Melancolía de la Resistencia

1985

El terremoto que derrumba tu ciudad es una tragedia universal, bíblica, es volver a ese polvo originario que nos lleva a pensar que estamos a merced de las fuerzas de la naturaleza.

Algunas de las imágenes del terremoto de Nepal me han traído a la memoria, irremediablemente, el año de 1985. No se pueden ver esas fotografías de gente tratando de salir de un montón de escombros, sin pensar en los edificios derrumbados, en el caos y en la angustia de aquella mañana nefasta del jueves 19 de septiembre de 1985.

Katmandú no es, desde luego, la Ciudad de México, cada terremoto tiene su historia y sus particularidades. Los daños del terremoto en Nepal apenas se están contabilizando y el drama de la gente aislada, e inalcanzable, en diversas aldeas, más los alpinistas que fueron arrasados por las avalanchas constituyen una tragedia única que los medios de comunicación, y las redes sociales, van narrando puntualmente cada minuto. La inmediatez con la que se conocen hoy estas tragedias, más la transparencia con la que van exhibiendo las imágenes, nos hacen participar de la historia de una forma nueva, que no tiene nada que ver con aquella época, pongamos 1985, en la que nos enterábamos, de los desastres que sucedían en otros continentes, en el noticiario de la noche, o en el periódico del día siguiente.

Pero esas fotografías de personas saliendo entre los escombros, y del gesto de quienes los ayudan a salir, se parecen a lo que vimos aquí en 1985. El terremoto que derrumba tu ciudad es una tragedia universal, bíblica, es volver a ese polvo originario que nos lleva a pensar que estamos a merced de las fuerzas de la naturaleza. El terremoto de 1985, para quién lo sobrevivió, fue el “baño de tumba” que recomendaba darse, “de vez en cuando y a lo lejos”, el poeta Neruda.

Las noticias, las fotos y los videos del terremoto de Nepal me han hecho pensar en lo aislados que estábamos en aquel septiembre de 1985. La hora exacta del terremoto parece una ecuación diabólica, una cifra parienta del 666: 07:17:47. A esa hora de la mañana regresaba de dejar a mi hermana en la universidad, en un desvencijado Renault rojo que me llevaba a todos lados. Yo también estudiaba en esa misma universidad, que ya se había caído en un temblor anterior y que seguía ofreciendo a sus alumnos salones prefabricados de lámina corrugada, un material insalubre que a las siete de la mañana exhibía vistosos listones de hielo, y al medio día hervía y ponía al alumnado en un estado cercano al incendio. El Renault se zarandeaba tanto a la hora del temblor, que pensé que se le había salido una rueda y me detuve y me bajé  para averiguar qué sucedía. Luego vi como se movían los árboles, los postes de luz y a los vecinos salir corriendo de sus casas, y a algunos los vi arrodillarse en la calle, y todos oímos, durante los dos minutos eternos que duró, el crujir de las casas pero, sobre todo, ese inolvidable tremor que venía de debajo de la tierra. Unos minutos más tarde se había ido la luz, se había cortado la línea del teléfono y el único canal de información era el radio del Renault destartalado. No sabíamos todavía la verdadera magnitud de la tragedia y como en el barrio se había caído poca cosa (un muro y un poste de la luz) mi padre, que era entonces funcionario público, se fue a su oficina, que estaba en el centro, como todos los días. Logró llegar con la ayuda de un motociclista que lo llevó por una ruta de su invención que incluía banquetas, parques, terrenos baldíos y cuando llegaron vieron que el edificio en donde estaba su oficina era un montón de piedras. Yo me fui a clase de nueve, tenía un examen de mecánica de fluidos que fue sustituido por la organización de varias células de voluntarios que queríamos ir a ayudar porque, a esas horas, ya se sabía que el desastre era mayor. El desastre era tan grande, y había tan poca información, que no sabíamos bien cómo ayudar, juntamos garrafones de agua, cobijas, medicamentos elementales, linternas y en la tarde estábamos en el centro de la ciudad repartiendo todo aquello, echando la mano en grupos que ya habían logrado organizarse, asistiendo, con el mejor de los ánimos, a aquel horror, a aquel terregal y a aquella humareda, a aquellas montañas de escombros en las que había gente atrapada, de las que me he acordado estos días con las horribles imágenes del terremoto de Nepal. Aquel baño de tumba nos transformó a todos durante esos días, nos hizo serviciales, compasivos, solidarios; no recuerdo, en mi abultado historial chilango, un momento igual: la ciudad estaba destruida pero al mismo tiempo resplandecía, daba la impresión de que el suelo, al abrirse, había liberado a todos los demonios, malos y buenos, que por esas mismas grietas que habían liberado una cantidad enorme de oscuridad, había salido también una enorme cantidad de luz.