Otro camino

La pesadilla de las apariencias

En todos los tiempos los pueblos al igual que los hombres se han contentado con las palabras. Casi invariablemente les basta con las apariencias; no piden más. Es posible entonces crear instituciones ficticias que responden a un lenguaje e ideas igualmente ficticias...: Maurice Joly

 

Al ver y escuchar fugazmente el “debate” en el Senado en torno a las leyes secundarias de las reformas constitucionales del ramo energético, no supe qué era peor, si la propuesta misma de Peña Nieto o los “críticos” de la misma. Parecía una escena de pesadilla contemplar a Manuel Camacho y Bartlett en su ropaje de “opositores” nacionalistas. Integrados al sistema no tienen empacho en llamarlo “dictadura”. Pero se mantienen sin rubor dentro del Senado.

Resulta insólito presenciar cómo la lucha contra la reforma energética, considerada como la peor agresión a la Constitución, no pudo conseguir la actuación conjunta del PRD y Morena. Ni siquiera la participación común en algún acto de Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador. Llegando al extremo que existen dos campañas de recolección de firmas para convocar a la consulta popular.

Ante eso uno se pregunta: ¿realmente consideran fundamental esa lucha?, y si es así, ¿por qué ponen por delante sus partidos y sus “liderazgos” antes que unir sus fuerzas?

Como dice en otra parte Maurice Joly en su Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu “...se trata no tanto de violentar a los hombres como de desarmarlos, menos de combatir sus pasiones políticas que de borrarlas, menos de combatir sus instintos que de burlarlos, no solamente de proscribir sus ideas sino de trastocarlas, apropiándose de ellas”.

Se ha dado así una ecuación perversa y no por ello imperfecta: la restauración priista está casi completa, un creciente presidencialismo con toda la estructura de control corporativo de la sociedad intacta, una simulación de pluralismo político y como “patiños” unos partidos sentados a la mesa del patrón dentro o fuera del “Pacto”.

El desprestigio de los partidos no se debe, nada más, a la campaña orquestada desde algunos “poderes fácticos”, sino sobre todo a su evidente conducta de comparsas.

Ciertamente no tenemos el monopolio de la decadencia de los partidos y del “modelo” democrático representativo, pero carecemos de la presencia de piernas sociales que soporten a los sujetos más allá de lo estatal y electoral. Como afortunadamente ocurre en Francia, en España, en Grecia o en Chile, donde se expresan los movimientos sociales con autonomía y a veces con mayor vigor que los partidos.

No es secundario que, ante la sensación de dos fraudes electorales de un tercio de los electores, no haya ocurrido ni un paro en una tortillería como expresión de rechazo.

Todo lo contrario. Se hace demagogia al extremo, sin que se tomen medidas de abandono de esa “institucionalidad” que se “manda al demonio” al mismo tiempo que se participa en toda su estructura: diputados, senadores, gobernadores, municipios y partidos registrados.

Esta “pesadilla” de apariencias no es eterna. Surgirán nuevos y desconocidos movimientos. Al menos hay que mantener la esperanza de su arribo para cambiar.

 

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