumple el centenario de su nacimiento, o el aniversario noventa y nueve, según la fecha que se atienda, y además este año, en enero, se cumplieron treinta de su muerte. Aunque fui invitado no por ser un experto en la obra de Rulfo, como ya dije, sino por ser mexicano y escritor (y desde luego por lo barato que resulta invitarme porque vivo en Barcelona), inmediatamente me cayó encima (por ser mexicano, claro) el papel de exégeta de la obra de Rulfo. Un papel absurdo porque mi colega de mesa era una profesora de la Universidad de Barcelona experta en la obra del escritor y yo no soy más que un entusiasta del maestro. Se especuló, por ejemplo, sobre el significado que podría tener en México la sentencia "no oyes ladrar a los perros". Yo tenía ganas de decir que el México de los libros de Rulfo es uno que él se inventó. Pero al final decidí respetar su mitología y no dije nada.