Otro camino

IFE: debacle anunciada

Quizá el punto crítico del sistema electoral del régimen autoritario o de la dictadura perfecta fueron las elecciones de 1988. El fraude que le dio el 50% más uno a Salinas no pudo impedir el fin del control gubernamental de todo el proceso electoral. En abril de 1990 se hicieron reformas constitucionales y el primer IFE surgió en octubre de ese año, todavía presidido por el nefasto secretario de Gobernación, Fernando Gutiérrez Barrios.

A partir de 1996 el IFE se ciudadanizó plenamente y su consejero presidente fue José Woldenberg, quien realizó la hazaña de conducir las elecciones del 2000 que hicieron posible la salida del PRI de la presidencia, sin que se cumpliera la sentencia de Fidel Velásquez "a balazos tomamos el poder, solo a balazos nos sacarán".

Alguien escribió, con cierta ingenuidad, que México parecía Suecia. El PRI acató los resultados. Parecía que se consumaba la tan prolongada transición democrática.

También hubo algún aguafiestas que dijo una verdad de Perogrullo: para que haya democracia hacen falta demócratas.

El desencantó fue muy rápido. Todavía no tomaba posesión Vicente Fox, cuando traicionó uno de sus compromisos de poner fin al corporativismo sindical. Se reunió y pactó con el charrismo a través del líder ferrocarrilero, primero, y luego en su alianza con Elba Esther Gordillo.

La existencia del IFE-Woldenberg significó un paso inmenso rumbo a la pluralidad y promovió un cambio sustancial del mapa político del país. Se acabó el monopolio del PRI en los gobiernos de los estados, en cientos de municipios y la oposición se consolidó en el Congreso de la Unión, a pesar de los intentos golpistas de 1997 encabezados por Ricardo Monreal.

La transición española se consumó en unos cuantos meses, promulgando una nueva Constitución, donde se abrió totalmente el registro a los partidos políticos, incluyendo al comunista, lo que casi provocó un golpe de Estado.

En México, la transición se convirtió en un interminable laberinto de reglamentos procedimentales, con un objetivo: mantener el monopolio de los partidos en todo el sistema electoral y poner todas las trabas posibles para el registro de partidos y candidatos ajenos a la partidocracia.

Hemos padecido 25 años a los mismos diseñadores de reformas del ya merito. Además del control de los partidos al IFE, se construyó un modelo de financiamiento estatal, con el objeto aparente de impedir la mano negra de los poderes fácticos o del mismo crimen organizado.

Se forjó un inmenso aparato político electoral que ha otorgado cantidades inmensas a los partidos, convirtiéndolos en una casta divina.

Los partidos son gigantescos negocios de unos cuantos y son cada vez menos la expresión de los diversos estamentos sociales, políticos o culturales; que no sean los de una oligarquía y una elite que ha permanecido casi idéntica durante un siglo.

Tenemos una clase política integrada por dinastías. En el pasado reciente todas o casi todas pertenecían al PRI, hoy por hoy, transitan del tricolor al resto de los partidos sin el menor rubor.

En el IFE de hace una década se sintetizó de manera obscena el monopolio de la partidocracia. Su debacle era inevitable y deseable.

joeloj7168@yahoo.com.mx