Otro camino

¿No que no?, la restauración avanza

Uno de los peores defectos de cierta “oposición” consiste en exagerar y en ocasiones inventar hechos o cuando menos distorsionarlos mediante rumores o medias verdades. Siempre he considerado que nuestra realidad es lo suficientemente dramática en lo social y lo político como para que hubiese necesidad de mentir.

“Vivo en un país donde los sindicatos se oponen a un aumento al salario mínimo”, escribe Carlos Puig; efectivamente es algo insólito.

Quizá la causa principal de los bajos salarios, me refiero a todos y no únicamente al mínimo, se debe a la poderosa maquinaria de control de los asalariados mediante los sindicatos charros. Esta estructura ha permitido que los patrones y el gobierno impongan condiciones de trabajo muy precarias, incluyendo los bajos salarios. Aunque están establecidas en la Constitución y en la Ley Federal del Trabajo, las huelgas en México son prácticamente inexistentes; me refiero no solo a las de tipo general, que son muy frecuentes en Europa e incluso en Argentina, Chile, Brasil y Uruguay; sino incluso a huelgas de sectores de industria o hasta en pequeñas empresas, aunque es en éstas donde a veces ocurren y algunas se pudren por años.

Sin organizaciones sindicales reales y sin ejercer el derecho de huelga, los asalariados mexicanos han sido sometidos y con ello les han impuesto “topes salariales”, cláusulas de exclusión, dirigentes postizos como Napoleón Gómez en el gremio de los mineros y metalúrgicos, Romero Deschamps entre los petroleros y todos los líderes sindicales del SNTE antes y después de Elba Esther Gordillo. Todos estos “dirigentes” son conocidos como charros.

El control corporativo de los trabajadores, mediante los sindicatos charros, es uno de los pilares del viejo régimen autoritario priista que no ha sido tocado en lo más mínimo e incluso hoy se ha ampliado como se ha visto en la expresión de la llamada UNT, que incluye a los telefonistas y a los universitarios al rechazar el aumento a los salarios mínimos. Ésta es una clara muestra del proceso restaurador que ha implicado el triunfo del PRI.

Además del renacimiento del charrismo, estamos viviendo una tendencia creciente del presidencialismo al más típico viejo estilo. Ello se ha podido ver en cómo se construyó el llamado Pacto por México, donde incluso revivieron el antiguo esquema de “unidad nacional” mediante la integración del PRD al más puro estilo del lombardismo y de los partidos comparsas, como lo fueron el PPS y el PARM. Asimismo se expresó en todos los pasos dados para aprobar las llamadas reformas estructurales en un tiempo récord. El presidencialismo está de regreso con el empleo de símbolos como lo son las “ceremonias” en Palacio Nacional y en homenajes como el reciente a Isidro Fabela en Atlacomulco. Ha resultado completamente inútil la campaña infantil contra Peña Nieto, sustentada en críticas baladíes a su apariencia o su torpeza oratoria y a su real o supuesta ignorancia; a pesar de ella hoy Peña Nieto tiene una inmensa capacidad de maniobra política.

Corporativismo y presidencialismo y un sistema político de partidos al servicio de la oligarquía,son datos de la restauración en curso.

 

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