Melancolía de la Resistencia

"Birdman" y la mirada mexicana

"Birdman", con todo y su elenco de Hollywood, me parece la película más mexicana de Iñárritu; es el triunfo de la mirada mexicana en esa industria que nos ha visto siempre por encima del hombro.

Ya lo había hecho Iñárritu en Biutiful, que es una película rodada en Barcelona y cuya historia también se desarrolla en esa ciudad. Ahí vimos a las mafias de trabajadores ilegales, que operan a sus anchas en España, acotadas, aupadas y hasta espoleadas por un cuerpo de policía que observa las costumbres, y la querencia a la extorsión, propias de la policía mexicana. No digo que en la policía de Barcelona no exista la corrupción, lo que digo es que Iñárritu dotó a la policía de su película de una corrupción a la mexicana, y de la misma forma mexicanizó a la curandera y a Javier Bardem. Desde luego que en España existen curanderas y listillos esotéricos, pero no tienen el calado de los personajes de Biutiful, que son evidentemente mexicanos. Ya desde esta película, que vi de una forma integral (la vi desde que se estaba filmando, porque se rodó en la ciudad donde vivo, y porque el director es mi amigo) detecté el trazo mexicano que cruzaba de lado a lado la película. ¿Y Amores perros?, preguntarán ustedes con toda razón, ¿no es Amores perros la película más mexicana de Iñárritu?; tengo la impresión de que es más mexicana una película rodada en Barcelona que parece mexicana, que una que también lo parece pero está rodada en México; es decir: el personaje de Javier Bardem en Biutiful parece sacado de una película de la época del cine de oro, pero si este mismo personaje hubiera sido parte del elenco de Amores perros, hubiera parecido el actor español que es. Digamos que Amores perros es una película mexicana y que Biutiful es una producción internacional en donde se transparenta la mirada mexicana del director. Esto que acabo de plantear es el fundamento de la universalidad, esa calidad de una obra construida a partir de una perspectiva nacional, que se ve con facilidad en cualquier sala de cine del mundo. Antes de pasar a Birdman, que me parece la película más mexicana de Iñárritu (se lo dije ayer por teléfono y soltó una carcajada desde el invierno polar de Canadá, donde está ahora rodando su siguiente película) hay que decir que en la escritura de Biutiful, igual que en la de Birdman, lo acompañan Nicolás Giacobone y Armando Bó (más Alexander Dinelaris), dos talentosos, y encantadores, guionistas argentinos (Armando es también director) que añaden latinoamericanidad a la mexicanidad de las historias del Negro (ya me cansé de llamarlo Iñárritu). Esta latinoamericanidad, que es argentinidad propiamente, puede palparse en la película El último Elvis (escrita por los dos y dirigida por Bó), donde vemos a un delirante doble argentino de Presley. Lo delirante, lo desbordado y lo excesivo son factores clave de estos personajes, igual que lo son en las películas mexicanas de la mitad del Siglo XX y, en general, en las películas de Iñárritu. Dicho esto voy a la deslumbrante Birdman, que para empezar deslumbra por su puesta en escena, con ese plano único que se desplaza como una culebra por todos los rincones y habitáculos del teatro que sirve de set. El plano me recordó aquella hermosísima película titulada El arca rusa (se lo dije también a Iñárritu por teléfono y también se rió), que dirigió Aleksandr Sokúrov. Me acordé de esta película y pensé en la tremenda dificultad que supone contar así una historia, supone un nivel de maestría narrativa que en el caso de Birdman merecería, para empezar, el premio Oscar al mejor director, a pesar de que pisa muchos callos, se mofa de los actores, los productores y los críticos (es decir, de la Academia en pleno) y esto puede escorar el voto hacia Boyhood, que es más aséptica. Pero el encanto de Birdman es, precisamente, su poca asepsia, su vocación de obra mestiza, intricada y barroca, llena de un humor ácido y siempre irreverente que se desborda por todos los flancos; la permanente incorrección política, el humor descarnado, esa sensación muy palpable de que los personajes están pensando, antes de cada acción o parlamento, que la vida no vale nada, y ese bendito solazarse en los elementos ridículos de los personajes me parecen, a pesar de que los actores son herméticamente gringos, profundamente mexicanos; los encuentro conectados, como he dicho, con los grandes personajes de la época de oro del cine mexicano, pero también con personajes literarios que, por citar un solo ejemplo contundente, me recuerdan a los de Jorge Ibargüengoitia. Sigo en lo dicho, Birdman, con todo y su elenco de Hollywood, me parece la película más mexicana de Iñárritu; es el triunfo de la mirada mexicana en esa industria que nos ha visto siempre por encima del hombro.