Melancolía de la Resistencia

Correr

En el oriente la vida circula de afuera hacia adentro, como la carrera interior de los lung-gom-pa, y en cambio en Occidente circula de manera opuesta, de adentro hacia afuera; un lado del planeta es centrípeto y el otro es centrífugo.

En el Tíbet hay unos monjes fantasmales que se mueven a toda velocidad. El motor de estos velocistas es una mezcla de concentración extrema y del ritmo que van ganando a fuerza de repetir fórmulas verbales una y otra vez hasta que esa mezcla, como por arte de magia, se convierte en pura velocidad. Por eso es que estos monjes son fantasmales, porque en ellos hay más velocidad que cuerpo, porque en los momentos climáticos de sus desplazamientos la materia va supeditada a la velocidad con la que se mueve y lo que ve un espectador, más que un monje, es su fuga. Este arte de desplazarse a toda velocidad se llama lung-gom, y al monje que cruza el horizonte como un suspiro se le conoce como lung-gom-pa. Dicen los que se han topado con uno, que el golpe visual es el de ver un punto negro en la lejanía que, en cuestión de segundos, ya se ha acercado y, en cuanto el observador trata de descifrar de que criatura, o artefacto, se trata, el monje ya se alejó y ya es otra vez un punto negro en el horizonte. También dicen que a los lung-gom-pa es peligroso detenerlos, sacarlos del trance que los hace correr porque, igual que pasa a los sonámbulos, pueden morirse del susto. Cuando leía sobre el lung-gom del Tíbet, recordé a los corredores tarahumaras, que recorren distancias inverosímiles a toda velocidad, por caminos escarpados y delgados espinazos que cruzan de lado a lado un imponente abismo. Hay corredores, y corredoras, tarahumaras, que salen de algún punto en la Sierra Madre y, días más tarde, son deportados por un agente de migración de Estados Unidos que se los encuentra corriendo en un paraje de Nuevo México. Existe el testimonio de un agente de migración que se encontró a una señora que se había echado a correr en el Cerro del Mohinora y que ya andaba, en el momento de su detención, cerca de Nueva York. Ante esta historia increíble, tendríamos que preguntarnos si ese agente de migración no habrá interrumpido una carrera mucho mayor, quizá la señora, de no haber sido detenida, hubiera seguido corriendo hacia el norte, y hubiera cruzado el casquete polar y después remontado el continente hasta llegar a su pueblo natal. A los lung-gom-pa no se les conoce por la distancia que recorren, sino por la velocidad con que se desplazan, nadie sabe muy bien de dónde a dónde van y quizá su destino tampoco importa, porque su verdadero objetivo es la concentración, el viaje hacia el interior de ellos mismos, el trayecto centrípeto mientras el cuerpo se mueve hacia adelante. En cambio en la carrera de los tarahumaras no hay tanta concentración, se les puede detener sin que sufran un shock, quizá porque el terreno por el que corren es mucho más escarpado, corren por veredas minúsculas y pedregosas, llenas de pedruscos y flanqueadas por abismos y, en esas condiciones, la concentración no puede ser total porque debe ir poniendo atención al entorno, el trayecto no puede ser centrípeto como el de los lung-gom-pa, que corren en zonas planas, en superficies que no presentan obstáculos ni abismos.

Claude Lévi-Strauss observó, a partir de los usos y costumbres de los pueblos, que el pensamiento oriental es centrípeto, va hacia adentro, y el occidental centrífugo, de adentro hacia afuera, y cuenta cómo en Japón los carpinteros serruchan piezas de madera jalando su herramienta hacia dentro, hacia sí mismos, a diferencia del carpintero occidental que la empuja hacia afuera. También observa que en Japón, a la hora de coser, en lugar de que la aguja se clave en la tela, la tela es la que va hacia la aguja, y además cuenta que en los sobres de las cartas que se envían por correo, primero se escribe el país, luego la ciudad, luego la calle y el número y al final el nombre del destinatario. En el oriente la vida circula de afuera hacia adentro, como la carrera interior de los lung-gom-pa, y en cambio en occidente circula de manera opuesta, de adentro hacia afuera; un lado del planeta es centrípeto y el otro es centrífugo. Levi-Strauss observa, asombrado, como una amiga japonesa detecta la cantidad de polución que hay en Tokyo según la suciedad que se acumula en el cuello de la camisa de su marido, porque razona de afuera hacia adentro, a diferencia de una señora, digamos, de Estados Unidos, que diría, simplemente, que el cuello está sucio. En México, que es un país de occidente que mantiene los fundamentos orientales de su época prehispánica, también detectamos la polución de las ciudades en el cuello de las camisas, vamos a caballo entre lo centrípeto y lo centrífugo, viajando hacia el interior pero sin dejar de atender la vereda y el abismo, como los corredores tarahumaras que, desde este punto de vista, son nuestra metáfora.