Melancolía de la Resistencia

El Doctor Feelgood

Max Jacobson, un médico alemán que llegó a Nueva York, promocionaba un milagroso coctel que regeneraba los tejidos del organismo. De acuerdo con su teoría, el milagroso coctel ofrecía una sensación de bienestar...

Hace unas semanas contaba en esta misma página de las conversaciones que sostuvieron Tennessee Williams y William Burroughs, dos escritores que echaban mano de las drogas para estimular la imaginación y el pensamiento. Williams, además de sus incursiones drogotas en solitario, era paciente del doctor Max Jacobson, un médico alemán que llegó a Nueva York en 1936 y, unos años más tarde, ya se había encumbrado en las altas esferas con una receta, o más bien una bomba química, que el promocionaba como un milagroso coctel que regeneraba los tejidos del organismo. Ya se sabe que el cuerpo es fundamentalmente una masa de vísceras palpitantes recubiertas y contenidas por tejidos de diversas tesituras, de manera que un regenerador tan efectivo de estos tejidos redundaba, de acuerdo con la teoría de Jacobson, en una vida más larga, dentro de un cuerpo de carnes, y vísceras, más firmes. El milagroso coctel era una mezcla, calibrada al milímetro, de anfetaminas, hormonas de animal, tuétano, enzimas varias, placenta humana, analgésicos, esteroides y vitaminas. La sensación de bienestar que producía este coctel le granjeó el mote de Doctor Feelgood, el doctor que hacía que todos se sintieran extraordinariamente bien y que desde ese bienestar de probada solidez química, suscribieran aquello de que, lejos de estarse metiendo un imprudente miligramaje de drogas, lo que hacían era regenerarse los tejidos. “¿Vienes drogado?”, preguntaría alguna de las esposas de los pacientes de Jacobson, al ver a su marido entrar a la casa con los ojos de toro loco, las fosas nasales dilatadas, las comisuras de la boca blancas de saliva y el labio de arriba perlado de sudor; “pero qué dices, mujer” —habrá contestado el marido— “lo que pasa es que se me están regenerando los tejidos”. JFK era uno de sus pacientes y, durante una temporada, lo acompañó a donde fuera para paliarle unos tremendos dolores de espalda con su coctel. Para mayo de 1962, consta en los archivos de la Casa Blanca que el Doctor Feelgood entró treinta y cuatro veces a ponerle inyecciones reconstitutivas al presidente. También consta que después de aquellos jeringazos, el presidente Kennedy mostraba signos de hiperactividad, de nerviosismo y unos cambios salvajes de humor. No sé si algún historiador habrá analizado las iniciativas álgidas del presidente Kennedy, sus acciones más sorprendentes y controvertidas, a la luz del coctel que le administraba el Doctor Feelgood. Alguien del círculo íntimo advirtió al presidente sobre la morbosa potencia de aquellas inyecciones, y Kennedy respondió: “funciona. No me importa que sean orines de caballo”. En su nómina de pacientes figuraban, además del presidente, personajes como Truman Capote, Cecil B. DeMille, Marlene Dietrich, Marilyn Monroe, Elvis Presley, Anthony Quinn, Nelson Rockefeller y Tennessee Williams, que es el escritor que nos ha traído hasta aquí. A Max no le faltaban pacientes ilustres, que pasaban la voz a otros que, no por ser menos ilustres, se iban a privar de las milagrosas inyecciones. “Te veo muy excitado ¿no llevará anfetaminas y esteroides esa inyección que te puso el doctor?”, le habrá preguntado su esposa a uno de estos pacientes; “Si lleva” —habrá respondido el marido— “pero estoy así de fogoso por culpa del tuétano y de la placenta humana”. A finales de los años sesenta el doctor Jacobson comenzó a observar un comportamiento errático, empezó a confundir a Elvis Presley con Elizabeth Taylor y a prescribir inyecciones con una insensata alegría. A todas luces se veía que, como buen científico, había empezado a experimentar con su propio cuerpo o quizá, no pensemos mal, había sentido flojos los tejidos y quería fortalecerlos. El caso es que Jacobson comenzó a sentirse demasiado bien y, desde ese delicioso bienestar, recetó al famoso fotógrafo Mark Shaw, un hombre muy ligado a la familia Kennedy, un rosario de inyecciones que, lejos de reafirmarle los tejidos, lo llevaron en volandas a la tumba, a los cuarenta y siete años. El escándalo, que tuvo lugar en 1969, acabó con su abultada clientela y, después de un largo litigio, le fue revocada su licencia de médico. Luego se abre un paréntesis de silencio en su tumultuosa biografía que se cierra en  1979 cuando, con una discreta batalla legal, trató de recuperar su licencia de médico. El fracaso en aquella batalla lo dejó debilitado, con los tejidos más que flojos, y murió meses después, a los setenta y nueve años, pues el Doctor Feelgood, también conocido como Max el milagroso, había nacido en 1900, como el mismo siglo XX.