Otro camino

De la euforia al desencanto

Lo mismo ante unas elecciones presidenciales, digamos las de 2006 o las de 2012, o ante las llamadas autodefensas en Michoacán o ante el movimiento Paz y Justicia de Sicilia o ante el levantamiento armado del EZLN o ante el PRD y ahora Morena; lo mismo frente al
#YoSoy132 o personajes a los que se idolatra y luego se considera traidores, sea Cuauhtémoc Cárdenas, El subcomandante Marcos o el mismo Peje; me ha tocado escuchar y ver cómo se da un estado emocional de la euforia a la depresión entre personas que conozco de hace mucho tiempo.

No sé si ocurra lo mismo entre gente menos anciana ni mucho menos entre jóvenes. Aunque a veces se perciben esas mismas actitudes en jóvenes-viejos.

En cualquier caso, da la impresión de tener ante uno un fenómeno de extravío.

Un extravío que algunos resisten con la nostalgia.

Sobran motivos para tener una vista negra ante lo que vivimos.

Un día y otro también nos enteramos (o pereciera que nos enteramos) de casos de saqueo y corrupción. El caso Oceanografía, la publicidad de los moches que les reparten a diputados y munícipes panistas, le detención del tesorero de los gobiernos perredistas en los sexenios recientes en Michoacán, el escándalo de la Línea Dorada del Metro capitalino, los ataques cruzados entre el ex gobernador priista-echeverrista Jorge Carrillo Olea y el actual gobernador perredista, igualmente echeverrista, Graco Ramírez, por citar algunos, sin dejar de mencionar los paradigmáticos casos de corrupción de la era priista, como el célebre mister ten per cent Raúl Salinas de Gortari, por supuesto los enriquecimientos más que inexplicables, verdaderamente majestuosos, de los líderes sindicales: Romero Deschamps, Elba Esther Gordillo, Napoleón Gómez, tanto el padre como el hijo, y para qué le sigo.

La acumulación capitalista mexicana tiene una de sus fuentes principales y fundamentales en el saqueo de la hacienda pública o su utilización patrimonialista mediante todo tipo de triquiñuelas: concesiones, contratos de obra pública de “asignación directa” pa’ los cuates, facturaciones hiperinfladas que se convierten en tragedias enormes, como fueron muchos de los edificios derrumbados en el sismo de 1985 por el empleo de materiales chafas , situación que se ha repetido en cientos de casos ante los desastres “naturales” en Guerrero, Oaxaca, Veracruz o Tabasco.

Ni el aparato más grande de expertos ni un ejército de policías podrían resolver un mínimo porcentaje de todos los chanchullos habidos (y los que nos faltan, mi niño, diría Alex Lora) ni todas las notas informativas de investigación que se pudiesen publicar días tras día durante decenios darían testimonio de esta práctica de nuestra cleptocracia.

Semejantes cuadros de oscuridad podrían dibujarse ante la impresionante desigualdad y la pobreza que padecen decenas de millones (México no es el país más miserable de América Latina, pero sí el más desigual, le escuché decir a Porfirio Muñoz Ledo).

En cualquier otro ámbito de la vida nacional ese es el panorama: decadencia.

Sin embargo, la actitud infantil de la euforia al desencanto solo ha servido para perpetuar la oligarquía y para el cíclico desfile de redentores balines.

joeloj7168@yahoo.com.mx