Melancolía de la Resistencia

El DF

Hay un hartazgo general muy palpable y mucha desesperanza, sin embargo regreso a Barcelona con la sensación de que el DF sigue siendo una ciudad tremendamente viva y, sobre todo, muy cosmopolita, mucho más que las capitales europeas que frecuento.

Hace unos años comía con Malcolm Otero, que entonces era mi editor español, en un restaurante de la colonia Condesa, en una mesa a la intemperie. Malcolm es nieto de Carlos Barral, el mitogico editor barcelonés en torno al cual se arremolinó, en los años sesentas, el boom de escritores latinoamericanos. Barral era también un admirador de México y Malcolm, su nieto, heredó ese gusto. Aquella comida era la primera que hacía en el D.F.; nunca había estado aquí y yo trataba de orientarlo, de señalar las virtudes de la ciudad y de limar algunos prejuicios típicos que los españoles suelen tener sobre México y los mexicanos. Con un mezcal en la mano explicaba a Malcolm mi perspectiva del DF y le decía que no me gustaba nada esa imaginería española que produce, en las calles de la ciudad, aztecas con plumas y taparrabos. Eso no existe, le decía yo, se trata de un prejuicio ridículo, remataba, justamente cuando enfrente de nuestra mesa apareció un conchero, efectivamente de plumas y taparrabos, que bailó una breve danza y después nos pidió dinero. Aquello dejó claro a mi editor que en esta ciudad puede pasar cualquier cosa, como ese invierno salvaje que hay dentro de las casas, que nadie parece advertir y que se lleva con una resignación casi cómica. Escribo estas líneas dentro de un departamento que tiembla cada vez que por la calle pasa un camión, abrigado como si estuviera afuera, con suéter, chamarra y gorro para combatir el frío. Antes de aterrizar aquí estuve en Dublín, una ciudad famosa por su mal clima, siempre muy frío y muy húmedo, y juro que ahí no tuve tanto frío como he tenido estos días aquí, en esta ciudad donde las casas no se calientan y en donde nadie lleva abrigo porque se supone que no hace frío. Quizá en ninguna ciudad cuesta tanto hacer una cita como en México, para quedar a comer con alguien, por ejemplo, es necesario hacer una llamada inicial en donde se dice día y hora aproximada, y luego se acuerda que todo eso habrá que confirmarlo en otra llamada posterior; estas citas etéreas producen una flexibilidad que tiene como resultado mesas improvisadas y poliédricas, de gente que se apunta a última hora y que, probablemente, no contará con la presencia del invitado original.

Estas líneas las escribo en el DF, en este departamento que se sacude cada tres minutos con el terremoto que provoca el paso de los camiones, en esta ciudad que quiero entrañablemente porque es la mía, aquí crecí y fui al colegio, aquí empecé a escribir en el periódico y a publicar mis primeros libros y también hice radio, tuve novias y unos amigos que sigo viendo y que me hacen falta en Barcelona, la ciudad en la que vivo desde hace más de una década. Aquí también nació mi hijo mayor y ayer que caminábamos por las calles de la colonia Roma, buscando un sitio para cenar, iba mirando con asombro esta ciudad que es suya aunque nunca haya vivido aquí, y que le genera todo tipo de preguntas, ¿por qué aquí no se cruza la calle por la esquina?, ¿dónde está la línea de peatones?, ¿qué hace tanta gente vendiendo cosas entre los automóviles? o ¿por qué a nadie en la casa se le ocurre prender la calefacción? Un día que íbamos en el coche, en un trayecto que ya duraba hora y media en el periférico, con una cantidad inverosímil de coches que nos rodeaban por todos lados, preguntó, como si ese fuera el problema ¿y por qué no nos vamos por otro camino?

Durante estos días en la ciudad he ido recopilando todo tipo de historias y opiniones sobre la situación que atraviesa el país, a las que he sumado las noticias atroces sobre México que leo en la prensa europea; hay un hartazgo general muy palpable y mucha desesperanza, sin embargo regreso a Barcelona con la sensación de que el DF sigue siendo una ciudad tremendamente viva y, sobre todo, muy cosmopolita, mucho más que las capitales europeas que frecuento, ciudades donde todo está construido y consolidado desde hace siglos y en las que los ciudadanos tienen poco margen para la improvisación, para la novedad, y esto hace que esas grandes capitales sean un poco provincianas. En cambio aquí pasa de todo todo el tiempo, todo está en un proceso permanente y frenético de cambio, dicho esto sin olvidar, desde luego, la época oscura que atraviesa el país y ese hartazgo, y esa desesperanza de la que hablaba más arriba. Ayer caminaba por la calle, estimulado por esa vida que bulle y desde ahí, entusiasmado por ese ruido chilango que en Europa no existe, escribí un tuit excesivo y un poco desorbitado que hoy, por supuesto, volvería a escribir; el tuit decia: “Estoy en México Distrito Federal, la ciudad más cosmopolita del mundo”.