Otro camino

Fuera máscaras

Por enésima ocasión estamos viviendo y sufriendo los coletazos, escupitajos de fuego y demás cosas que se propina esa especie de dinosaurios electrónicos: Telmex y Televisa. Su disputa monopólica contamina toda la vida política, institucional y mediática.

Cíclicamente hemos visto que el trapecismo no solo se da de uno a otro partido, sino también de la crítica a Televisa con índice flamígero, a formar parte de su elenco estelar de comentaristas y analistas o bien al revés: de ser su conductor estelar para después migrar con la competencia. Ponga el nombre de su preferencia o su malquerencia.

Lo mismo ha ocurrido frente a Telmex. Radicales denunciantes de la privatización de Salinas en beneficio de Carlos Slim hoy trabajan abiertamente para él o para alguno de sus socios actuales o potenciales. Súbitamente han olvidado ese negro episodio neoliberal.

En materia legislativa se ha realizado todo tipo de machincuepas. De la Ley Televisa a las progresistas reformas constitucionales forjadas al tenor del Pacto por México, de éstas a las inminentes estipulaciones de la ley secundaria (la letra chiquita).

Todo y de todo se ha valido. Espionaje y filtraciones de conversaciones telefónicas han sido usados en una u otra dirección y obviamente se han dado los típicos machetazos a caballo de espadas.

Apóstoles y apostolados de la libertad y de la lucha antimonopólica no tienen rubor alguno en ocultar o endulzar las prácticas del monopolio de su preferencia, al día de hoy, por supuesto. Mañana Dios dirá.

En materia de telefonía, televisión y demás, padecemos el monopolio de unos u otros. Más allá o más acá de tecnicismos como los términos preponderante en uno u otro sector o servicio, sería muy simple establecer la prohibición de cualquier tipo de monopolio en telefonía o televisión abierta o restringida.

Los legisladores, para variar, se comportan en este tema como en el electoral, el laboral, el de seguridad, el de procuración de justicia y el resto: hacen todo lo posible para enredar todo y con ello poner en letra chiquita todo aquello que anule lo establecido a nivel constitucional.

Esta práctica leguleya ha favorecido la existencia de una casta de abogansteres que con múltiples chicanas y marrullerías, por las cuales obtienen recursos millonarios, favorecen siempre los intereses de los grandes grupos empresariales o financieros.

Nada del otro mundo en esta globalidad dominante aquí y en China (hoy tristemente existente).

Quizá tampoco necesariamente ilegal (no es delito el enriquecimiento en el capitalismo), pero sí cada vez más obscena en una realidad social cada vez más desigual.

No queda claro o, al contrario, es cada vez más evidente cómo es imposible que un pluralismo sometido a los intereses de uno u otro grupo monopólico pueda ser un medio para atemperar el poder inmenso de estos dinosaurios electrónicos: Televisa y Telmex.

Con o sin Copa Mundial, en el Congreso de la Unión, tanto los senadores como los diputados, fabricará una ley de telecomunicaciones a la medida de los intereses de los monopolios.

Fuera máscaras, basta de darnos atole con el dedo. Los apostolados duran lo que tarden en ponerlos a la venta.

 

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