Otro camino

¿Hasta cuándo seguirá la farsa?

El escenario político actual puede generar todo tipo de perversiones. Una de ellas es volver habitual los escándalos de corrupción. Otra es considerar “natural” el bazar en el que se ha convertido el sistema político y especialmente los millones de pesos que se invierten para la designación de candidatos a todo tipo de “puestos de representación” y las campañas electorales mismas, en esta misma “lógica” se encuentran los fenómenos de “chapulines”.

Más complejo es el desprestigio de la “democracia”. Ante el fenómeno de suplantación en que se convirtió el largo proceso de lucha por las libertades y los derechos políticos, está cobrando fuerza la idea, o a veces la emoción contra ella, del rechazo a la democracia misma.

La evidente decadencia del sistema político, sumada a la creciente desigualdad, y además la existencia de una suerte de “economía política” en torno al mundo del narcotráfico con su terrible secuela de violencia, donde las fronteras del Estado, en sus diversos niveles de gobierno y sus aparatos y las de los grupos criminales son cada vez más endebles, contribuye a potenciar el desprestigio democrático.

Curiosamente, sin embargo, algunos antiguos promotores del discurso antielectoral hoy descalifican y acusan de las peores intenciones a los que se han expresado, de manera incipiente y ambigua, por abstenerse, bloquear o anular el voto en las elecciones intermedias del próximo junio.

Toda esta confusión contribuye aún más a propiciar la impunidad de la partidocracia.

Por supuesto que los resultados políticos de un largo, complejo e inacabado proceso de “transición” son producto de múltiples factores y de responsabilidades muy precisas de los partidos, de la intelectualidad, de los liderazgos y muchos antiguos activistas y militantes sociales y políticos. Muchos tenemos vela en ese entierro.

Quizá uno de los peores daños es la existencia de la simulación. La política mexicana es muy semejante a la lucha libre. La destreza de los actores aparenta un nivel de confrontación que es en realidad una simple actuación ante “el público” que esconde la complicidad derivada del control del poder de esa partidocracia.

 

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