Melancolía de la Resistencia

Carne de perro

La imagen de los perros enjaulados en los mercados chinos, sinceramente, me parece infame, pero eso no evita esta pregunta: entre el que tiene un perro en su casa, y el que cocina su carne en la suya, ¿quién está más cerca de la naturaleza?

La carne de perro es un alimento común en China. Cíclicamente aparecen en la televisión imágenes de perros enjaulados, torres de jaulas llenas de perros que esperan, en el mercado de alguna población china, a que un cliente los compre y se los lleve a la cocina para preparar la cena. De este lado del mundo, la imagen de un perro encerrado en una jaula nos remite a una tienda de mascotas, o al consultorio de un veterinario, y al ver esas jaulas chinas con perros cuesta asociar la imagen con la cocina. No sucede lo mismo con una jaula de codornices o con una pecera de langostas vivas, porque el perro pertenece al ámbito doméstico, es parte de la familia, es uno de los nuestros, es el testigo y el partícipe de nuestra cotidianidad.

Los perros en la ciudad son nuestro contacto con la naturaleza, son la irrupción controlada del mundo salvaje debajo de la mesa del comedor, y también son el recordatorio permanente de que la vida sentimental, que compartimos con ellos, es tan vasta y profunda como la vida intelectual que, supuestamente, nos distingue. El perro en la casa es el embajador de la naturaleza igual que los parques en las ciudades son los representantes del mundo vegetal; gracias a estos los niños de ciudad saben desde pequeños lo que es una lombriz y cómo suena el viento cuando pasa a través de las hojas de los árboles. Estas dosis de naturaleza controlada nos invitan a pensar qué tanto pertenecemos nosotros a la naturaleza. Nos invitan a especular sobre la posibilidad de que la continua evolución de nuestra especie nos ha ido empujando fuera de ese reino. El actor ruso Klaus Kinski da una clave, quizá de manera involuntaria, sobre esa creciente distancia que hay entre nosotros y el reino del que venimos. En el making of de la película Fitzcarraldo (Werner Herzog, 1982) vemos a un Kinski que lleva ya demasiado tiempo rodando en la selva del Amazonas, interpreta las escenas que le tocan y luego se va a su tráiler a leer, a beber café o alcohol, a reflexionar, a matar el tiempo en lo que llega el día siguiente con las nuevas escenas. Unas semanas más tarde Kinski ya no soporta ni el calor, ni la humedad, ni los insectos, ni la presencia permanente de los indígenas que, además de ser los habitantes de esa selva, sirven de extras en la película de Herzog. Completamente harto de su inmersión en la naturaleza  Kinski se pregunta: ¿qué tengo que ver yo con la naturaleza? El actor ruso se refiere al porcentaje de naturaleza que un hombre contemporáneo de ciudad, familiarizado con los parques y los perros, es capaz de soportar.

Quién busca aumentar su porcentaje de naturaleza en la ciudad va al zoológico, a mirar animales que en libertad resultarían una amenaza y que nunca podría tener, como tiene al perro, echados a los pies del sillón. Una vez visité un zoológico en Baja California, cerca de Los cabos, dónde había venados, un puma, aves exóticas y también cuatro gatos domésticos y un perro, cada especie en su jaula y con su cartelito. El de los gatos decía “gato doméstico” y el del perro decía solo “perro”, quizá porque sobraba ventilar por escrito su domesticidad. ¿Qué hacía ese pobre perro en un zoológico? Representaba, igual que los gatos, esa parte de la naturaleza que no podía florecer en aquel paisaje desértico; debajo de ese sol, en aquel inmundo terregal, los gatos y el perro representaban esa fauna que ya es parte de nuestro reino y esas dos jaulas son, si es que todavía existen, el reverso del zoológico que hay en las ciudades. Años más tarde, en Berlín, mientras tomaba café con el embajador español, en el jardín de su casa, oíamos los rugidos de un león, o de una pantera y el inconfundible barrito de un elefante. El jardín de la embajada estaba conectado con el zoológico de la ciudad, separado por una valla pero unificado por las voces de los animales y por los olores salvajes que nos llegaban por rachas mientras bebíamos el café. La mezcla era rara y sumamente interesante, habíamos comido en un salón de mármol, con alfombras espesas, sobre una mesa larga de proporciones diplomáticas, en un entorno verdaderamente alejado de la naturaleza, donde no había ni perro ni gato y nuestro único nexo con el mundo animal era el entrecot que nos comíamos. Pero volvamos a esa imagen de los perros enjaulados en los mercados chinos, a esas pilas de jaulas con dos o tres perros que sacan la nariz o la pata entre los barrotes. A mí la imagen, sinceramente, me parece infame, pero eso no evita esta pregunta: entre el que tiene un perro en su casa, y el que cocina su carne en la suya, ¿quién está más cerca de la naturaleza?