Otro camino

No fui amigo ni devoto de Gabo

Su respaldo a la dictadura castrista no mermó mi admiración por su literatura, como tampoco su cuidadoso silencio ante el autoritarismo del priato.

No sé si en todas partes cuando muere una figura como Gabriel García Márquez se produce el fenómeno mexicano. De pronto todos fueron amigos y devotos del personaje. Todas las élites hacen declaraciones solemnes y compungidas “lamentando su muerte y la inmensa huella que deja en la vida nacional e incluso mundial”.

Leí a Gabriel García Márquez cuando era militante de la Juventud Comunista, recuerdo los largos trayectos de mi casa a Ciudad Universitaria leyendo Cien años de soledad. Después haría lo mismo con Rayuela de Julio Cortázar y antes pasé muchas tardes acompañado de la lectura de Las buenas conciencias, de Carlos Fuentes. Nunca imaginé que conocería a ninguno de ellos. Como ocurrió.

La primera vez que escuché referirse a García Márquez como Gabo fue en voz de Ernesto Correa, joven colombiano que vino en 1968 en la delegación colombiana a la Olimpiada Cultural. Con ayuda de Álvaro Mutis se quedó a vivir en México más de cuarenta años. Correa nos contó de la amistad entre Mutis y García Márquez. Me impresionaba la gran cultura literaria de Ernesto. Entre sus charlas y las lecturas de los libros de Gabo conocí algo de Colombia. Mi primer contacto con esa cultura fue en un viaje rumbo a Chile en un vuelo de Avianca donde viajaba una chava de la Juventud Comunista colombiana de apellido Arango quien me contó de la existencia de Tiro Fijo y sus grupos de autodefensa.

Muchos años después estuve en Colombia y descubrí el manejo fantástico del español de los colombianos, parecía estar leyendo a Gabo al escucharlos.

A través de Jorge Castañeda y Miriam Morales estuve con García Márquez en varias reuniones, incluyendo la cena que le organizaron para celebrar la obtención del Premio Nobel, durante esa reunión estuve con Arnoldo Martínez Verdugo, quien presentó a Castañeda con ese inmenso personaje y gran novelista.

Cuando se iba a publicar la revista El Machete se realizó una reunión con varios de los integrantes del equipo que la editaba, encabezado por Roger Bartra, y el invitado principal fue Gabo.

Casi todos los integrantes del boom latinoamericano estuvieron comprometidos y entusiasmados con la revolución cubana. Una inmensa cantidad de jóvenes de esa generación nos formamos en la lectura de esos escritores y en la ensoñación por Cuba, su revolución y Fidel. Después casi todos ellos criticaron las desviaciones autoritarias de Castro, menos García Márquez.

Su respaldo a la dictadura castrista no mermó mi admiración por su literatura, como tampoco su cuidadoso silencio ante el autoritarismo del priato. Tampoco me obliga a callar mi desacuerdo con él, incluso ahora que todos le rinden pleitesía.

No sirve de mucho decir que García Márquez era como cualquier ser humano, para evitar criticarlo o separar al escritor de sus posiciones políticas.

Su inmensa influencia y talento pudieron haber contribuido a luchar contra las perversiones que sufrió el proceso cubano.

Gabriel García Márquez es un personaje que rebasa su gran estatura de escritor justamente premiado con el Nobel, su figura merece el respeto de la discrepancia, cuando exista, no la abyección de la devoción fanática.

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