Melancolía de la Resistencia

Elogio de la mesa

“Compartir mesa es compartir la comida, pero ésta va más allá de la función fisiológica de comer. En la mesa los comensales también se alimentan de gestos y palabras. La comida tiene un riquísimo sentido simbólico…”

Antes de la televisión las familias se reunían alrededor del fuego. Ahí se conversaba o se tejían calcetines de lana, se bebía café o un licor; la chimenea era el centro social de la casa y no podía desatenderse porque se apagaba, había que estar cerca para alimentar el fuego, echarle de vez en cuando un tronco. La chimenea fue sustituida por la televisión, la familia pasó a congregarse alrededor de la pantalla pero, a diferencia del centro anterior, a este no había que alimentarlo, se mantenía solo, no necesitaba de nuestra atención para permanecer vivo y, incluso, la familia podía ir a hacer otras cosas mientras el aparato seguía funcionando, contando esas historias que el fuego solo sugería. Las historias sugeridas son mejor que las contadas porque dejan un generoso espacio para la imaginación.

Pero en el siglo XXI la televisión ha ido cayendo en desuso, ya solo es el centro de la casa cuando transmite un evento deportivo, o una película, que es capaz de reunir a la familia, de hacer que todos sus elementos atiendan el mismo punto en el espacio, la pantalla. Fuera de ahí, la televisión ha sido sustituida por computadoras y tabletas, y los elementos de la familia se han ido cada uno a su cuarto con su aparato, han perdido el centro doméstico a favor de una solitaria periferia, se han descentralizado, han experimentado una desasosegante atomización. Para hacerle frente a este panorama atómico nos queda la mesa, ese otro centro doméstico que ha estado ahí desde que existen las casas, un mueble crucial para el desarrollo de nuestra especie donde las personas se alimentan, pero también conversan, escriben, dibujan, proyectan y conspiran. Toda la historia de la humanidad ha emanado de la mesa. Pocas imágenes tan entrañables como esa de la mesa con un mantel blanco, platos y copas a medio beber, media luz y un cuarteto de amigos conversando mientras comparten la cena. La civilización es eso: un cuarteto de amigos, una familia, compartiendo el vino y el pan.

Con mucha frecuencia hablo de esto con mis hijos, que son personas del siglo XXI permanentemente conectadas a la Red de redes, porque cuando estamos en la mesa, cuando hemos abandonado la periferia y nos hemos desatomizado para coincidir en el centro, quedan proscritos los teléfonos y las tabletas, y nos concentramos en la comida y en la conversación, o en la discusión como pasa a veces pero siempre en formato medieval, lejos del zumbido electrónico que no cesa nunca. Es imperativo conservar la mesa, no podemos perder el último centro de la casa que nos queda.

El filósofo Josep Maria Esquirol ha ensayado, en su libro La resistencia íntima (Acantilado, 2015), sobre la importancia capital que tiene la mesa y el ritual de compartirla cada día: “La apropiación de la cotidianidad significa también la revelación de lo originario; la revelación que se da al compartir el pan. Para los que vuelven a casa y se sientan alrededor de la mesa se hace presente lo más sublime. Lo que no tiene nombre, lo más originario de lo originario, se revela en el momento de la repetición comensal”. Cuando Esquirol escribe “los que vuelven a casa”, yo entiendo que vuelven desde sus habitaciones, que se desatomizan, que dejan la computadora o la tableta para regresar al hogar, que es la mesa. En este milenio una casa sin mesa se queda sin referente colectivo, ya no hay televisión ni hay fuego, se convierte en un sistema de habitaciones, en una unidad de unidades por donde vagan individuos solos, que entran y salen y se quedan dormidos, aislados con sus audífonos, mirando una serie de zombies u oyendo su lista de Spotify; no la radio, que es todavía una ventana al exterior, sino ese microcosmos cerrado de piezas musicales que solo escucha él. Nos dice Josep Maria Esquirol: “no es la mesa sino nuestro brazo que en ella se apoya una y otra vez, y nuestras manos que una y otra vez parten el pan y pasan la sal. Compartir mesa es compartir la comida, pero ésta va más allá de la función fisiológica de comer. En la mesa los comensales también se alimentan de gestos y palabras. La comida tiene un riquísimo sentido simbólico. No es casual que en el cristianismo  el símbolo supremo sea el de la eucaristía, la cena ritual para rememorar la acción de Cristo”. Dejemos a Cristo de lado antes de que arrastre estas líneas hacia un significado que no pretenden tener, y concentrémonos en ese elemento ritual que tiene el sentarse a la mesa, esos minutos que son un oasis que debemos conservar a toda costa, esos minutos en los que se condensa el fundamento de la vida, ese milagro elemental de compartir con los demás el pan y la palabra.