Otro camino

Tercera ola democrática y dictadura perfecta

Citando a Marc Plattner, Lorenzo Meyer dice que la ola democrática que se inauguró hace 40 años con la revolución de los claveles en Portugal ya se disipó.

Mario Vargas Llosa, por su parte, dice que aunque “todavía hay mafiosos en el PRI” no va a regresar México a la dictadura perfecta.

Ambas posturas son verosímiles y también cuestionables.

En un cierto sentido Meyer tiene razón. Aunque no cuadra mucho con lo que ocurre hace varios años en América Latina. Tras la caída de Pinochet mediante el triunfo del NO en 1988, triunfaron por medio de elecciones varios gobiernos de izquierda: en el propio Chile, en Argentina, en Brasil, en Venezuela, en Bolivia, en Perú, en Ecuador, en Uruguay, en El Salvador y de alguna manera en Nicaragua.

Pero no se debe olvidar que a las dictaduras del mediterráneo europeo las sucedió un proceso de desencanto en todos los órdenes, que se convirtió en una crisis fenomenal en Grecia, Portugal y España, donde al desempleo, la quiebra económica y demás aspectos hay que añadir la decadencia de la monarquía, donde la estampa del divorcio de Juan Carlos refugiado con su amante alemana en una de las mansiones de Felipe González, ilustra a plenitud esa debacle.

En cuanto al optimismo de Vargas Llosa que basa su esperanza en un futuro democrático para México en que “Antes los partidos eran fabricados por el propio PRI ... para hacer la pantomima de la democracia ...”, más bien se trata de una ironía involuntaria tipo Juan Orol. Tanto porque una buena parte de los “partidos opositores” se nutre de ex priistas, como porque éstos no “cuestionan, ni vigilan” al gobierno y más bien tienden a construir pactos por México o al menos coaliciones para aprobar las reformas que les manda el presidente Peña Nieto.

No creo que sirva mucho descubrir que los olmos no dan peras. Eso pasa cuando se “comprueba” que “la democracia no sirve de nada, porque la pobreza y la desigualdad son ahora peores que durante la dictadura perfecta”. Es un lamento de cierto tufo nostálgico que suelen repetir los priistas del nacionalismo revolucionario y que reproducen ciertos ex izquierdistas igualmente nacionalistas.

Los hechos de cada día no dan mucho “aliento democrático”.

No se requiere ser muy paranoico para tener una imagen sombría ante todos los innumerables casos de las prácticas de saqueo de la cleptocracia, aderezadas con sus sainetes y algo todavía más preocupante como lo es el episodio sangriento de Tlatlaya que exige una aclaración y deslinde inmediato del presidente Enrique Peña Nieto.

Las malas cuentas de éste proceso de interminable, incompleta e incierta “transición”, no debiesen conducir a la añoranza del autoritarismo. Todo lo contrario. Hoy es más vigente que nunca enarbolar algunas demandas democratizadoras como: abrir el registro de partidos y candidatos por medio de la solicitud de unos cuantos ciudadanos, tal como es en España;
quitar el financiamiento del Estado para acabar con la casta de millonarios que produjo; establecer la segunda vuelta; dar tiempo en radio y tv a todos los partidos y candidatos sin ningún costo; 
poner fin al corporativismo sindical. Nunca es tarde.

 

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